UA-43224232-1

jueves, 21 de febrero de 2013

“OS CONVIENE QUE YO ME VAYA”: LA AUDACIA DEL PAPA “MÍSTICO”





Por José C.R. García Paredes*            Miércoles, 13 de febrero de 2013 


En su última Cena Jesús sorprendió a sus discípulos con unas palabras que nadie se esperaba: “Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito” (Jn 16,7). Después de haberles lavado los pies a los discípulos, Pedro y los demás se vieron sorprendidos por esta noticia-bomba de Jesús: “Os conviene que yo me vaya”.

El Misionero del Abbá ¡dimitía! Les comunicaba que cesaba en su acción para dar lugar únicamente a su pasión. Jesús inició una última fase: orar y padecer y morir tras las palabras: "Está cumplido” (Jn 19,30). 

Pedro y los demás podrían argüir: Maestro, si apenas has cumplido un trienio de misión profética y ¿ya te vas? Les resultaría muy difícil comprender esto y otras cosas. ¿Sería por Judas? ¿Tal vez por la fragilidad de Pedro? ¿Porque cualquiera del grupo podía traicionarlo? “¡Os conviene!”, decía Jesús. Tal vez esa era la única forma de “reunir a los dispersos”. Ellos se entristecieron. Jesús, sin embargo, comenzó a hablarles del Espíritu, el Nuevo Enviado. Por eso, cuando llegó el momento, “inclinando la cabeza, entregó el Espíritu” (Jn 19,30). Algo semejante está ocurriendo con el Papa “místico”, Benedicto XVI. 

El Papa del siglo XXI: ¡un místico! 


No sé si me equivoco, pero creo que le ha sido concedido al papa Benedicto XVI vivir su pontificado como una auténtica gracia “mística”. Ya desde el principio se sintió envuelto en ella. Decir “mística” no significa ni espiritualismo ni ingenuidad indolora. El “aura mística” que lo envolvía ¿no se revela en los siguientes textos entrañables, entresacados de su homilía en la plaza de San Pedro, el 24 de abril de 2005 para iniciar su ministerio? 

<<Y ahora, en este momento, yo, débil siervo de Dios, he de asumir este cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad humana. ¿Cómo puedo hacerlo? ¿Cómo seré capaz de llevarlo a cabo? … No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza. En efecto, a la comunidad de los santos no pertenecen sólo las grandes figuras que nos han precedido y cuyos nombres conocemos. Todos nosotros somos la comunidad de los santos; nosotros, bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; nosotros, que vivimos del don de la carne y la sangre de Cristo, por medio del cual quiere transformarnos y hacernos semejantes a sí mismo. Sí, la Iglesia está viva… Y la Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma el futuro del mundo y, por tanto, indica también a cada uno de nosotros la vía hacia el futuro. La Iglesia está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha prometido a los suyos. La Iglesia está viva; está viva porque Cristo está vivo, porque él ha resucitado verdaderamente. 

Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia. 

Queridos amigos, en este momento sólo puedo decir: rogad por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor. Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal como comunitariamente. Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos. Roguemos unos por otros para que sea el Señor quien nos lleve y nosotros aprendamos a llevarnos unos a otros.>> 

Nos ha sorprendido el papa Benedicto XVI con su dimisión. No estábamos acostumbrados a decisiones tan drásticas. A pesar de su debilidad, se ha mostrado muy audaz. Si lo hubiera consultado tal vez no pocos lo habrían disuadido. Él ha mostrado la audacia del Espíritu. 

Su pontificado lo ha situado en un estado místico: ha sido un pastor que ha cargado sobre sí la vergüenza de los casos de pederastia, la corrupción de las finanzas, los vatileaks, las traiciones internas, las vergonzosas rivalidades eclesiásticas, el influjo de quienes -creyéndose sus amigos, pero sin participar en lo más nuclear de su espiritualidad- pretendían aparecer más poderosos para así imponer sus oscuros intereses… Dada su sensibilidad hacia la belleza, ¡cuánto horror no habrá sentido ante tanta fealdad! Y sin embargo, aparecía en tantas celebraciones tan sereno, tan sencillo y, al mismo tiempo, como un “extraño” que contemplaba el Misterio como si “Otro” fuera quien lo presidía. 

Parecía perdido en los grandes escenarios y trataba siempre de crear un “escenario interior”, de “abrir la puerta secreta” que lleva al Misterio. Su vida personal ha estado implicada en su ministerio: no hablaba de sí para enorgullecerse, ni para jactarse; sino para incluirse en la comunidad de fe. Tantas veces me recordaba al Pablo “emotivo” en sus cartas. Otras veces, al mismo Jesús de los discursos joanneos. Ha sido el Papa que a su inmensa inteligencia la ha permeado de emoción y sentimiento. No disponía de una voz poderosa, pero sí penetrante. En su ministerio, la inteligencia devino sabiduría emocional. Traducía la teología más sublime en catequesis cordial e inteligible. Ha sido un místico sin misticismos. Sabía mirar compasivamente a sus hermanos y hermanas sin -por eso- desviar su mirada del Dios misterioso. El Papa místico deja tras él una estela “mística” que nos irá envolviendo cada vez más: ¡es el Espíritu Santo que se derrama a través de su ministerio en nuestros corazones! 

“Os conviene que yo me vaya”… pero, Abbá, “guárdalos del Maligno” (Jn 17,15) 


* Es misionero claretiano, doctor en Teología, autor de cerca de 30 libros sobre temas teológicos

sábado, 16 de febrero de 2013

LA RENUNCIA DE BENEDICTO XVI (En sus palabras y las de sus cercanos)







Presencié en la semana, la entrevista que Sabina Bermann realizó al “sociólogo de la religión” Bernardo Barranco. Durante una hora, el entrevistado hizo gala de sus conocimientos de la ciencia política, pero imperdonablemente -para su especialidad- pasó por alto, que no son los mismos motivos los de un hombre de mundo que los de un hombre de Dios; ya sea, que trate de un católico, protestante, ortodoxo, judío o musulmán 


La renuncia


El lunes 11 de febrero, cumpliendo con lo estipulado por el Derecho Canónico, -en forma pública, ante un consistorio cardenalicio y en presencia del decano-, manifestó el Pontífice: <<Os he convocado a este Consistorio, no sólo para las tres causas de canonización, sino también para comunicaros una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia. 

Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando. 


Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado. 

Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado, por medio de quien tiene competencias, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice. 

Queridísimos hermanos, os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos. 

Ahora, confiamos la Iglesia al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo, y suplicamos a María, su Santa Madre, que asista con su materna bondad a los Padres Cardenales al elegir el nuevo Sumo Pontífice. Por lo que a mi respecta, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria. 

Vaticano, 10 de febrero 2013 >> 


Estado de salud del Pontífice


En 1991 sufrió un ictus o hemorragia cerebral que lo tuvo hospitalizado 10 días en la clínica Pío XI de Roma, le fue implantado un marcapasos hace años, que según un diario italiano, le fue sustituido discretamente hace 3 meses, padece hipertensión arterial, sufrió desmayos en 2009 y 2011, en México. Tiene 50% de artrosis en la cadera derecha, por lo que camina con bastón, apenas ve con el ojo derecho, y aunque no confirmado se dice que padece diabetes. Sujeto a una rigurosa dieta hace años, no puede viajar a lugares con una altitud mayor a 2000 metros. En los últimos meses, siempre por motivos de salud, ha disminuido sus compromisos públicos, sus viajes y las audiencias. 

El sacerdote Alois Messerer, párroco de Sinbach am Inn (Alemania) y sobrino segundo del pontífice (su abuelo era hermano del padre de Joseph Ratzinger) aseguró que el nuevo pontífice "no quería ser Papa, porque se sentía demasiado anciano y porque había sufrido algunos problemas cardiacos". 

<<Un día después de su elección al Solio Pontificio, el 20 de abril de 2005, su hermano mayor, Georg, dijo que no sentía una alegría "ilimitada" por la elección, ya que le preocupaba la salud del Pontífice. "Espero que su salud aguante", dijo Georg Ratzinger, que precisó que la salud del papa, en ese momento de 79 años, "no es estable". >>[1] También hizo la confidencia de que había padecido no uno, sino dos ictus, antes de su elección como Pontífice. 

El 16 de abril de 2012 al cumplir 85 años dijo Benedicto XVI, en alemán, durante el oficio de la mañana en la capilla vaticana: "Me encuentro frente al último tramo en el camino de mi vida". El pontífice añadió que confiaba en que la luz de Dios le ayudara a "proceder con seguridad". 

Previamente el domingo en la oración dominical en la Plaza de San Pedro había comentado “El próximo jueves, con motivo del séptimo aniversario de mi elección para la Sede de Pedro, les pido sus oraciones, para que Dios me dé la fuerza para cumplir la misión que me ha encomendado” 

La prensa entonces apuntaba: <<Sus comentarios, aunque inocuos, son el indicio más claro hasta ahora de que Benedicto XVI no tiene intenciones de renunciar, pese a su edad y su debilidad creciente.>> 

Después de su viaje a México y Cuba, Georg Ratzinger, dijo a la agencia católica alemana de noticias KNA "Creo que ya no viajará mucho más, porque es cada vez un esfuerzo más grande."[2], pero ante la proximidad de una conflicto bélico en medio Oriente, viajó posteriormente a El Líbano. 


El mensaje de fe de su renuncia


Para los creyentes no será casualidad la relación la relación entre Juan Pablo II y la Virgen de Fátima, en cuya festividad fue herido de muerte. El Papa relataría después que "su mano milagrosa desvió la bala" que habría de matarle. 

En el caso de Benedicto XVI, profesa una particular devoción a la Nuestra Señora de Lourdes y según Vittorio Messori <<El Papa se siente enfermo porque es muy anciano, así que yo creo que él ha elegido precisamente ese día para reconocerse como enfermo entre los enfermos. Y también para hacer un homenaje y una especie de invocación a la Virgen: no solamente a la Virgen de Lourdes, sino a la Virgen en cuanto tal. >>[3] 

Vittorio Messori periodista de La Stampa, inició una amistad con el Papa, a partir del libro-entrevista «Informe sobre la fe», de 1985, al entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. 

Ante la opinión de que Benedicto XVI, se ha rendido Messori contesta: << Existen aparentes rendiciones que en realidad son un signo de fuerza, de humildad. La libertad católica es mucho más grande de cuanto se piensa. Existen temperamentos diversos, historias diversas, carismas diversos, y todos ellos se han de respetar porque forman parte de la sacrosanta libertad del creyente. En Juan Pablo II prevalecía el lado místico, era un místico oriental. Mientras en Ratzinger prevalece la racionalidad del occidental, del hombre moderno. Por ello, se dan dos posibles elecciones: la mística, la del Papa Wojtyla, que persevera y resiste hasta el final; o la elección de la razón, como Ratzinger: reconocer que no se tienen ya las energías físicas y que la Iglesia, por el contrario, necesita una guía con grandes energías, por lo que, por el bien de la Iglesia, es mejor dejarlo. Ambas decisiones son evangélicas. 

Ratzinger tiene clarísimo que no estamos llamados a salvar a la Iglesia, sino a servirla, y si no puedes más, la sirves de otro modo, te arrodillas y rezas. La salvación es una cuestión que atañe a Cristo. [...] 

Así que me parece que estas dimisiones van en esta línea, en el sentido de no tomarse demasiado en serio. Haz hasta el final tu deber y, cuando te des cuenta de que no puedes más, que las fuerzas ya no te acompañan, entonces recuerdas que la Iglesia no es tuya y pasas a ser testigo, y vas a hacer un trabajo para la Iglesia que, en la perspectiva de la Iglesia es el mayor, el más valioso: el trabajo de rezar y el trabajo de ofrecer a Cristo tu sufrimiento. Lo veo como un acto de gran humildad, de conciencia de que le toca a Cristo salvar a la Iglesia, nosotros, pobres hombres, no tenemos que salvarla, incluso si eres el Papa. >>[4] 



[1] El día.es, 13 de febrero de 2013
[2] El Economista, 16 de abril de 2012
[3] El 11 de febrero es la festividad de Nuestra Señora de Lourdes
[4] http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=27674

miércoles, 13 de febrero de 2013

“EN LA LUCHA POR LA FAMILIA ESTÁ EN JUEGO EL HOMBRE MISMO”





Hemos venido analizando en este sitio el fenómeno del reconocimiento jurídico de las “uniones gay”, y la amenaza que representa para la familia tradicional. 

En el Reino Unido acaba de ser aprobado el “matrimonio gay” en la Cámara de los Comunes y falta su presentación en la Cámara de los Lores y en Francia será sometida al pleno del Parlamento francés el día 12 de este mes, a pesar del masivo repudio popular expresado en la “Manif pour Tours”. 


La postura de la Iglesia Católica fue actualizada por Benedicto XVI, al abordar ampliamente el tema refiriéndose al VII Encuentro Mundial de Familias de Milán [1]: “la familia es fuerte y viva también hoy. Sin embargo, es innegable la crisis que la amenaza en sus fundamentos, especialmente en el mundo occidental.” 


Y abundando en el tema, expresó: “la importancia de la familia para la transmisión de la fe como lugar auténtico en el que se transmiten las formas fundamentales del ser persona humana. Se aprenden viviéndolas y también sufriéndolas juntos. Así se ha hecho patente que en el tema de la familia no se trata únicamente de una determinada forma social, sino de la cuestión del hombre mismo; de la cuestión sobre qué es el hombre y sobre lo que es preciso hacer para ser hombres del modo justo.” 



El compromiso humano


“Los desafíos en este contexto son complejos. Tenemos en primer lugar la cuestión sobre la capacidad del hombre de comprometerse, o bien de su carencia de compromisos. ¿Puede el hombre comprometerse para toda la vida? ¿Corresponde esto a su naturaleza? ¿Acaso no contrasta con su libertad y las dimensiones de su autorrealización? El hombre, ¿llega a ser sí mismo permaneciendo autónomo y entrando en contacto con el otro solamente a través de relaciones que puede interrumpir en cualquier momento? Un vínculo para toda la vida ¿está en conflicto con la libertad? El compromiso, ¿merece también que se sufra por él? 


El rechazo de la vinculación humana, que se difunde cada vez más a causa de una errónea comprensión de la libertad y la autorrealización, y también por eludir el soportar pacientemente el sufrimiento, significa que el hombre permanece encerrado en sí mismo y, en última instancia, conserva el propio «yo» para sí mismo, no lo supera verdaderamente. Pero el hombre sólo logra ser él mismo en la entrega de sí mismo, y sólo abriéndose al otro, a los otros, a los hijos, a la familia; sólo dejándose plasmar en el sufrimiento, descubre la amplitud de ser persona humana. Con el rechazo de estos lazos desaparecen también las figuras fundamentales de la existencia humana: el padre, la madre, el hijo; decaen dimensiones esenciales de la experiencia de ser persona humana.” 



La cuestión de género 


“El gran rabino de Francia, Gilles Bernheim, en un tratado cuidadosamente documentado y profundamente conmovedor, ha mostrado que el atentado, al que hoy estamos expuestos, a la auténtica forma de la familia, compuesta por padre, madre e hijo, tiene una dimensión aún más profunda. Si hasta ahora habíamos visto como causa de la crisis de la familia un malentendido de la esencia de la libertad humana, ahora se ve claro que aquí está en juego la visión del ser mismo, de lo que significa realmente ser hombres. Cita una afirmación que se ha hecho famosa de Simone de Beauvoir: «Mujer no se nace, se hace» (“On ne naît pas femme, on le devient”). En estas palabras se expresa la base de lo que hoy se presenta bajo el lema «gender» como una nueva filosofía de la sexualidad. Según esta filosofía, el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza, que el hombre debe aceptar y llenar personalmente de sentido, sino un papel social del que se decide autónomamente, mientras que hasta ahora era la sociedad la que decidía. “ 



Dualidad de la creación contra opción de género


“La falacia profunda de esta teoría y de la revolución antropológica que subyace en ella es evidente. El hombre niega tener una naturaleza preconstituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano. Niega la propia naturaleza y decide que ésta no se le ha dado como hecho preestablecido, sino que es él mismo quien se la debe crear. Según el relato bíblico de la creación, el haber sido creada por Dios como varón y mujer pertenece a la esencia de la criatura humana. Esta dualidad es esencial para el ser humano, tal como Dios la ha dado. Precisamente esta dualidad como dato originario es lo que se impugna. 


Ya no es válido lo que leemos en el relato de la creación: «Hombre y mujer los creó» (Gn 1,27). No, lo que vale ahora es que no ha sido Él quien los creó varón o mujer, sino que hasta ahora ha sido la sociedad la que lo ha determinado, y ahora somos nosotros mismos quienes hemos de decidir sobre esto. 


Hombre y mujer como realidad de la creación, como naturaleza de la persona humana, ya no existen. El hombre niega su propia naturaleza. Ahora él es sólo espíritu y voluntad. La manipulación de la naturaleza, que hoy deploramos por lo que se refiere al medio ambiente, se convierte aquí en la opción de fondo del hombre respecto a sí mismo. 


En la actualidad, existe sólo el hombre en abstracto, que después elije para sí mismo, autónomamente, una u otra cosa como naturaleza suya. Se niega a hombres y mujeres su exigencia creacional de ser formas de la persona humana que se integran mutuamente. Ahora bien, si no existe la dualidad de hombre y mujer como dato de la creación, entonces tampoco existe la familia como realidad preestablecida por la creación. Pero, en este caso, también la prole ha perdido el puesto que hasta ahora le correspondía y la particular dignidad que le es propia. 


Bernheim muestra cómo ésta, de sujeto jurídico de por sí, se convierte ahora necesariamente en objeto, al cual se tiene derecho y que, como objeto de un derecho, se puede adquirir. Allí donde la libertad de hacer se convierte en libertad de hacerse por uno mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo y, con ello, también el hombre como criatura de Dios, como imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de su ser. En la lucha por la familia está en juego el hombre mismo. Y se hace evidente que, cuando se niega a Dios, se disuelve también la dignidad del hombre. Quien defiende a Dios, defiende al hombre.” 




[1] Discurso a la Curia Romana con motivo de las felicitaciones de Navidad, viernes 21 de diciembre de 2012

jueves, 7 de febrero de 2013

LA CRISIS ANGLICANA, LA LIBERTAD, DIOS Y EL CÉSAR




(Otro importante fenómeno sociológico de nuestros días, es la apertura de la jerarquía anglicana a las innovaciones de su sector progresista a partir de 1970 -especialmente en Estados Unidos y Canadá-, con ordenación de mujeres, designación de obispas a partir de 1990, aceptación de homosexuales en cargos eclesiásticos, designación de un obipo gay, bendición de uniones entre personas del mismo sexo.)


Por Jorge E. Traslosheros, doctor en Historia
Sábado 26 de enero de 2013 


La participación de los cristianos en el espacio público siempre causa polémica, en especial cuando se tocan puntos sensibles del debate cultural. En esta ocasión quiero ocuparme del lado menos visible, pero más trascendente, como es lo que sucede al interior de la cristiandad. 

Escucho dos voces, en apariencia extremas, entre mis hermanos en la fe. Ya no son dominantes, pero reflejan tendencias que siempre están ahí, por lo que es importante analizarlas. Por un lado, dicen que deberíamos condescender con la agenda cultural de los grupos “progres” para no pasar desapercibidos en la sociedad. Por otro, dicen que si contáramos con el apoyo de los gobiernos a través de legislaciones a modo, nuestro trabajo sería más sencillo. Ambas posturas comparten, en mi opinión, el miedo a ser irrelevantes. Parecen gustar del canto de las sirenas por miedo a navegar. 

Lo cierto es que Jesús marcó una ruta nada sencilla. A Dios y al César hay que darles lo que les corresponde. Esto quiere decir, en buena exégesis, que el César no es Dios. Así, no podemos renunciar a nuestra palabra en temas neurálgicos del debate cultural como son la dignidad y la vida humanas, la familia y el matrimonio, la justicia social y la libertad religiosa; como tampoco debemos esperar del Estado algo más que el simple reconocimiento de nuestros derechos ciudadanos para hacer la tarea a la cual Cristo nos llama, según talentos y carismas. 

Lo que conduce a la irrelevancia no es decir nuestra palabra en fidelidad a la Palabra, sino dejarse llevar por el temor a navegar en aguas procelosas. Con tristeza, observamos un dramático ejemplo de esto en la crisis de nuestros hermanos anglicanos, cuya Iglesia se encuentra dividida, golpeada y ninguneada. El rechazo a la ordenación episcopal para las mujeres hizo evidente su tragedia, pero no la generó. Veamos. 

Las grandes decisiones disciplinares y doctrinales de la comunión anglicana se toman por acuerdo de la representación de sus tres sectores: episcopal, presbiterial y laical. Hace poco se reunieron para decidir sobre la cuestión y los laicos se opusieron. Las reacciones fueron variopintas: estupor entre los promotores provenientes del liderazgo clerical de Inglaterra, Estados Unidos y Canadá; alegría en el resto (mayoritario) de la comunión anglicana, con fuerte presencia en África; burla en no pocos medios de comunicación, y enojo entre los políticos ingleses, quienes, con groseras intervenciones, amenazaron a los anglicanos con expulsarlos del parlamento inglés, donde tienen centenaria representación por ser la Iglesia oficial del reino, y otras sanciones legales por violar el “acta de igualdad”. Se trata de un documento por el cual se renuncia al principio de equidad como fundamento de la justicia, a favor del igualitarismo que interpreta cualquier matiz o diferencia como un acto de discriminación. En suma, les exigieron acoplarse a la agenda cultural de las élites que controlan el Estado de Inglaterra, bajo amenaza de excomunión civil. La intolerancia de los tolerantes es algo que nunca dejará de sorprenderme. 

Sin embargo, los problemas de los anglicanos no empezaron en fechas recientes, ni se limitan a lo arriba expuesto. Es necesario abordarlos con calma para reflexionar sobre la libertad, Dios y el César, en un ambiente realmente democrático. Seguiremos.


Lecciones de la tragedia anglicana

Sábado 2 de febrero de 2013 

La Comunión Anglicana se desgarra. Por un lado, algunas de sus congregaciones —minoritarias, pero con megáfono en los medios— se han tragado, sin mediar crítica, la agenda cultural “progre”. 

Por otro, la mayoría de sus comunidades ha decidido rechazarla en aquellos elementos que se agarran a cachetadas con el derecho natural y la fe en Jesús, de manera especial en temas de vida, familia, matrimonio y libertad religiosa, uniéndose así al común de la cristiandad. La situación se agrava por la presión de los políticos ingleses quienes chantajean para que se sume a su programa cultural, paseándoles por la cara su condición de Iglesia de Estado. 

Lo cierto es que, desde sus inicios, arrastra problemas de identidad. Su nacimiento no deriva de grandes dilemas doctrinales o de un celo evangélico apasionado. Fue creada en 1534 por el capricho de Enrique VIII, un rey veleidoso, en el contexto de la reforma protestante. Al principio, quienes le acompañaron en su aventura no pretendían sumarse a aquel movimiento, pero la deriva les hizo adoptar algunas de sus enseñanzas. 

Desde entonces, tres preguntas permanecen sin clara respuesta: ¿Es una Iglesia de tradición apostólica equiparable a la de Roma, las ortodoxas y las orientales? ¿Es otra fundación protestante, pero con ciertos elementos de tradición apostólica? Dos preguntas que han marcado las diferencias entre la llamada High Church, en busca permanente de sus vínculos apostólicos, y la Low Church, más cercana al protestantismo. Corre la broma entre ellos de ser una constelación de confesiones unidas por el “Book of Prayers”. [1]

Sin embargo, es la tercera pregunta la que escuece: ¿Son acaso una Iglesia al servicio del Estado? El problema parecía resuelto con el colapso del imperio británico cuando se definieron, de manera más precisa, como Comunión Anglicana. Sin embargo, era el muerto que andaba de parranda y ahora goza de cabal salud. Así, algunas comunidades de Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña con poder cierto, identidad débil y temor grande, se han mostrado vulnerables a los embates de las modas culturales y centros de decisión política generando inmensa presión al interior de la Comunión. 

La deriva “políticamente correcta” de esas influyentes congregaciones generó dos vigorosas respuestas. Por un lado, comunidades mayoritarias, sobre todo de África, decidieron resistir los embates del “modernismo progre” reservándose futuras acciones que podrían llegar a la ruptura definitiva. Por otro, motivó que prominentes líderes profundizaran la búsqueda de sus raíces apostólicas siguiendo los pasos de Newman y Chesterton hasta llegar a la misma conclusión. Por eso solicitaron a Benedicto XVI ser recibidos, con sus congregaciones, en la Iglesia católica. El Papa respondió con la constitución “Anglicanorum Coetibus”[2], por la cual se han formado comunidades en las que sus miembros gozan de su herencia anglicana en plena comunión con Pedro. 

La Comunión Anglicana parece acercarse a un punto sin retorno. Será una pérdida lamentable para la cristiandad. Ha sido cuna de grandes testigos, como Florence Nightingale y el arzobispo Desmond Tutu, así como de notables intelectuales y académicos, como C.S. Lewis (una de las mentes más brillantes en la historia del cristianismo) y, más reciente, del biblista James Dunn. 

Las lecciones que deja su tragedia son claras. No es diluyendo la fe como los cristianos nos hacemos más modernos, ni sujetándonos al Estado como mejor predicamos el Evangelio.


[1] "Libro de Oración Común y Administración de los Sacramentos y otros Ritos y Ceremonias de la Iglesis" (1549) 
[2] Sobre la institución de Ordinariatos Especiales para Anglicanos que entran en la plena comunión con la Iglesia Católica (4 de noviembre de 2009)


Miembro del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas de la U.N.A.M., analista del Diario La Razón



Fuente: www.razon.com.mx/spip.php?page=columnista&id