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viernes, 27 de junio de 2014

LA POLÍTICA ES UNA DIMENSIÓN DE LA MORAL, AUTÓNOMA PERO NO INDEPENDIENTE

Reflexión europea




ForumLibertas.com |  Editorial

La destrucción moral que sufrimos nos impide captar la realidad de nuestra propia vida, de la sociedad, también en su dimensión material. No tenemos conciencia del grado de bienestar en el que vivimos a pesar de la crisis. Extraordinario, único en la historia de la humanidad, y reciente, muy reciente. Tiene menos de un siglo de vida, un instante en la escala temporal de una civilización. Repitámoslo. Desde el punto de vista material, todas las grandes conquistas de los visionarios y revolucionarios sociales de los siglos XIX y XX han sido agotadas en lo sustancial. Jornadas en cómputo anual muy por debajo de las 40 horas semanales, vacaciones pagadas con un agregado de días de fiesta que llega, incluso supera, al totalizar mes y medio al año. Sanidad gratuita para todos, y que a pesar de la crisis tiene unas prestaciones inimaginables, escuela también gratuita, o casi para quienes optan por la libertad de elegir. Seguro de desempleo, un beneficio que en tiempos históricos es de ahora mismo. Un amplio abanico de prestaciones sociales que en términos agregados configuran un verdadero salario social para un grupo importante de población, vivienda social, incluso muchos aspectos relacionados con el ocio y la cultura nos son ofrecidos gratuitamente o a muy bajo costo. ¿El comunismo en su formulación más utópica podría prometer más que todo eso?


Los actuales europeos formamos las generaciones vivas más numerosas que no ha conocido la guerra. Nos acompañan, claro, los que vivieron la última y más catastrófica conflagración, la del 1939-45, pero ya son una minoría de la población. Fue la última masacre europea, con más de sesenta millones de muertos. Haber superado esta lacra, el de las guerras europeas, es otro éxito magnífico, incuestionable. Algo concreto sí emborrona y no poco todo esto: la idea real de que las cargas y recompensas se distribuyen de una manera injusta, que algunas recompensas son desproporcionadas, y por el contrario otros esfuerzos mal pagados, que crece la pobreza, una pobreza relativa, es cierto, pero que castiga sobre todo porque ofende el contraste, y reina la preocupación de que todo esto tiende a aumentar. La desigualdad y la ausencia de solidaridad y justicia, que comienza por pagar a Hacienda lo que corresponde y a quienes gobiernan por disponer de una legislación fiscal que no facilite la injusticia. Hay que decir que los partidos no contemplan la realidad tal y como es ni ayudan a enfocarla para su mejora, sino que la exageran y distorsionan -unos mas que otros- en defensa de sus tesis.

Hay numerosos rincones oscuros en nuestra sociedad en los que impera la pobreza y la marginación, pero nunca hay que perder de vista que son la excepción y no la norma. Demasiado a menudo nuestra cultura parece empeñada en emitir un juicio general a partir de la excepcionalidad de una situación. Es una muestra más del horizonte de sentido perdido. Lo que es anómalo se transforma en lo que se define como normal, como general, incluso como deseable y digno de un trato privilegiado.

El problema radical de nuestro tiempo no comienza con el "sistema" socio-económico que tantas ventajas nos ha deparado en un pasado muy cercano. El problema radica en otro punto de aún más difícil solución. el sistema de valores que sustentaba el modelo económico, el capitalismo renano, estado del bienestar, economía social de mercado -varios son sus nombres y uno solo el proyecto-, ha cambiado. El orden moral, por decirlo en términos más precisos, ha sido fuertemente alterado por lo que podemos calificar de una verdadera cultura de la desvinculación. El problema no radica en la economía de mercado, la libre empresa, la propiedad privada. Sus defectos pueden ser mejorados si somos capaces de afrontar los grandes problemas reales, que son también causa de la crisis económica a la vez que dificultan el abordaje de las soluciones. En su quintaesencia, el modelo se fundamenta en cuatro pilares: la productividad, la competitividad, y la redistribución de la renta en términos monetarios y de prestación de servicios, y el crédito. Pero este es el último escalón. Para que funcione se necesitan unas condiciones pre-económicas enmarcadas por lo que se encuadra todo: el orden moral, que constituye el relato común dentro del que toma más sentido cada una de nuestras vidas. La desvinculación ha desarticulado este relato haciendo creer que lo mejor era la existencia de relatos individuales sin ninguna otra referencia que uno mismo. Una premisa incompatible no ya con la economía social de mercado sino en el propio capitalismo.

De esta afirmación de que la causa fundamental no está en el sistema económico no puede deducirse que éste no presente problemas, sino que el origen de éste y la falta de capacidad en las soluciones tienen una causa moral, la incapacidad por el bien y la justicia, que se traduce en el plano político, que es aquel en el que la moral se transforma en acción concreta y transformadora.

¿Qué ha sucedido para que vicios privados se transformen en un estrago público de tanta dimensión? Porque la pregunta clave es ésta. Avaros, ignorantes y mentirosos ha habido siempre, pero no es habitual que sean ellos los que configuren toda la sociedad, y condicionen su política. Por tanto, la verdadera batalla ha de darse en el campo del proyecto cultural y político, capaz de superar el desorden actual y regenerar un orden moral de valores y virtudes coherentes con el modelo de vida material en el que queremos vivir. Esta es la gran prioridad. Conectada a ella hay una segunda: los grandes grupos y las formas de actuar del poder que se han configurado en el proceso doble de globalización, y desvinculación, dificultan los cambios en el modelo económico, en primer término sobre la fiscalidad. 

Construcción de un nuevo orden moral, regeneración política y reforma económica: estos son los tres grandes ejes de fuerza que pueden llevarnos a un nuevo renacimiento.


20 de junio de 2014


jueves, 19 de junio de 2014

“EL GRAN EQUÍVOCO DEL ARTE CONTEMPORÁNEO: IGNORAR TÉCNICA Y OFICIO”



Fotografía de Günter Brus artista austriaco


Teo Revilla Bravo*




El arte del siglo XX se ha caracterizado sobre todo por los intentos de algunos “entendidos” por elevar a los altares del arte, fuere como fuere, la abstracción y la experimentación, así como por la obsesión de pretender, en contraposición, destruir la forma y echar abajo o minimizar los valores enraizados como términos tradicionales trasmitidos.… Hasta que se ha llegado a un punto de entente, comprobándose cómo todas esas actitudes con las que se intentaron soslayar o destruir legados y prácticas anteriores fracasaron, siguiendo por fortuna vigentes como siempre y con muy buena salud. El arte no entiende de elementos perniciosos que marquen preferencias ni diferencias interesadas; el arte necesita moverse en absoluta libertad y en consonancia con las necesidades que demande la misma sociedad que lo alienta. Todos los movimientos y tendencias son importantes; todos aparecen por un motivo u otro; todos tienen su momento álgido, y por fortuna su continuidad y desarrollo, beneficiándonos de su vivacidad, de su riqueza y prodigalidad, de la magia y del deslumbramiento cultural que nos aportan. Si destruimos la forma –y de eso tienen mucha culpa los poderes públicos con sus modos obtusos de entender la llamada cultura de masas que roza lo dictatorial, modos a menudo snobs a la hora de promocionar artistas supuestamente experimentales y sobre todo afines a sus credos o intereses-, si destruimos la formas, decía, destruiremos el arte y la posibilidad de que los jóvenes puedan moverse independientes, valientes y sin complejos, hurgando o mamando de la propia vida y de los cánones académicos para su formación, así como el impulso a la propia intuición personal que marcará la personalidad trasformadora que puedan tener. Si esto no sucediese así nos quedaríamos ante una peligrosa esterilidad. Sin bases que sustente el arte, no se puede llegar a nada que pueda considerarse razonable. Los grandes maestros de hoy, curiosamente, siguen siendo los clásicos: Rafael, Miguel Ángel, Velázquez, Rembrandt, Goya, etc.…, genios de la pintura que pasaron por el taller, aprendieron con esfuerzo la técnica, y luego, seguros de sí mismos, se independizaron creando su propia escuela. En ellos valoramos la pintura de verdad, ya que no se ha vuelto a pintar de una forma tan total. Es a partir de estos pintores, precisamente, que deviene el arte nuevo; que por otro lado ha de tener constantemente un lenguaje de asombro, un carácter novedoso que se impulse con acierto generación tras generación. No podemos renunciar a esa fuente de cognición artística, ya que sería una postura completamente suicida. A los clásicos, queramos o no, se vuelve siempre. El arte contemporáneo, con la obsesión por destruir formas, técnicas y oficio en pos de una supuesta libertad rompedora, comienza a adolecer de aburrimiento y de falta de ideas, ya que muchas propuestas no tienen un fundamento lo suficientemente fuerte que lo sustente, y menos que lo confirme como guía de futuras generaciones. Sus límites, a estas alturas, están muy marcados: vemos repeticiones y reproducciones, copias y más copias de lo mismo o de algo muy parecido, allá donde ponemos los ojos, como son las grandes concentraciones de arte moderno donde unos pocos deciden qué se ha de llevar, qué obtiene el visto bueno, qué lo que se tiene que vender y comprar. Este montaje se va desvaneciendo poco a poco por puro hastío creativo. 


Si el arte no provoca ideas, habrá que ponerse a reflexionar qué es lo que sucede. La reflexión es un proceso que sustituye a la contemplación. La obra, al no motivar que el público permanezca largo rato de pie observándola, impone una tarea ajena a ella misma, impone un pensamiento desde donde debemos entretenernos y preguntarnos por qué no provoca opiniones... Las nuevas generaciones de artistas intentan romper toda regla, toda contracción, toda represión y condicionamiento. Y ha de ser así, ya que el arte, ante todo y sobre todo, es libertad como decíamos, o no es. El gran valor del arte contemporáneo ya lo dieron las sorprendentes obras de Miró, Picasso o Mondrian hace un siglo, creando un hecho que es ya, por fortuna para el arte, histórico. A partir de ellos, nada nuevo que sea verdaderamente relevante, ha sucedido. Por tanto, el valor del arte contemporáneo, parece ser que es aquel que se le quiera dar, algo que todavía hoy se está debatiendo con exacerbada confusión. El famoso váter de Duchamp -del que ya hemos hablado en alguna otra ocasión en este espacio más extensamente-, una vez se realizó la famosa exposición donde causó un innegable impacto, dejó de tener valor inmediato en cuanto se desmontó, ya que esa pieza no dejaba de ser un váter común y corriente, algo que fuera del contexto de la sala de exposiciones no significaba nada más que lo que era. Un cuadro, en cambio, tiene valor de por sí; un simple váter o cualquier otro objeto utilitario, ya vemos que no. De lo que se deduce que “el arte, a veces, no es arte, sino un mero espejismo”. Dicho esto debo añadir, que nadie es quien para decidir si esto o lo otro es o no es arte, ya que en arte solamente manda el corazón y la sensibilidad de cada individuo. 


Hay cuadros llenos de manchones a lo Pollock, que valen una fortuna; mientras que un hermoso bodegón, pintado con toda la técnica y todo el amor del mundo, queda arrinconado en cualquier museo o galería sin posibilidad de que nadie lo observe, teniendo como posiblemente tenga una carga artística brutal… Es lo de siempre: se paga un nombre, unos comprometidos deseos comerciales, una firma que cumple con esos intereses, un buen márquetin, una moda o tendencia..., y todo juicio apriorístico donde “alguien” impone su criterio sobre qué es y no es arte en la aplicación de una especie de sutil dictadura comercial. Lo que es verdaderamente triste es que el mundo del arte oficial no se interese por valores emergentes, jóvenes artistas que tienen tanto que decir si se les permitiera y favoreciera hacerlo; jóvenes que si logran algo positivo, es debido a su tesón y valía constatada por la reacción entusiasta y significativa de un público que los visita. 


Es un error cada vez más extendido pretender pintar sin saber pintar, o esculpir sin sabe esculpir, etc., etc., etc. Ya que eso es de una petulancia y de una arrogancia que no conduce a ninguna parte. Sin técnica y sin oficio, desengañémonos, no puede haber arte duradero. 



Barcelona.-mayo.-2014.

* Escritor, poeta y artista plástico catalán

©Teo Revilla Bravo.



sábado, 14 de junio de 2014

CINCO LECCIONES DE LIDERAZGO, POR UN MAESTRO DE EMPRENDEDORES


Juan Pablo II y el guardia suizo: 5 lecciones de liderazgo que usan los maestros de emprendedores






Por Jordi Picazo / Carmine Gallo




La palabra de moda hoy es mindfulness, concepto que viene a resumir la capacidad de volcar toda la mente y la atención indivisa en algo que se está haciendo. 


Es un trending topic en internet. Se usa en escuelas de negocios, los profesores del IESE escriben artículos sobre ello, se escriben libros enteros. 

También escribe de ello Carmine Gallo, un conferenciante de moda y coach en comunicación para las marcas más admiradas del mundo. 

Es autor de siete bestsellers internacionales entre los que se incluye su última publicación “Talk Like TED: The 9 Public-Speaking Secrets of the World´s Top Minds”: (Habla como un conferenciante TED: Los 9 secretos de las mentes más privilegiadas del mundo a la hora de hablar en público). Gallo es contribuidor habitual de la revista Forbes, en la que nos cuenta la siguiente historia real de atención y liderazgo que tienen por protagonistas al Papa San Juan Pablo II y a un joven guardia suizo. 



Soledad en Nochebuena



En la Nochebuena de 1986 Andreas Widmer hacía su primer servicio estrenándose como Guardia Suizo al servicio del Papa Juan Pablo II, su jefe, que llegaría a ser santo. Pocos son los que pueden decir que han tenido un jefe santo. 

El primer encuentro entre los dos se produjo cuando San Juan Pablo II salía por la puerta de su apartamento papal y se dirigía a celebrar la misa de medianoche. ¡Quién le iba a decir al joven Widmer que Karol Wojtyla iba en ese primer momento a causar una impresión indeleble en su persona! 

Fue esa gran capacidad del pontífice de estar en lo que hacía lo que hizo que éste se diera cuenta de las circunstancias personales por las que atravesaba el joven y novato guardia suizo. Circunstancias que le causaban desasosiego, hasta que San Juan Pablo II inició la conversación.

Widmer era joven, añoraba su familia en plena vigilia de Navidad y se sentía un poco deprimido y falto de seguridad. No había comentado esta sensación con nadie. 

Juan Pablo II se le acercó y le dijo: “¡Está claro que ésta es tu primera Navidad fuera de casa! Valoro mucho el sacrificio que haces por la Iglesia. Voy a rezar por ti esta noche en la misa”.

Ninguno de entre sus colegas y amigos había notado esa noche la angustia que le embargaba. Tuvo que ser el líder de mil doscientos millones de católicos el que se diera cuenta, y le diera una lección del liderazgo de aquél que está dispuesto a servir.


De guardia a profesor de emprendedores



Gallo conoció al soldado Andreas Widmer hace dieciocho meses, y se sorprendió gratamente al comprobar con qué aprovechamiento había aprendido la lección, llegando hoy a ejercer como Director del Programa para Emprendedores de la Catholic University of America en Washington, D.C. 

“Le asalté en el momento en que salía hacia Roma para hablar del legado que el Papa Juan Pablo II deja a todo líder que, independientemente de su credo religioso, desea inspirar a su equipo para que consiga la excelencia”, comenta. 

El Papa Juan Pablo II enseña a un joven Guardia Suizo 5 lecciones de liderazgo.


1. Animaba a la gente a pensar en grande y a mantener la vista alzada y puesta en la distancia.



“Juan Pablo siempre tenía la perspectiva de mi vida completa cuando me hablaba. Estoy convencido de que esto es una consecuencia natural de su dedicación durante largos años a la universidad como capellán. En una ocasión se detuvo a hablar conmigo. Quiso saber cómo me iba y si me gustaba mucho o poco ser guardia suizo. Le hablé de mis ocupaciones y preocupaciones, todas ellas centradas en el corto plazo. Él me ayudó a pasar de una visión a corto plazo a la visión a largo plazo para el resto de mi vida”. Según Widmer el pontífice siempre le empujaba a alcanzar metas más altas y a no quedarse instalado en la mediocridad. “Me empujaba a pensar en grande”. 



2. Estaba totalmente volcado en cada conversación.



“Cada vez que hablaba con Juan Pablo, incluso cuando solamente me pasaba para saludarlo, me hacía sentir como si yo fuera la razón por la que se había levantado esa mañana”. 

Volvamos al primer encuentro de Widmer con su nuevo jefe en esa vigilia de Navidad. Widmer admite que se sentía triste y decidido a dejar el servicio. Pensaba en ese momento que había cometido un tremendo error apuntándose al cuerpo de la Guardia Suiza. Cuando el papa salió de su apartamento, podría haber simplemente pasado de largo. “Pero no pasó solamente. Se paró y se dio cuenta de que estaba turbado y del motivo real de mis circunstancias. Tenía la fina habilidad de notar las cosas en el preciso momento, de captar el verdadero sentimiento de la gente con la que se cruzaba”. 

Juan Pablo hacía sentir especial a la gente porque estaba presente. Éste es un rasgo común en un líder que inspira a personas. 

"Los empleados que me cuentan que trabajan para líderes que les inspiran casi siempre comentan que su jefe les hace sentir como si fueran la persona más importante en ese momento en esa habitación y que su jefe se preocupa genuinamente de su bienestar".


3. Mostraba a las personas que creía en ellas.


“Juan Pablo tenía más fe en mí que yo mismo”, decía Widmer. “Eso aumentaba mi autoestima y me permitía conseguir más de lo que yo hubiera pensado que era posible. Creyó en mí antes que yo mismo”. 


Los líderes que inspiran creen en la gente, a menudo incluso más que ellos mismos y con más fuerza. 

"Uno de los líderes más inspiradores al que he tenido el placer de entrevistar fue un maestro de escuela", señala Carmine Gallo. "Ron Clark fue el profesor Disney del año en 2000. Incluso se llegó a hacer una película sobre él para la televisión acerca de su experiencia. Lo que le mereció el premio fue cuando se encargó de una clase de alumnos con fracaso escolar de 5º curso en Harlem y en un solo año académico ofrecerles con aprovechamiento las habilidades necesarias para desbancar en el examen de final de curso a la clase con mayor grado de excelencia hasta ese momento". 

"Clark me contó que se permitió albergar grandes esperanzas en los chicos. Clark no les dijo que iban a superar el nivel que se esperaba de ellos, simplemente les dijo que iban a superar a la clase de los alumnos más destacados por su rendimiento académico de la escuela al final de ese curso. Una vez ellos se lo creyeron y creyeron en sí mismos, el cielo era el límite". 


4. Veía el trabajo no como una carga sino como una oportunidad.



Según cuenta Widmer “Juan Pablo II hablaba del trabajo no como si se tratara de una carga sino como de una oportunidad para llegar a ser aquello a lo que estamos llamados. Creía firmemente que es el trabajo lo que nos hace realmente humanos”.

Juan Pablo creía que cuando trabajamos no solamente “hacemos más”; en su carta encíclica “Laborem Exercens” el papa escribió: “El trabajo es una dimensión fundamental de la existencia del Hombre sobre la tierra.”



5. Celebraba la capacidad emprendedora.



Juan Pablo celebraba el fenómeno de ser emprendedor porque crear algo a partir de la nada es un aspecto fundamental de toda espiritualidad. 

"Al igual que los que creen tienen Fe en su Creador, así también el emprendedor debe tener Fe en su visión, Fe en la capacidad del equipo de ejecutar la visión, y Fe en que aquello que se proponen llevar a término está intensamente conectado a algo mayor que ellos mismos", asegura Gallo.

Juan Pablo convenció a Widmer que el fenómeno emprendedor era un camino grandioso sobre el que construir su vida, camino en el que podía utilizar sus dones, talentos e ideas para desplegar plenamente su potencial y así participar en la obra de la creación. 







http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=36007

viernes, 6 de junio de 2014

DE PÍO XII A FRANCISCO, UN LARGO CAMINO EN EL ECUMENISMO

(Primera parte)


Una imagen de la infancia 



Mi primera visión del mundo, era conjuntamente con las caricaturas de Disney, la de ciertos eventos reportados a través del noticiero Movietone (en blanco y negro), como la coronación de Isabel II (¡Aún reina de Inglaterra!), el 2 de junio de 1953. Incluso el Papa Pío XII, impartiendo bendiciones en su silla gestatoria, lucía como aquellos soberanos. 

Poco podía entender, que los reyes, emperadores y zares que en muchos casos habían tomado las decisiones de sus pueblos hasta la I Guerra Mundial. A partir de entonces, serían sustituidos definitivamente por los presidentes, primeros ministros y un führer, cargos que en muchos casos, y pese a un tinte electoral democrático resultarían vitalicios, igual que en las monarquías. Solo que las casas reinantes, ahora eran sustituidas por los partidos o movimientos políticos.



Juan XXIII y el Concilio Vaticano II



Ese gran historiados de las religiones que es Paul Johnson nos refiere de Pío XII: <<El aislamiento no era meramente personal. Afectaba también al credo y la actitud política. Pío era un Papa tridentino. A su juicio los ortodoxos griegos eran sencillamente cismáticos y los protestantes herejes. No había nada más que decir o discutir. No le importaba el movimiento ecuménico: la Iglesia católica ya era ecuménica en sí misma. No podía cambiar, porque tenía razón y siempre la había tenido. […] Ciertamente, todo el análisis que hacía Pío del cristianismo y el mundo implicaba un prolongado período de espera. Se necesitaba tiempo antes de que los herejes y los cismáticos recuperasen la sensatez y los materialistas abandonarán su materialismo ateo. La Iglesia podía esperar, como había esperado antes […]


La política cambió en casi todos sus aspectos a partir de fines de 1958, cuando Angelo Roncalli sucedió a Pío con el nombre de Juan XXIII. Roncalli estaba cerca de los ochenta años […] Era historiador y no teólogo, y por lo tanto no temía al cambio, sino que más bien lo acogió de buen grado como signo de crecimiento y mayor iluminación. Sus palabras favoritas eran aggiornamiento (“actualización”) y convivenza (“convivencia”). No sólo abrió inmediatamente las ventanas y permitió la entrada de aire fresco en la corte mohosa y antigua de Pío sino que modificó la política papal en tres aspectos básicos. Primero, inauguró un movimiento ecuménico centrado en Roma y lo puso bajo la dirección de un secretariado encabezado por el jesuita y diplomático alemán cardenal Bea. Segundo, abrió líneas de comunicación con el mundo comunista y terminó con la política del “santo aislamiento”. Tercero, inició un proceso de democratización en el seno de la Iglesia mediante la convocatoria de un concilio general […]>> [1]

Además cultivaba una amistad con el patriarca ecuménico de Constantinopla, Atenágoras I, la cual fructificaría en el pontificado de su sucesor.

Desafortunadamente Juan XXIII, murió sin ver el fruto del Concilio Vaticano II, pero había cumplido su trascendental misión de echarlo a andar.


Pablo VI, un Papa relegado


Fue Pablo VI, su sucesor. Un pontífice sin el carisma del papa Roncalli o del papa Wojtyla. Para más tenía una prominente nariz de tipo semítico, lo que aprovechaban los ultraconservadores tridentinos para declararlo un encubierto del sionismo. Pero Pablo VI, tenía que lidiar además con el clero y teólogos convencidos del materialismo histórico, que buscaban popularizar la “teología de la liberación”. Esta teología sustituía la tradicional redención o liberación del pecado cristológica, por la liberación de las “estructuras” y de los sistemas opresores, con lo que los sacerdotes y religiosos pasaban de ser pastores y predicadores a agentes del cambio social.

Pablo VI, aparentemente era un “Papa gris”, pero la verdad es que supo mantener la dirección de la “barca de Pedro” sosteniendo firmemente el timón en medio de las olas de los “ultras tridentinos” y de los “ultras progresistas y marxistas”. Llevó a un buen fin el Concilio Vaticano II y supo preservar la enseñanza católica en materia de matrimonio y control de la natalidad, en contra de la fuerte corriente mundial a favor del control natal, del aborto y del libertinaje sexual.


Hacia un nuevo encuentro con los ortodoxos


Fiel a los lineamientos del Vaticano II, rompió con el aislamiento del Vaticano, y se propuso viajar a Tierra Santa con el pretexto de peregrinar a los lugares santos. Era el primer viaje internacional de un Pontífice; pero además de Pedro, ningún pontífice había regresado a los lugares santos. No se descarta su intención de honrar dichos lugares, pero la realidad es que iba al encuentro de los “hermanos mayores” (los judíos) y de los “hermanos ortodoxos”.

En aquél entonces no había relaciones diplomáticas entre la Santa Sede e Israel y el viaje era algo inusitado. Sería la primera vez que un Papa visitará Tierra Santa y a pesar de que aún no había concluido el Concilio, Paulo VI decidió poner en marcha el Ecumenismo. La fecha designada fueron los días 4 y 5 de enero de 1964. El Papa entró a Tierra Santa por Amman, Jordania. Se reunió con el rey Husseín de Jordania y con el presidente de Israel, Zalman Shazar.

Ante el Santo Sepulcro, sorprendió al pedir perdón con humildad, por los errores del pasado, exhortando a "tomar conciencia de nuestros pecados, de los pecados de nuestros padres, de los pecados de la historia pasada, de los pecados de nuestra época".

Y vinieron los encuentros ecuménicos del Papa con el Patriarca Armenio y el Patriarca Ecuménico de Jerusalén. Pero sin duda el encuentro más significativo del viaje del Pablo VI a Tierra Santa, fue el encuentro con el patriarca ecuménico de Constantinopla, Atenágoras I. 

La memoria que privaba era la del Cisma de Oriente, en que León IX y el patriarca Miguel I Cerulario, se extendieron sendas excomuniones en el año de 1054. Aunque ambas iglesias se reunieron en 1274, en el Segundo Concilio de Lyon y en 1439, en el Concilio de Basilea, no prosperaron los intentos de reconciliación.
Ahora después de más de 500 años del Cisma de Oriente, se encontraban cara a cara el papa Pablo VI y el patriarca de Constantinopla Atenágoras. El encuentro inició con un fraternal abrazo y luego vendría la declaración conjunta en donde se declaraban por rehacer "las relaciones fraternales" entre la Iglesia católica romana y la Iglesia ortodoxa de Constantinopla, lamentaban les palabras ofensivas, los reproches y los gestos condenables, y borraban "de la memoria de la Iglesia les sentencias de excomunión". En una declaración conjunta, el 7 de diciembre de 1965, decidieron «cancelar de la memoria de la Iglesia la sentencia de excomunión que había sido pronunciada». 

Hay que reconocer que Atenágoras I, también era un promotor de la unidad en el dividido mundo ortodoxo y creyente del ecumenismo. Así se preocupó de la preparación y reunión de diversas asambleas pan-ortodoxas, como las de Rodas en 1961 y 1963, para tratar sobre los observadores que se enviaron al Concilio Vaticano II.

Pablo VI creó ese mismo año, de 1964, el Secretariado para las religiones no cristianas, y en 1976, el Consejo Pontificio Justicia y Paz.

Visitó Turquía en 1967, para corresponder a la visita del patriarca Atenágoras I a Roma.



Jorge Pérez Uribe



[1] Paul Johnson, La historia del cristianismo, Ediciones B, S. A., 2010, España