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viernes, 1 de abril de 2016

El CONCEPTO DE ENFERMEDAD ANTES Y DESPUÉS DE LA CONQUISTA (CONTINUACIÓN)

(SEGUNDA PARTE)





Por Ruy Pérez Tamayo*


III. CONCEPTOS EUROPEOS DE ENFERMEDAD A FINES DEL SIGLO XV


Cuando Cristóbal Colón llegó a tierras de América, y lo mismo cuando 27 años más tarde Hernán cortés y sus huestes desembarcaron en las playas de México, la medicina europea llevaba ya cerca de 14 siglos sometida a una idea monolítica sobre la enfermedad. Este concepto conocido como la teoría humoral, surgió en el siglo V a. C. con Empédocles, uno de los filósofos presocráticos, quién postuló que el Universo (y por tanto también el hombre) está formado por cuatro elementos o sustancias: fuego, aire, tierra y agua. El siguiente paso lo dio otro filósofo griego de la misma época, Alcmeón de Crotona, quien sugirió que la salud es el equilibrio o isonomia de los componentes del cuerpo humano, mientras la enfermedad es consecuencia del desequilibrio o predominio (monarquía) de uno de ellos sobre los demás. La combinación de estas dos ideas es lo que se conoce como la teoría humoral de la enfermedad.[12]

El equilibrio de los humores no fue concebido como un balance puramente cuantitativo, en vista de que cada uno de los humores tenía otras propiedades cuyo equilibrio cualitativo era indispensable para conservar la salud; por ejemplo, la sangre era caliente y húmeda, la bilis amarilla era también caliente pero seca, la bilis negra era seca y fría, y el agua era fría y húmeda. A través del tiempo las propiedades de cada uno de los cuatro humores básicos se fueron modificando y las relaciones entre ellos se hicieron más complejas. Sin embargo el esquema general conservó su estructura lógica: cuando un cierto humor disminuía en su concentración, los síntomas del paciente correspondían a la ausencia de algo: sensación de vacío, mareo y pérdida de peso, en cambio el exceso o acumulación de cualquiera de los humores producía dolor y congestión. Además la teoría humoral también postulaba la existencia de un “calor interno”, localizado en el ventrículo izquierdo del corazón; este calor servía para derivar los cuatro humores de los alimentos, para mantenerlos en movimiento, para mezclarlos y conservar un equilibrio adecuado entre ellos. Con estos elementos los médicos hipocráticos tejieron una malla muy compleja de explicaciones para distintas enfermedades, pero siempre terminaban proponiendo tres tipos generales de tratamiento: sangría, purga y dieta. La sangría tenía como meta eliminar el humor que se encontraba en exceso o que había cambiado sus propiedades de manera anormal; la purga era para completar la eliminación del humor excesivo o alterado, y la dieta era para evitar que a partir de los alimentos se volviera a formar el humor responsable del desequilibrio.

La teoría humoral de la enfermedad fue acuñada en la edad de Oro de Grecia (siglo V a.C.), sobrevivió con mínimas alteraciones el ocaso del mundo helénico (siglo I a.C.), la emergencia, zenith y derrumbe del Imperio Romano (siglo I-III d. C.), las vicisitudes del Imperio Bizantino (siglos III-VI d. C.), la dolorosa y prolongada oscuridad de la edad media (siglos VI-XIII) y todavía reinaba en los albores del Renacimiento (siglos XIII a XV). A principios de la era Cristiana fue recogida y elaborada por Galeno de Pérgamo, quien se transformó en la figura médica principal durante los 14 siglos siguientes. Esto se debió en parte a la indudable maestría de sus numerosos escritos, pero también en parte a que la ortodoxia eclesiástica identificó en ciertos textos de galeno un atractivo monoteísmo (e ignoró otros que eran claramente paganos), lo que junto con su postura autoritaria e intransigente hizo fácil su adopción oficial y la exclusión de todas las otras teorías sobre la enfermedad.[13]

La teoría humoral tenía varias virtudes, pero quizás la más sobresaliente era que no juzgaba la causa o etiología de la enfermedad, sino que más bien se refería al mecanismo o patogenia del proceso morboso; de esa manera dejaba el campo libre a cualquiera otro concepto o idea que pretendiera funcionar como causa del padecimiento. Este vacío fue llenado por el concepto religioso de enfermedad, que creció en importancia desde los principios del cristianismo y a lo largo de toda la Edad Media: de acuerdo con este concepto, la enfermedad es enviada por Dios como castigo a la conducta del hombre, por sus pecados y su incumplimiento de las leyes divinas. Durante las grandes epidemias de peste bubónica en los siglos XII y XV en Europa, las catedrales se llenaban de fieles que iban a suplicar piedad y perdón a Dios, para que suspendiera su horrendo castigo (incidentalmente estas aglomeraciones favorecían todavía más el contagio y la diseminación del padecimiento). Otro ejemplo son las peregrinaciones a Santiago de Compostela, realizadas durante gran parte de la Edad Media y hasta mucho tiempo después, por enfermos y tullidos de toda Europa, que iban a postrarse a los pies del santo y a suplicarle que les devolviera la salud.

A fines del siglo XV y principios del siglo XVI en todos los países católicos de Europa (que eran la gran mayoría) el pensamiento médico general sobre la enfermedad era una combinación del concepto religioso y de la teoría humoral. En España, que entonces era el país más católico de todos, que en el mismo año en que Cristóbal Colón llego a América había expulsado a los judíos sefarditas de su recién reconquistado territorio, y que muy poco tiempo después crearía la santa Inquisición y se convertiría en el líder indiscutible de la Contrarreforma, el concepto de enfermedad estaba profundamente arraigado, y con él la teoría humoral, que merecía la aprobación de la Santa madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

El humoralismo galénico llegó a América junto con los primeros médicos españoles, en vista de que formaba la parte central de la enseñanza de la medicina en las escuelas peninsulares de fines del siglo XV.[14] En 1578, en el segundo libro de medicina publicado en América y primero en español (el primero lo publicó en latín el Dr. Francisco Bravo, en 1570, titulado “Suma y Recopilación de Cirugía con un arte para sangrar muy útil y provechosa”, Alonso López de Hinojosos presenta un resumen de sus conocimientos sobre los humores, que ilustra muy bien las ideas medievales sobre el tema:


  • La sangre es un humor caliente y húmedo de la más templada parte del quilo engendrada y en su color pura y de color colorada.
  • Cólera es un humor caliente y seco de la más templada parte del quilo engendrada y es de color cítrico tirante al amarillo.
  • Flema natural es un humor frío y húmedo de la menos cocida parte del quilo engendrado, y es de color blanco y sin sabor alguno.
  • Melancolía es un humor frío y seco de la más gruesa parte del quilo engendrado, de color es algo morado y oscuro, o como ollín…
Las semejanzas que estos cuatro humores tienen con los cuatro elementos son éstas: la sangre tiene su semejanza al aire, el cual es caliente y húmedo: la cólera es semejante al fuego, el cual es caliente y seco. La flema al agua, la cual es fría y húmeda y la melancolía se compara a la tierra, la cual es fría y seca…[15]

En el mismo volumen en la discusión de pestilencia o cocolistle, Alonso López de Hinojosos suscribe el concepto religioso de enfermedad de la manera siguiente:

Para que conociésemos que no era la causa de esta enfermedad la conjunción de las estrellas como los astrólogos dijeron, ni corrupción de los elementos como los médicos pensaron, sino que era propia voluntad de Dios, para que más claro lo viésemos ordenó Dios que en tiempo blando que no teníamos sospecha de corrupción de elementos porque llovía cada día, no hacía frío ni calor en un día que anochecía y amanecía lloviendo, en ese propio tiempo se murieron muchos negros e indios chichimecos, que quedó México y las minas y toda la Nueva España casi sin servicio.[16]




IV. CONCEPTOS DE ENFERMEDAD EN LA NUEVA ESPAÑA A PRINCIPIOS DEL SIGLO XVI





Hasta aquí hemos visto que, en la víspera de la conquista, los conceptos de enfermedad mesoamericano y español no eran muy diferentes: ambos eran mágico-religiosos, ambos concebían a las enfermedades como castigos divinos enviados para expiar culpas y pecados, ambos aceptaban que el destino del hombre estaba regido por los astros, y aunque cada uno tenía ideas distintas acerca de los mecanismos por los que se producían los padecimientos (introducción de objetos o pérdida del alma, los mesoamericanos, versus desequilibrio de los humores, los españoles), los dos eran iguales en la falta completa de relación de tales ideas con la realidad . Si acaso, la medicina indígena era un poco más compleja que la europea, gracias a la gran riqueza de su herbolaria, aunque en este renglón los españoles contaban con Dioscórides y con Galeno. las diferencias entre los dos conceptos de enfermedad eran más bien de nomenclatura y de detalle: los dioses respectivos tenían nombres funciones y mitologías diferentes, muchos de los pecados y varias de las violaciones a las reglas morales y religiosas eran de distintos tipos, algunos de los ritos propiciatorios para apaciguar a los dioses ofendidos eran muy diferentes, y ciertos procedimientos terapéuticos utilizados por los ticitl se apartaban por completo de los tratamientos favorecidos por los médicos europeos. Sin embargo, también en los detalles de la práctica médica había paralelismo entre los mesoamericanos y los españoles, como los rezos y los encantamientos, la quema de copal u del incienso, la confesión y las promesas de enmienda, el uso de purgantes y sangrías, los baños de vapor (el temazcal de los nahuas no era muy distinto a la famosa cura “española” de la sífilis), el uso sistemático de terapia múltiple, así como la cirugía traumatológica y de las heridas de guerra, que eran muy semejantes. Por lo tanto, no debe sorprender que durante la conquista y hasta algún tiempo después los españoles, que no tenían médicos o barberos suficientes para su atención, aceptaron y hasta prefirieron los cuidados y siguieron los tratamientos que les indicaban los ticitl nahuas.

Con la llegada de los evangelizadores y de más médicos y cirujanos españoles se inició la supresión de la medicina mesoamericana y su sustitución por la española: desde luego se proscribió, bajo las penas más severas, la práctica de las idolatrías, o sea que se sustituyeron los dioses nahuas por el Dios de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, junto con la Virgen María y todos los santos. la causa de la enfermedad siguió siendo el enojo divino por el comportamiento inmoral o sacrílego de los hombres, pero ahora ya no eran Tezcatlipoca, Tláloc, XipeTotec, Xochipilli o las Cihuateteo los dioses ofendidos, sino Dios Nuestro Señor, el Espíritu Santo, Jesús, la Virgen, el Santo Niño y otros santos más. También se prohibió la hechicería, no porque fuera ineficiente (desde luego no lo era), sino todo lo contrario, basada como estaba en la psicoterapia más efectiva) sino porque se consideró como conectada con el demonio. Junto con sus dioses y sus hechiceros, los indios también perdieron gran parte de sus recursos terapéuticos rituales, que fueron sustituidos por los correspondientes españoles, pero conservaron su herbolaria, la cual fue adoptada casi en su totalidad por los españoles.



El resultado del intento de eliminar la medicina mesoamericana y de reemplazarla por la española fue doble: por un lado, y gracias a las grandes similitudes de concepto y de estructura básica entre los dos sistemas médicos en pugna, en apariencia los indígenas aceptaron el cambio de forma y adoptaron la nomenclatura y los rituales del conquistador, que en el fondo no eran tan diferentes de los suyos, pero por el otro lado, de manera encubierta y subversiva, continuaron practicando su antigua medicina mágico-religiosa en todos sus detalles, lo que dio origen a lo que hoy se conoce como medicina “tradicional”. Además la propia medicina europea sufrió lo que se ha llamado aculturación inversa, al incorporar muchas plantas, algunos animales y hasta piedras en sus tratamientos, como puede verse en las obras de Agustín Farfán (1579), de Juan de Barros (1607), de Gregorio López (1672), de fray Agustín de Vetancurt (1698), de Juan de Esteyneffer (1712) y de otros más[17].


V. MEDICINA TRADICIONAL Y MEDICINA CIENTÍFICA EN MÉXICO


Como hace 500 años, hoy también coexisten en México dos medicinas, heredadas de la mesoamericana y de la europea, que se encontraron por primera vez cuando los dos mundos se descubrieron mutuamente. Sin embargo, en los cinco siglos transcurridos desde entonces, los conceptos de enfermedad que inicialmente se enfrentaron, y que como hemos visto no eran en esencia muy diferentes, se han ido transformando progresivamente. La medicina indígena, que como consecuencia de su mestizaje incorporó muchos elementos de la medicina europea del siglo XVI, es la que ha cambiado menos, aunque la modernización general de la vida, los medios de comunicación, la movilidad social, la educación y la difusión de los productos farmacéuticos han dejado su huella. De todos modos, conserva su rico y extenso patrimonio de plantas, animales y minerales que usa en sus tratamientos, junto con antiguas indicaciones y recetas para prepararlos y administrarlos; también persisten los curanderos, yerberos, comadronas y otros personajes más, que son los encargados de diagnosticar, de recetar y aplicar los tratamientos y que gozan del respeto de la comunidad, junto con los brujos o hechiceros, que son capaces de causar padecimientos, accidentes o problemas sociales y económicos, y que, si no son respetados, si son temidos por el grupo con el que conviven (es frecuente que el curandero también pueda actuar como brujo y viceversa); el concepto de enfermedad sigue siendo mágico-religiosos y el sujeto afectado sufre su padecimiento como un castigo divino, aunque los antiguos dioses mesoamericanos han casi desaparecido y el panteón teológico es el de la Iglesia católica; también se conservan los mecanismo de producción de los síntomas o las enfermedades, como introducción de objetos, pérdida del alma, el mal aire, la ingestión de alimentos “calientes”, y otros más.[18]

En cambio la medicina europea del siglo XVI, que también se transformó con el mestizaje incorporando sobre todo elementos de la terapéutica herbolaria indígena, ha cambiado radicalmente y ya no se parece prácticamente en nada a lo que era hace cinco siglos. El factor más importante en este cambio fue el desarrollo de la ciencia y la tecnología a partir del renacimiento. La medicina se hizo científica en forma progresiva, pero su transformación se aceleró a partir de la publicación del libro de Vesalio, De humani corpori fabrica, en 1543, y del libro de Harvey, De motu cordis, en 1628. Estos libros inauguraron un nuevo espíritu dentro de la medicina: la necesidad de plantear e intentar resolver los problemas de las enfermedades y sus tratamientos dentro del mundo de la naturaleza y con apego al método experimental. También la ciencia en general se apartó poco a poco de las explicaciones teológicas, hasta que en 1859 Darwin publicó su Origen de las especies, con lo que la separación fue completa.[19] Al desaparecer el mundo sobrenatural de la medicina también se eliminó la idea del pecado o de culpa como causa de las enfermedades, con lo que los padecimientos pasaron a ser fenómenos naturales y morales neutros (aunque todavía quedan resabios de los viejos tiempos, como cuando se señala que el sida es un “castigo de Dios”.) El mismo rigor científico se aplicó al análisis de los tratamientos, con lo que muchos de ellos, que habían sido utilizados por los siglos, se descartaron cuando se demostró o que no servían para nada, o que causaban tanto o más daño que la misma enfermedad; un ejemplo muy conocido de esto fue la impecable demostración estadística (le méthode numérique) por Louis, en el primer tercio del siglo XIX, de que las sangrías eran inútiles o hasta peligrosas en el tratamiento de las neumonías.[20] De modo que en la introducción del espíritu científico en la medicina esta ciencia sufrió una transformación profunda, que la hizo radicalmente distinta de lo que era antes en Europa, cuando por primera vez se encontró con la medicina mesoamericana.

Aunque la medicina “tradicional” y la medicina “científica” difieren hoy en muchos aspectos, como el concepto de enfermedad, la naturaleza moral de los padecimientos, los criterios diagnósticos y de tratamiento, hay algo que siguen conservando en común, no sólo entre sí sino con todos los otros sistemas médicos con los que coexisten, como la homeopatía, la “ciencia cristiana”, la “medicina espiritualista”, la osteopatía y otras más. Todas las medicinas coinciden hoy, como lo han hecho siempre, en que la relación médico: paciente más efectiva es aquella en que ambos comparten las mismas creencias sobre lo que son las enfermedades y sobre la eficiencia de sus tratamientos, cualquiera que estos sean, y esas creencias son también aceptadas por el núcleo familiar y social en que se da consulta. El elemento psicosomático positivo implícito en una relación basada en la confianza dada por la comunidad de ideas y costumbres tiene una puerta terapéutica enorme; de hecho, es muchas veces la única explicación que existe para la mejoría o hasta la curación de ciertos pacientes a los que ni las yerbas tradicionales, ni las medicinas de patente moderna les sirven para nada.[21]

Médico patólogo e inmunólogo, investigador, divulgador de la ciencia y académico mexicano.


Notas:

[12] Pérez Tamayo, R.: La teoría humoral de la enfermedad, en El Concepto de Enfermedad. México, UNAM, CONACyT y Fondo de Cultura Económica, 1988, tomo I, pp. 93-151
[13] Magno, G.. Galen-and into the night, en The Healing Hand. Man and Wound in the Ancient World. Cambridge, Harvard University Press, 1975, pp. 396-422
[14] Somolinos d Árdois, G.: El fenómeno de fusión cultural y su trascendencia médica, en nota 2, 1979, pp. 99-173.
[15] López de Hinojosos A.: Suma y Recopilación de Cirugía con un arte para sangrar muy útil y provechosa. México, Acad.Nac.de Medicina, 1977, 3ª.ed., pp. 96-97.
[16] Nota 15, p. 210.

[17] Comas J.: La influencia indígena en la medicina hipocrática en la Nueva España. Amer. Indig. 14: 327-361, 1954. Del mismo autor, ver también. Un caso de aculturación farmacológica en la Nueva España del S.XVI: el “Tesoro de Medicinas” de Gregorio López. An Antropol. 1:147-173, 1964. La medicina aborigen mexicana en la obra de Fr. Agustín de Vetancurt. An Antropol. 5: 129-162, 1968. Influencias de la farmacopea y terapéutica indígena de la Nueva España en la obra de Juan Barrios. An Antropol. 7:125-150, 1971.
[18] Anzures y Bolaños, M. C.: La medicina tradicional hoy: sincretismos y conflictos, en La Medicina Tradicional en México, México, UNAM, 1989, 2ª. ed.
[19] Mayr, E.: One Long Argument. Charles Darwin and the Genesis of Modern Evolucionary Thought. Cambridge, Harvard University Press, 1991, passim.
[20] Pérez Tamayo, R.: ¿Qué es y en dónde está la enfermedad?, en nota 15, Tomo II, pp. 57-139
[21] Pérez Tamayo, R.: La medicina alopática y las otras medicinas, en Notas Sobre la Ignorancia Médica y Otros Ensayos. México, El colegio nacional, 1991, 99.225-235. 






Fuente: Raíces Indígenas Presencia Hispánica, Editor Miguel León Portilla, El Colegio Nacional, México, 1993.


jueves, 25 de febrero de 2016

El CONCEPTO DE ENFERMEDAD ANTES Y DESPUÉS DE LA CONQUISTA

(PRIMERA PARTE)




Por Ruy Pérez Tamayo*



I. INTRODUCCIÓN


Hace 500 años, dos mundos se descubrieron mutuamente. Uno de ellos cruzó el océano buscando otra cosa y al toparse con tierra y hombres creyó haberla encontrado; el otro vio en los recién llegados el cumplimiento de una antigua profecía que anunciaba el regreso de un dios. Ambos mundos estaban equivocados, pero desde ese momento dejaron de funcionar como entidades separadas y extrañas y se ocuparon en transformarse en lo que siempre habían sido sin saberlo: un solo mundo. La integración de las dos culturas, la europea y la mesoamericana, fue un episodio aterrador, violento y destructivo, que terminó con la imposición de la primera sobre las ruinas de la segunda y el surgimiento de la Nueva España. Pero aunque casi todos los componentes de la cultura mesoamericana fueron obliterados (ciudad, templos, dioses, estructura política y social) persistieron los hombres mesoamericanos y con ellos muchas de sus tradiciones, aunque más o menos escondidas para evitar castigos y represalias. Uno de los elementos de la cultura mesoamericana que más llamó la atención de los conquistadores fue la medicina, al grado que García Icazbalceta nos recuerda:
…apenas hecha la conquista pedía cortés al emperador, en 1552, que no permitiera pasar médicos a la Nueva España, lo cual da a entender que tenía por suficientes a los del país.[1]

Los indios mesoamericanos habían desarrollado un sistema médico complejo profundamente arraigado en su cosmovisión, sus creencias religiosas y observaciones empíricas y tradicionales. Por su parte, los españoles traían su propio bagaje de medicina europea, caracterizada en estos tiempos por el humoralismo galénico. El enfrentamiento entre estas dos formas de concebir a la enfermedad y de tratar a los pacientes dio como resultado la transformación de ambas, otra vez con predominio final de la mayor parte del sistema europeo, aunque la medicina mesoamericana no desapareció por completo sino se conservó en parte en los pueblos indígenas: esa es la historia a la que dedico estas líneas, pero como contarla toda y con detalles rebasaría con mucho el espacio que tengo asignado, sólo voy a referirme a los conceptos de enfermedad en ambos mundos en la víspera de la conquista y en los primeros años de la Nueva España. Al final agregaré un breve comentario sobre la medicina tradicional y la medicina científica en el mundo de hoy.


II. CONCEPTOS MESOAMERICANOS DE ENFERMEDAD A FINES DEL SIGLO XV


En los umbrales de la conquista, el concepto de enfermedad de los indígenas mesoamericanos era esencialmente religioso, aunque también contenía elementos mágicos. Además entre las diversas medidas terapéuticas que empleaban en el manejo de los pacientes había varias (como la herbolaria o la cirugía) que tenían una clara base empírica.[2] Dada esta estructura, la medicina mesoamericana corresponde a la categoría de “arcaica” o “primitiva”, que es como se conocen las medicinas de los pueblos o culturas que no han alcanzado un alto nivel de desarrollo.[3] Sin embargo, bastan los conocimientos más rudimentarios de las civilizaciones mesoamericanas y del Perú para no cometer la barbaridad de considerarlas como primitivas. Las culturas nahua, maya e inca poseían un nivel de complejidad comparable, sino es que superior, al de la civilización europea contemporánea: sus guerras eran igualmente salvajes, sus reyes y príncipes tenían las mismas ambiciones insaciables de riqueza y poder, su religión era igualmente autoritaria y dogmática, y sus pueblos padecían esas y otras calamidades más con estoicismo y resignación. ¿Por qué entonces, se insiste en que la medicina de los mesoamericanos era “primitiva”? ¿Puede un pueblo poseer una civilización avanzada y compleja, y al mismo tiempo tener una medicina “primitiva”? La respuesta es sí, porque depende de cómo se define el término en cuestión. “Primitivo” no quiere decir simple o precientífico; de acuerdo con Ackernecht:

El aspecto más característico de la medicina primitiva es que se basa casi por completo en representaciones mágico-religiosas o “sobrenaturales”… Las explicaciones causales de la enfermedad son principalmente mágico-religiosas en la mayor parte de las sociedades primitivas. En este contexto, es de importancia secundaria si los poderes que envían la enfermedad son espíritus, dioses o fantasmas, si han sido provocados por un pecado del paciente, o si éste cree que ha sido agredido por un hechicero, que actúa por introducción de un objeto extraño en su cuerpo, o de espíritu, o por pérdida del alma.


Una vez que han explicado la enfermedad en términos mágicos-religiosos, y siendo muy lógicos, los hombres primitivos tendrán que basarse para el diagnóstico no en la mera observación, sino otra vez en prácticas mágico-religiosas como trances, sueños, contemplación de cristales, arrojar huesos, etc. Por la misma razón el tratamiento consiste primariamente en rezos, encantamientos o exorcismos, que pueden combinarse con drogas o fisioterapia. Nosotros podemos distinguir entre estos elementos en el ritual terapéutico; los hombres primitivos no lo hacen. Para ellos todos son de la clase mágico-religiosa.[4]

Éste es, pues, el sentido en que se entiende que civilizaciones tan desarrolladas y tan complejas como la náhuatl, la maya o la inca, hayan tenido medicinas “primitivas”. En lo que sigue el amable lector verá que el concepto de enfermedad de los pobladores mesoamericanos no tenía nada de simple, sino que se encontraba íntimamente relacionado con la totalidad de su cosmovisión y era congruente con ella.[5]

A. Náhuatl

Los nahuas atribuían el origen del hombre a varios mitos, todos ellos relacionados con sus dioses. Para explicar la amplia variedad fenotípica humana, los nahuas echaban mano del mito de la Creación de de la Quinta generación: el Dios Quetzalcóatl bajó al Reino de los Muertos a buscar huesos humanos para construir a los hombres y en cuanto los tuvo en su poder huyó corriendo para escapar de los dominios del Dios Mictlantecuthtli; sin embargo, éste era muy astuto y envió a unas codornices a que impidieran la huida de Quetzalcóatl. Las aves le cerraron el camino, el dios fugitivo tropezó con ellas y cayó al suelo, soltando al mismo tiempo los huesos que se rompieron en fragmentos de distintos tamaños. De todos modos, Quetzalcóatl juntó los huesos y derramo sobre ellos su propia sangre, extraída de sus órganos genitales, con lo que los huesos se cubrieron de músculos, después aparecieron las cavidades y los órganos. y finalmente se formaron los hombres y las mujeres del Quinto Sol, de distintas estaturas como consecuencia del accidente mencionado.[6] En este mito Quetzalcóatl no sólo hace a los hombres sino que usa su propia divina sangre para construirlos. En otro mito sobre el origen del hombre, el embarazo se consideraba como resultado de la voluntad del Dios Dual Señor-Señora, Omecihuatl-Ometecutli, que reinaba en lo más alto del Cielo 13, el más elevado de los que conformaban el cosmos náhuatl.

En los dos mitos anteriores el hombre debe su vida y su presencia en este mundo a la voluntad de los dioses, lo que le creaba no sólo una relación directa con ellos sino también una responsabilidad constante sobre su conducta moral y religiosa. Cuando se cometían faltas de distintos tipos que podían ser de comportamiento antisocial (robo, lesiones, asesinatos), o delitos sexuales (violación, adulterio, homosexualidad), o transgresiones a los mandamientos religiosos, los dioses enviaban sus castigos correspondientes en forma de desastres económicos, de problemas familiares, de enfermedades y de muerte. No había posibilidad alguna de pasar inadvertido o de escapar, los dioses estaban siempre presentes y tarde o temprano el culpable recibiría su castigo. Lo riguroso de este concepto religioso de vigilancia permanente ha hecho que algunos autores consideren al sistema médico mesoamericano como una de las fuerzas cohesivas más importantes de la sociedad náhuatl.[7]

El concepto de enfermedad como castigo divino por la violación de algún mandato divino o regla de conducta social era la idea central de la medicina mesoamericana. Loa nahuas tenían un gran número de dioses y muchos de ellos participaban de su patología; Tezcatlipoca o Titlacahuacan era el responsable de las enfermedades de la piel como sarna o impétigo, o de bubas, gota e hidropesía, Tláloc ocasionaba también gota o reumatismo, Xipe-Tótec enfermedades bulbosas o vesiculares, cataratas y otras dolencias oculares, Xochipilli era especialista en enfermedades venéreas y hemorroides, etc. El individuo afectado buscaba el auxilio del médico o ticitl para apaciguar al dios ofendido, lo que requería de confesiones, ofrendas, exorcismos y otras ceremonias. En ocasiones el enfermo era incapaz de recordar cómo o cuánto habría afrentado al diosa, causando su enojo; incluso requería al ticitl para que le ayudara a encontrar al dios que estaba molesto con él, porque no tenía conciencia de haber hecho nada ofensivo. Pero aún en estos casos, tanto el ticitl como el paciente y toda su familia, sus amigos y el resto de la comunidad estaban convencidos de que un dios estaba enojado por algo que el enfermo había hecho y que su padecimiento era consecuencia de su culpa, que la enfermedad era su castigo.[8]

Algunas enfermedades, sobre todo de los niños, también eran producidas por los dioses pero sin que fueran debidas a mala conducta o a pecados. Las mujeres muertas en su primer parto eran adoptadas por Cihuacóatl, diosa de la tierra y de la muerte, y se conocían como las Cihuateteo; regresaban a este mundo a espantar a los hombres en la encrucijada de los caminos y sobre todo a producir males en los niños, como parálisis facial, atrofia de miembros o epilepsia. Las más malignas de las Cihuateteo eran las más jóvenes que se ensañaban con los niños más hermosos “para robarles su belleza”. El Dios Tláloc podía causa la muerte no sólo como castigo sino también como recompensa a la buena conducta social y religiosa, o por la posesión de piedras preciosas; sus colaboradores los Tlaloque llevaban a los afortunados al paraíso del sur llamado Tlalocan, un jardín rico en verduras y flores, en donde disfrutaban de felicidad eterna. Ésta era la suerte de los ahogados y los fulminados por un rayo.[9]

En ciertos casos no eran los dioses sino los brujos o hechiceros los que causaban las enfermedades y la muerte. Aquí no se trataba de castigo divino sino de resentimiento, envidia u odio humano, que por medio de poderes sobrenaturales y con ciertos ritos lograba dañar a alguien. Se conocen pocos de estos ritos, pero en cambio se sabe que los brujos que causaban enfermedades eran los únicos que podían curarlas. También había consejas sobre la relación entre ciertas plantas y algunos padecimientos, como la flor de omixóchitl, que no debía de olerse, pisarse u orinar sobre ella porque salían hemorroides, o la flor cuetlaxóchitl, que en las mismas circunstancias producía trastornos ginecológicos. Ciertos animales se relacionaban con las enfermedades o la muerte, como el tecolote (“cuando el tecolote canta el indio muere”), o con el mundo de los muertos, como las arañas o los escorpiones.[10] El tonamalatl o libro de los destinos Humanos señala los días buenos y malos para los nacimientos, con frecuencia en relación con las enfermedades; por ejemplo, los nacidos en el día 1-venado son propensos a morir ahogados o fulminados por un rayo, y en ese día descienden las Cihuateteo a la tierra; los nacidos en el día 1-lluvia podrán ser hechiceros, transformarse en nahuales y causar enfermedades, sobre todo en el día 4-viento, etc. Por fortuna cuando el niño nacía en un día malo no todo estaba perdido, pues se podía mejorar su destino cambiando el día de su bautizo por otro de mejor suerte, que eran el 3 , el 7 y 10 del mismo signo; sin embargo, tal recurso no servía para nada cuando el nacimiento había ocurrido en el día 1-casa.[11]

Aunque se ha señalado que los nahuas, además del concepto mágico-religioso de la enfermedad, también creían que ciertos padecimientos leves no eran causados por los dioses sino por fenómenos naturales, porque su curación se hacía con medidas prácticas y sin actos mágicos o religiosos, esto de ninguna manera lo prueba. Es un hecho que la automedicación herbolaria era la regla en el tratamiento de las enfermedades ligeras y el principio de la terapia en las más graves, y que cuando en éstas no había respuesta se buscaba la atención del ticitl, pero esto no excluye que en ambos casos había un fondo mágico-religioso. En el tianguis de Tenochtitlan los yerberos ofrecían la rica variedad de sus productos a todo el pueblo, que los consumía sistemáticamente basado en el conocimiento popular y tradicional, lo que de ninguna manera excluye la participación de los dioses en sus acciones. Los nahuas sabían muy bien que una caída con fractura era un riesgo en un viaje a la montaña, sobre todo en los sitios más empinados y rocosos, y que en el tratamiento de la fractura era la inmovilización de la extremidad y las infusiones de yerbas anestésicas como el peyote o el olohuilqui; pero también sabían que esos eran los sitios donde se escondían los chaneques y otros personajes sobrenaturales malévolos, expertos en zancadillas y empujones.


Médico patólogo e inmunólogo, investigador, divulgador de la ciencia y académico mexicano.


Notas:

[1] García Icazbalceta, J.: Los médicos de México en el siglo XVI, en bibliografía Mexicana del Siglo XVI (Millares Carlo A., ed.), México, Fondo de cultura Económica, 1954, pp.223-242).
[2] Somolinos d Árdois, G.: La medicina en el mundo náhuatl, en Capítulos de historia Médica mexicana (Somolinos Palencia, J., ed.) México, Sociedad Mexicana de Historia y Filosofía de la Medicina, 1978, pp-55-97.
[3] Ortiz de Montellano, B.: Los principales rectores de la medicina entre los mexicas. Etiología, diagnóstico y pronóstico, en Historia General de la Medicina en México, Tomo I. México Antiguo (López Austin, A.y Viesca Treviño, C., eds.), México UNAM y Academia Nacional de Medicina, 1984, pp. 159-170.
[4] Ackernecht, E.H.: Typical aspects, en Medicine & Ethnology, Selected Essays (Walser, H.H. & Koelbing, H.M. eds.), Baltimore, The Johns Hopkins Press, 1971, pp. 17-29.
[5] López Austin, A.: Cosmovisión y salud entre los mexicas, en nota 3 pp. 101-1114.
[6] Martínez Cortés, F.: Conceptos y actitudes acerca de la vida, la enfermedad y la muerte, en Las Ideas en la Medicina Náhuatl, México. La Prensa Médica Mexicana, 1965, pp. 5-20
[7] Ackernecht, E.H.: Primitive medicine´s social function, en nota 4, pp.167-170.
[8] Viesca Treviño, C.: El médico mexica, en nota 3, pp. 217-230.
[9] Sahagún, B.: Historia General de las cosas de la Nueva España. México Porrúa, 1956, passim.
[10] Aguirre Beltrán, G.: Medicina y Magia. México, Instituto Nacional Indigenista, 1973, 2ª. ed. passim
[11] Martínez Cortés, F.: El empirismo, la magia y la religión en la etiología de las enfermedades en nota 6, pp. 69-90.


Fuente: Raíces Indígenas Presencia Hispánica, Editor Miguel León Portilla, El Colegio Nacional, México, 1993.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

EN LA OSCURIDAD, SURGE LA `ESTRELLA DE LA EVANGELIZACIÓN´

"NICAN MOPOHUA..." "AQUÍ SE NARRA"


La colonización o llegada de Hernán Cortés a Veracruz, Diego Rivera 1951


Ante el clamor del obispo fray Juan de Zumárraga en ese año de 1529: “si Dios no provee con remedio de su mano está la tierra en punto de perderse totalmente”[1], Dios interviene por medio de lo más amado para Él su propia Madre. Ella, la primera discípula y misionera del Amor de Dios, es la Estrella de la Evangelización, la Estrella de la Esperanza.

Si bien, una aparición escapa a la razón y trasciende la historia; no se puede negar su repercusión, por lo que se pueden estudiar los rastros, los signos y los elementos, que haya dejado y con los cuales haya marcado la historia.

Actualmente se conservan muchos documentos históricos del siglo XVI en los que se manifiesta ese momento maravilloso de la intervención divina; un Dios que toma la iniciativa de encontrase con el ser humano por medio de Su Madre, Santa María de Guadalupe, quien ha elegido a un indígena macehual, humilde y sencillo con un alma transparente y candorosa, Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Varias son las fuentes históricas que nos hablan de Juan Diego, de su esposa María Lucía, de su tío paterno Juan Bernardino, etc. Uno de los documentos históricos más destacados es el llamado Nican Mopohua, que significa: “Aquí se narra” o “Aquí se relata”; en este documento se describe de la manera más bella, más plena y mejor lograda, este maravilloso encuentro entre Dios y el ser humano por medio de Santa María de Guadalupe.

El Nican Mopohua está escrito en la lengua náhuatl noble; lengua bella y elegante, como decía fray Rodrigo de la Cruz: “lengua elegantísima, tanto como cuantas hay en el mundo”[2], o como afirmaba fray Alonso de Molina: “es tan copiosa, tan elegante, y de tanto artificio y primor de sus metáforas y manera de decir.”[3] El náhuatl no necesita muchas palabras para expresar los hechos con fuerza y profundidad, conjuntando amor, ternura y delicadeza, con majestuosidad y solemnidad; además, el náhuatl puede conjuntar varias palabras en una sola para así expresar de manera clara, nuevos conceptos; asimismo, con facilidad y elegancia se pueden articular todos los matices de las relaciones humanas. También de esto nos hace referencia Miguel León-Portilla, quien dice: “el náhuatl, así como el griego y el alemán son lenguas que no oponen resistencia a la formación de largos compuestos a base de yuxtaposición de varios radicales, de prefijos, sufijos e infijos, para expresar así una compleja relación conceptual con una sola palabra, que llega a ser con frecuencia verdadero prodigio de <<ingeniería lingüística>>.[4]

El autor de esta maravillosa obra fue Antonio Valeriano, indígena sabio que nació en Azcapotzalco entre 1522 y 1526 y murió en 1605; Valeriano se educó en un instituto fundado por los franciscanos, Colegio de la Santa Cruz en Tlatelolco, al cual ingresó en 1536; fue contemporáneo de san Juan Diego y de quien escuchó exactamente lo que pasó esos días del sábado 9 al 12 de diciembre de 1531, en el cerro del Tepeyac que se encuentra ubicado al norte de la Ciudad de México. Juan Diego nunca dejó de transmitir su experiencia y el encuentro que tuvo con Santa María de Guadalupe, hasta que murió en el año de 1548; es decir, durante 17 años, san Juan Diego fue constante en su misión, atendiendo la ermita y manifestando su experiencia, llevando una vida contemplativa de profunda oración y, al mismo tiempo, una vida activa de gran devoción. Este importante documento coincide esencialmente con tantos otros documentos de los cuales hacemos referencia en esta misma obra. Fue hasta 1649 cuando el bachiller Luis Lasso de la Vega publicó por primera vez esta obra maestra, no la inventó ni él, ni el P. Miguel Sánchez, quien un año antes, en 1648, había publicado algunos rasgos sobre el Acontecimiento Guadalupano. Los dos autores, así como, los sacerdotes que aprobaron su obra para ser impresa, dijeron claramente que habían tomado noticias de códices, así como, de la tradición antigua, general y universal. En la obra de Luis Lasso de la Vega, también se publican otros textos complementarios al Acontecimiento Guadalupano, por demás interesantes. Se conservan varios documentos históricos que concuerdan con el contenido que expone el Nican Mopohua e incluso son un verdadero complemento; como por ejemplo, la obra que lleva por título: Nican Motecpana[5] que escribió Fernando de Alva Ixtlilxóxhitl, quien la compuso entre 1590 y 1600, y viene a ser una continuación del Nican Mopohua.





Pero regresemos al Nican Mopohua donde podemos notar toda la riqueza del náhuatl, desde la ternura, el cariño y la emoción en los diálogos que se descubren entre Santa María de Guadalupe y san Juan Diego, hasta la solemnidad de sus encuentros con el obispo fray Juan de Zumárraga; son expresiones que los indígenas entienden de manera rápida, profunda y clara.

Para entender los contenidos más exactos del Nican Mopohua, en la presente obra se han analizado cada una de las más importantes traducciones para llevar a una redacción final que comprende los más interesantes y significativos aspectos de la misma cultura y la manera de entender cada expresión, llegar al profundo sentido de las mismas y captar lo más exacto de lo que percibieron sus primeros destinatarios, nuestros antepasados indios y desde ahí participar este mensaje al mundo entero, a todo ser humano. Por ello la traducción que en esta obra se ofrece trata de ser la más depurada, con los contenidos más precisos de este importante documento.

También es importante señalar que los elementos de interpretación, así como, los profundos contenidos que nos presenta el Acontecimiento Guadalupano son de tal coherencia y convergencia, que alguno pensará si no será acaso de una exacerbada fantasía o invento de un corazón atemorizado que necesita crear a su propio “dios” o conclusiones forzadas de una mentalidad preconcebida. Ciertamente, la metodología de las ciencias históricas que implica el investigar profundamente las fuentes, así como la convergencia de las mismas, nos ayudan a ser estrictos en la búsqueda de la verdad rechazando cualquier conclusión o comentario infundado, erróneo o fantasioso; además las ciencias complementarias como son la filosofía, la teología, la antropología, etc., nos ofrecen una seguridad y una certeza de una sana y verdadera interpretación en el análisis de éste que es el modelo de evangelización perfectamente inculturada, máxime en uno de los documentos más importantes como es el Nican Mopohua.

También es oportuno señalar que la “aparición” es algo que se manifiesta inesperadamente, se deja ver de manera inmediata, y la “revelación” es quitar el velo y dejar ver con claridad, así como, el confiar alguna verdad. Jesucristo es quien nos ha revelado todo y para siempre, en plenitud; y todo lo que reveló se encuentra en el Evangelio y en lo que posteriormente, transmitieron los apóstoles tanto en sus propios escritos como lo que dejaron en la memoria de sus discípulos, lo que llamamos “Tradición”; sin embargo, Dios no ha quedado mudo, ya que trasciende tiempos y espacios, por lo que Él continúa hablando y actuando a favor de sus hijos.

Se descubren, como indica el concilio Vaticano II, “las semillas de la palabra” o “las semillas del Verbo”, en las distintas culturas religiosas, en las cuales es necesario purificar de los errores y dar plenitud a la verdad que Dios ha sembrado en ellas, en Jesucristo nuestro Señor. En el Concilio se explicita: “únanse [los cristianos] con aquellos hombres [los no cristianos] por el aprecio y la caridad; siéntanse miembros del grupo humano en el que viven y tomen parte en la vida cultural y social […] familiarícense con sus tradiciones nacionales y religiosas; descubran con gozo y respeto, las semillas de la Palabra que en ella se contienen […] deben conocer a los hombres entre los que viven y conversar con ellos para advertir, en diálogo sincero y paciente, las riquezas que Dios generoso ha distribuido a las gentes y, al mismo tiempo, han de esforzarse por examinar estas riquezas con la luz evangélica, liberarlas y reducirlas al dominio de Dios Salvador”.[6]




Es comprensible, que los primeros frailes misioneros no pudieran contemplar nada bueno, ninguna “semilla del Verbo”, en los sacrificios humanos, que formaban parte central de la religiosidad de la cultura de los pueblos indígenas de México; incluso; si en nuestros días, nosotros llegáramos a presenciar como a un pobre individuo lo sujetan a una piedra y con un cuchillo le abren el pecho, sacan el corazón y la sangre, reaccionaríamos con terror, y por supuesto no hubiéramos visto nada bueno en un rito semejante que, paradójicamente, para ellos, era estar del lado del Sol y, por lo tanto, del lado del Bien,[7] ahora pensemos en los frailes del siglo XVI que efectivamente se toparon con estas terribles experiencias. Como ya vimos, para los frailes de aquella época era poco menos que imposible captar algo bueno en la esencia de las creencias religiosas de los indígenas. Simplemente, para ellos eran diabólicos ritos y sanguinarias celebraciones satánicas, como se reflejan el documento llamado los Coloquios, donde se conservan las palabras de los franciscanos recién llegados a México y quienes buscaban salvar las almas de los indígenas de estos diablos: “Si vosotros queréis ver y admiraros de este reino y riquezas de aquel por quien todos vivimos, nuestro Señor Jesucristo, ante todas las cosas os es muy necesario desprecias y aborrecer, desechar y abominar y escupir todos estos que ahora tenéis por dioses y adoráis, porque a la verdad no son dioses, sino engañadores y burladores, y también os es muy necesario que os apartéis y desechéis todos los pecados de cualquier manera que sean, porque todos ellos enojan a Jesucristo, y es también menester que os purifiquéis de todas vuestras suciedades, con el agua de Dios.”[8] Y más adelante eran contundentes: “nunca ha venido a vuestra noticia la doctrina y palabras del Señor del cielo y de la tierra, y vivís como ciegos entenebrecidos, metidos en muy espesas tinieblas de gran ignorancia, y hasta ahora alguna excusa han tenido vuestros errores; pero si no quisiéredes oír las palabras divinas que ese mismo Dios os envía y darles el crédito y reverencia que se les debe, de aquí en adelante vuestros errores no tienen excusa alguna y nuestro señor Dios que os [ha] comenzado a destruir por vuestros grandes pecados os acabará.”[9] Como vemos, era sumamente difícil, si no que imposible, que los frailes buscarán “con gozo y respeto” nada bueno en la cultura religiosa india, y mucho menos que emprendieran un “diálogo sincero y paciente” o una “inculturación”, sino que juzgaban como una irrevocable tarea de misioneros, propagadores de la verdad y del bien, arrancar hasta la última raíz de lo antiguo, y salvar las almas de los pobres indígenas de las garras del demonio lo más pronto posible.

Por esto resulta extraordinaria la evangelización inculturada que realiza la primera Discípula y Misionera del Amor Divino que es Santa María de Guadalupe. En el Acontecimiento Guadalupano uno observa y constata con asombro la manera tan maravillosa como son captadas y tomadas esas “semillas de la verdad”, “semillas del verbo”, como se purifica quitando todo error y ´como todo se lleva a la plenitud en Jesucristo; así se detiene todo sacrificio humano, pero se capta el fondo del alma indígena de pretender ser responsables del equilibrio del universo, de pensar que ellos eran los responsables de alimentar a los dioses con lo más preciado: su propia vida; de pensar erróneamente que los corazones y la sangre de las víctimas mantenían la supervivencia de todo lo que existía, por lo tanto del mismo ser humano. Precisamente en el Acontecimiento Guadalupano se toma lo bueno y positivo que realmente existía en el fondo del alma indígena, se purifica de los crasos y terribles errores, así como de la idolatría, y se conduce al ser humano a la plenitud en el único sacrificio verdadero, el de Jesucristo nuestro Señor en la cruz.

Así pues, el Acontecimiento Guadalupano es una extraordinaria inculturación y proclamación del Evangelio en un momento importante de la historia humana, y en un núcleo de culturas en donde Dios cumple llevándolas a la plenitud; una perfecta inculturación, sin humillar a sus elegidos y enviados ministros, frailes humildes que lo han dejado todo y que se han entregado en cuerpo y alma para salvar a sus hermanos en estas nuevas tierras; sin condenar a los indígenas que trataban de ser responsables del equilibrio del universo. El cardenal Paul Poupard, presidente del Consejo Pontificio para la cultura, lo plantea de una manera clara en el Sínodo de América “Evangelizar una cultura no significa faltarle al respeto, sino, por el contrario, testimoniarle un respeto mayor llamándola, en nombre de Cristo a su pleno desarrollo”.[10] Y como dice también el gran pensador contemporáneo de origen chileno P. Joaquín Alliende Luco: “La inculturación ha sido siempre un proceso accidentado, y hasta con momentos de violencia y lucha. Un modelo de eximia inculturación fecunda es María de Guadalupe. La misión evangelizadora parecía destinada al fracaso. Después de las apariciones en el Tepeyac cambió la situación misionera radicalmente. Interminables procesiones de indígenas solicitaban el bautismo […] en pocos años, millones de indígenas pidieron a los misioneros españoles el bautismo cristiano. Guadalupe aparece como el acontecimiento tal vez más logrado de la historia de la Iglesia.”[11]

Siguiendo los pasos que componen la situación histórica en el momento de la aparición del Tepeyac, donde interviene Dios, captamos que Él atiende el clamor de oración de aquél que es la cabeza de la iglesia, su obispo, en aquel entonces fray Juan de Zumárraga; siguiendo cada uno de los párrafos, podemos descubrir una serie de conceptos que nos llevan a una teología por demás actual, un mensaje y una imagen para el hombre de todos los tiempos y de todas las diferentes culturas, convocándolo a vivir plenamente en Jesucristo, por medio de su Madre, Santa María de Guadalupe. También podemos observar de una manera contundente, que este mensaje y esta imagen no han sido compuestos por ningún español, ni la imagen viene de Extremadura España ni fue realizada por un indígena, como se analizará en los próximos capítulos.

Así que ahora recorramos las líneas de este importante documento: el Nican Mopohua, tanto en su forma como en su fondo, cuya copia más antigua, que posiblemente formó parte de la documentación que pertenecía a Lorenzo Boturini, se conserva en el archivo de Nueva york, colección Lenox. Ciertamente, como decíamos, éste no es el único documento sobre el Acontecimiento Guadalupano, sobre la historia de san Juan Diego o que trate la importancia de este encuentro, pero si es uno de los más plenos, escrito en náhuatl noble de una manera virtuosa; y aunque está lleno de simbolismos, metáforas y difrasismos al más puro estilo náhuatl clásico, clasificado por Miguel León-Portilla como: “joya de la literatura náhuatl”,[12] no por ello deja de ser un documento que presenta datos históricos, que narra un hecho que sucedió en un tiempo determinado y en un espacio concreto; y que estos datos que aporta convergen con otras fuentes históricas. En otras palabras, este documento precisa datos históricos y fundamentos trascendentes transmitidos de una manera bella.




Adentrémonos pues a conocer de cerca este encuentro maravilloso.

Eduardo Chávez Sánchez

Notas:

[1] Carta de fray Juan de Zumárraga al rey de España, México a 27 de Agosto a 1529, f. 314 v.
[2] Carta de fray Rodrigo de la Cruz O.F.M. al Emperador Carlos V, Ahuacatlán, 4 de mayo de 1550, en Mariano Cuevas, S. J., Documentos inéditos del Siglo XVI para la historia de México, Editorial Porrúa (=Col. Biblioteca Porrúa, No 62) México 1975, Documento 230. p.156
[3] Fray Alonso de Molina, Vocabulario en lengua Castellana y Mexicana y Mexicana Castellana, México, 1571, Ed. Porrúa (=Col. Biblioteca Porrúa, No 62) México 1970, Prólogo al lector, s. p.
[4] Miguel León-Portilla, La Filosofía Náhuatl, p.56
[5] Cfr. Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, << Nican Motecpana>>, en Ernesto de la Torre Villar y Ramiro navarro de Anda, Testimonios Histórico Guadalupanos, Ed.FCE, México, 1982.
[6] Decreto <<Ad Gentes Divinitus>> en el Concilio Vaticano II, Cap.2, N° 11.
[7] Cfr. Miguel León-Portilla, La Filosofía Náhuatl, p.46
[8] Colloquios y Doctrina Cristina, f.34
[9] Colloquios y Doctrina Cristina, f.37
[10] Paul Poupard, en Javier García González, LC, Historia del Sínodo de América, Ed. Nueva Evangelización, México 1999, p.192.
[11] Joaquín Alliende Luco, Para que nuestra América viva, Ed. Nueva Patris, Chile 2007, p.97
[12] Miguel León-Portilla, Tonantzin Guadalupe. Pensamiento náhuatl y mensaje cristiano en el “Nican Mopohu”, Ed. FCE y El Colegio Nacional, México 2000, p.69




Fuente:  Eduardo Chávez, La Verdad de Guadalupe, Instituto Superior de Estudios Guadalupanos, 3a.Edición, México, 2012, Transcripción del Capítulo XI

viernes, 5 de diciembre de 2014

LA DÉCADA QUE DECIDIÓ EL FUTURO DE MÉXICO (1521-1531)


“La conquista española de la nación azteca” mural de Diego Rivera


“Asimismo me parece es bien informar a Vuestra Serenísima Majestad de lo que a la fecha en ésta pasa, porque es cosa de tanta calidad, porque si Dios no provee con remedio de su mano está la tierra en punto de perderse totalmente” 





Carta de fray Juan de Zumárraga, a Carlos V 


27 de agosto de 1529 





La caída de México-Tenochtitlán


El 13 de agosto de 1521, tras un sitio de 93 días a la ciudad isla construida por los aztecas `centro del universo y cimiento de cielo´, poblada por cerca de 250,000 habitantes, se entregó el joven emperador Cuauhtémoc a las fuerzas comandadas por Hernán Cortés, probablemente al ver como su pueblo moría de hambre, sed y enfermedades.

Previamente el pueblo azteca al igual que el pueblo tlaxcalteca, habían sido asolados por una epidemia de viruela (sarampión, según los síntomas) que había sido traída a suelo mexicano por un esclavo negro que venía en la expedición de Pánfilo de Narváez. Según cuentan las crónicas que describen la “noche triste” del 30 de junio de 1520 <<un guerrero azteca encontró agonizante a un extraño ser de piel negra, una rareza tan desconocida para ellos como la blancura de los españoles. El negro había sido llevado como esclavo por Narváez a Veracruz y se encontraba al borde de la muerte no por heridas de la batalla, sino por la virulencia de una enfermedad que le produjo hemorragias por la nariz, con mucha tos e inflamación de la garganta y la nariz, con pequeñas llagas en todo el cuerpo.

El guerrero azteca que lo encontró hizo correr la noticia sobre la existencia de aquel personaje y es de suponerse que muchos curiosos acudiesen a verlo. Aquél hombre anónimo, sin proponérselo, aportó a los conquistadores la más letal de las armas y al poco tiempo la capital azteca y toda la región sufrían el rigor de una desastrosa epidemia.>>[1]  El mismo emperador Cuitláhuac, nombrado a la muerte de Moctezuma II, sucumbió por la enfermedad, por lo que a principios de diciembre se reunieron las autoridades mexicas para nombrar como Huey Tlatoani a Cuauhtémoc que contaba con cerca de 30 años.

Con la caída de México-Tenochtitlán -ciudad inexpugnable- se derrumbaba el orgulloso y poderoso imperio de los aztecas, que un cántico describía:


<<Orgullosa de sí misma 

se levanta la ciudad de México-Tenochtitlán. 
Aquí nadie teme a la muerte de la guerra. 
Esta es nuestra gloria. Este es tu mandato. 
¡Oh dador de vida! 
Tenedlo presente, oh príncipes, 
no lo olvidéis. 
¿Quién podrá sitiar a Tenochtitlán? 
¿Quién podrá conmover los cimientos del cielo? 
Con nuestras flechas, con nuestros escudos, 
está existiendo la ciudad, 
¡México-Tenochtitlán subsiste!>> [2]


Pero de aquí en adelante el cántico de los famélicos, enfermos y agotados sobrevivientes solo podría expresar:
<<El llanto se extiende, las lágrimas gotean allí en Tlatelolco. 
Por agua se fueron ya los mexicanos;
semejan mujeres; la huída es general.
¿Adónde vamos?, ¡oh amigos! Luego ¿fue verdad?
Ya abandonan la ciudad de México;
el humo se está levantando; la niebla de está extendiendo… […]
Llorad amigos míos,
tened entendido que con estos hechos
hemos perdido la nación mexicana.
¡El agua se ha acedado, se acedó la comida!
Esto es lo que ha hecho
el dador de la vida en Tlatelolco…>> [3]

Pueblo devoto a sus dioses y a sus oráculos, ahora era abandonado por ellos. De nada habían servido los numerosos y constantes sacrificios para mantener el orden cósmico del quinto sol.

Más de 50,000 mexicas murieron como consecuencia de la peste declarada al no haber tierra suficiente donde enterrar sus muertos y de disentería y otros 15,000 fueron ejecutados por los aliados indígenas, que así cobraban las afrentas sufridas.

La noticia de la caída de México-Tenochtitlán sacudió a todo el mundo indígena, trayendo una cadena de rendiciones y vasallajes hacía los conquistadores.



Sometimiento y explotación de la población indígena


Al final, incluso los pueblos aliados de los españoles fueron vistos como vencidos y sometidos a grandes tributos.

Si bien los primeros conquistadores españoles se maravillaron con la ciudad de México-Tenochtitlán, a la que compararon con Venecia; con el zoológico de Moctezuma Xocoyotzin, con el gran mercado de Tlatelolco, con la civilidad de los mexicas y su organización; los que arribaron con posterioridad negaron incluso la falta de razón a los indígenas con tal de esclavizarlos. Así lo narra Bernal Díaz del Castillo: <<…y como en aquel tiempo vinieron de Castilla y de las islas muchos españoles pobres y de gran codicia, y caninos y hambrientos por haber de riquezas y esclavos, tenían tales maneras que se erraban los libres…>> [4]

<<A ocho años de la conquista, 1529, el primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga confirmó esto y se lo informó al rey emperador Carlos V; con lujo de detalles, le decía: “innumerables indios que los hacen trabajar como esclavos sin perdonarles fiestas ni darles un puño de maíz que coman, haciéndoles traer todos los materiales acuestas y comprarlos por sus propias haciendas”. Fray Juan de Zumárraga cuenta más de 20 cargas de navíos, repletas de esclavos indígenas. A tal punto estaba la situación que los mismos indígenas procuraron además de huir a los montes, no tener más hijos, como lo siguió informando Zumárraga, el obispo “los indios naturales de ella se han propuesto y tomado por mejor remedio y así está mandado entre ellos por sus mayores que despueblen sus pueblos y casas y se vayan a los montes y que ninguno tenga participación con su mujer por no hacer generación que a sus ojos hagan esclavos” […]

Lo peor estaba ocurriendo: el suicidio. Los esclavistas ya habían tenido experiencia de que su “mercancía” se suicidaba, por lo que al embarcar a los indígenas para ser esclavos en las islas se les ataba al mástil, para evitar mermas a su comercio, fray Juan de Zumárraga denunció este crimen: “aquellos pobres indios, vasallos de Vuestra Majestad que de la tierra han sacado […] se han ahogado, y así lo hicieran todos si no los guardasen, velasen y aprisionasen los españoles porque no se matasen.>>[5]

La población indígena estaba siendo diezmada rápidamente, ya que de 25 millones que había al momento del arribo de los españoles, para ésta época llegaban a ser cerca de 17 millones.

<<Para el indígena el mundo, su mundo, se desplomaba delante de sus propios ojos, todo se derrumbaba; todo se hacía nada. Los indígenas eran testigos de que sus dioses en nada habían valido, ¿dónde estaban, en dónde se encontraban ahora que tanto los necesitaban? ¿Dónde estaba el enérgico y recio Huitzilopochctli que tantos sacrificios humanos exigió a cada momento, dónde estaba aquél que era alimentado por los corazones y la sangre de sus hijos? ¿Dónde estaba aquél dios que supuestamente los guiaba con brazo cósmico? Entonces era cierto, luego era verdad, los dioses también habían muerto.

Uno de los claros signos del estado de trauma que sufría el pueblo indígena fue la embriaguez […]. Ante los hechos una asombrado Motolinia declaraba como los indios “no querían entender otra cosa sino en darse a vicios y pecados” […] “Parece que el demonio a río revuelto introdujo las beoderas y se tomó licencia general que todos pudieran beber hasta caer, y los hombres volverse como brutos, de manera que como cesó la autoridad y poder de los jueces naturales para ejecutar sus oficios, cada uno tuvo licencia de hacer lo que quiso y de irse tras su sensualidad. No iba a ser fácil dignificar a este ser humano abatido, destruido, desmoronado, ante la catástrofe no sólo cultural sino esencialmente religiosa en la que había puesto toda su confianza y era la razón y el sentido de toda su existencia […]

Otro problema y grave trauma fue el mestizaje; al inicio los indígenas entregaban a sus hijas y hermanas a los “dioses” españoles, pero al final, tampoco ellos amaban a los engendrado pues era producto de violación. Los españoles, aunque embarazaron a infinidad de muchachas indias, simplemente ignoraron a sus propios descendientes. Condenándolos a ser parias, dolorosamente inadecuados y rechazados por los dos mundos que les habían dado el ser.>>[6]



La casi imposible evangelización



Con Cortés, habían venido únicamente el sacerdote Juan Díaz y el mercedario Bartolomé Olmedo. En mayo de 1524 arribaron los doce primeros «Franciscanos de la Observancia». Una corazonada del Ministro General de la Orden franciscana, Francisco de Quiñones, asumida por el mismo Romano Pontífice, en 1524, le impulsó a enviar a Indias «un prelado con doce compañeros, porque éste fue el número que Cristo tomó de su compañía para hacer la conversión del mundo» entre ellos se encontraba Toribio de Benavente, que sería conocido como “Motolinia” (pobre), aunque el calificativo se aplicaba a los doce misioneros.

<<Para Hernán Cortés era importante llamar a más religiosos para la evangelización de los nuevos pueblos, ya que desde su “carta de Relación” del 15 de octubre de 1524, había pedido que enviara religiosos y que no enviara obispos del clero diocesano pues, a éstos les gustaba sólo la pompa y el formalismo, y no eran los mejores modelos cristianos>>[7]

Hay que reconocer que España envió al Nuevo Mundo lo mejor que tenía en materia religiosa, es decir, no envió al clero diocesano, sino a predicadores de las dos órdenes religiosas recientemente creadas que buscaban la reforma de la iglesia Católica. Franciscanos y dominicos, en número de 12 por cada una. Los dominicos arribarían en 1526. Sin embargo existía el problema del desconocimiento de la lengua náhuatl y la diversidad de lenguas y dialectos existentes, además de la vastedad del territorio y lo numeroso de la población indígena. No obstante, se repartían animosamente los pueblos, tan distantes que su labor era extenuante. Para 1531 había ya cerca de cuarenta evangelizadores, que obviamente eran insuficientes.

El primer obispo y arzobispo de México, fue el fraile franciscano Juan de Zumárraga, de origen vasco. Conoció en 1927 a Carlos V, en una visita que este hizo al convento de Abrojo y en dónde el emperador quedo impresionado por la pobreza e intelectualidad del guardián del convento, por lo que al requerirse un obispo para la gran ciudad de México, presentó como obispo a Zumárraga, precisamente un 12 de diciembre de 1527, ¿acaso un presagio del acontecomiento guadalupano?


La Primera Audiencia



Como Cortés se dedicó a explorar y conquistar nuevos territorios, nombró gobiernos provisionales que fueron nefastos, por lo que en España se designó una Audiencia presidida por Nuño de Guzmán y cinco oidores, para gobernar la Nueva España.

Coincidentemente con los oidores, se embarcó fray Juan de Zumárraga, en el puerto de Sevilla en agosto de 1528, arribando a costas mexicanas el 6 de diciembre de 1528. Zumárraga en ese momento era sólo obispo, pero necesitaba el reconocimiento papal que obtuvo de Clemente VII en 1530, aunque fue consagrado hasta 1933. Esta situación le restó en un principio autoridad muy necesaria, ya que a su cargo reunía el de “Protector de los indios”.

A fin de tener el control absoluto de la nueva colonia la Primera Audiencia se lanzó contra Cortés, levantándole todo tipo de acusaciones y apropiándose de sus bienes, pero como los misioneros y el nuevo obispo eran un obstáculo en sus desmedidas ambiciones, también contra ellos levantaron infundios y acusaciones ante la Corona.

Además pretendieron convencer al rey de que los indígenas eran “gentes sin razón”, seres bárbaros y sin alma.


Zumárraga inició el ejercicio de su ministerio, reuniendo a los indígenas, diciéndoles que el rey lo había nombrado su protector, por lo que castigaría a quienes les hicieran daño. Esto le ocasionó una fuerte amonestación por parte de la Audiencia que le recordó que sólo era obispo postulado, que a los indios sólo les diera la doctrina, que no se metiera a protector y que si algún indio se quejaba sería ahorcado. La audiencia también acosaba y amenazaba a los franciscanos. En una celebración presidida por el obispo de Tlaxcala, fray Antonio Ortiz fue agredido por gente de Guzmán, cuando lo increpaba por ultrajes a la Iglesia. Era común que fueran raptadas las doncellas que buscaban refugio en los templos.


La primera suspensión de cultos en México


La falta de respeto contra el asilo en los templos fue la gota que derramó el vaso: estando en custodia (por defender a Cortés en su juicio de residencia), en el convento de San Francisco, Cristóbal de Angulo, clérigo de la Corona y García de Llerena, criado de Cortés, la noche del 4 de marzo de 1530 fueron sacados con violencia, procediéndose a atormentarlos. Los obispos de México y Tlaxcala se organizaron con sus comunidades de franciscanos y dominicos para realizar una procesión de silencio con cruces enlutadas pidiendo el regreso de los reos. El oidor Delgadillo con lanza en mano arremetió contra la procesión y la lanzó contra Zumárraga. La lanza le pasó por debajo del brazo.

El Obispo Zumárraga, ante la actitud de los oidores, los puso "en entredicho" y amenazó con extenderla a la ciudad y decretar la "cesación a divinis", sin embargo al día siguiente procedieron a ahorcar y descuartizar a Angulo y a Llerena le dieron 100 azotes y le cortaron un pie. Zumárraga procedió a la 
"cesación a divinis" y excomulgó a los miembros de la Primera Audiencia. Los franciscanos que eran los más agraviados, decidieron salir de la Ciudad de México dirigiéndose a Texcoco “dejando el sagrario abierto los altares desnudos, el púlpito y bancos trastornados: en suma la iglesia yerma y despoblada.”[8]

Ante este panorama es que desesperado fray Juan de Zumárraga escribia a Carlos V: “Asimismo me parece es bien informar a Vuestra Serenísima Majestad de lo que a la fecha en ésta pasa, porque es cosa de tanta calidad, porque si Dios no provee con remedio de su mano está la tierra en punto de perderse totalmente, humanamente era ya imposible, sólo Dios podría saca adelante a esta nueva tierra.” [9]

Los comunicados del valiente obispo Zumárraga, el buen juicio del rey y del Consejo de Indias llevaron a la disolución de la Primera Audiencia, nombrándose una Segunda Audiencia conforme a cédula real fechada el 12 de enero de 1530. Ésta estaba formada por hombres honestos honorables y competentes como eran el obispo Sebastián Ramírez de Fuenleal, Francisco Ceinos, Alonso de Maldonado y Vasco de Quiroga como oidores. No obstante los nuevos oidores arribaron hasta enero de 1531.



La respuesta de diciembre de 1531


Es en el período de Adviento, es decir, de preparación de la venida de Jesucristo, en el que su madre, María, nombre judío que une al árabe de Guadalupe, se aparece preñada –único caso de aparición de la Virgen esperando a su hijo-, que no se da en otras apariciones y vestida con el manto color turquesa propio de un rey o emperador, habla en náhuatl, al macehual Juan Diego y le deja gravada su imagen en su tilma, imagen que es un perfecto códice, el cual los pobladores del Anáhuac fácilmente podían entender, y lo entendieron y lo difundieron, primeramente el forma oral y después tal vez en forma de códices ya que no les era fácil hacer una pintura al estilo europeo.

Que la población indígena encontró una nueva razón de vivir, un nuevo sentido a su vida, es un hecho. Se estima que las conversiones al cristianismo fueron de ocho a nueve millones en tan sólo siete años. Los frailes no se darían abasto para bautizar a tantos indígenas que querían abrazar el cristianismo.

En la siguiente década la población indígena empezaría nuevamente a aumentar, y los mestizos empezarían a ser aceptados, constituyendo la base de una nueva nación.

<<Entre el 29 de mayo y el 2 de junio de 1537 el papa Paulo III dio tres documentos históricos, mismos que hizo entrega al dominico fray Bernardino Minaya que los había gestionado. El primero es conocido como «Pastorale Officium» (29-V-1537) y está dirigido al cardenal Juan Pardo de Tavera, arzobispo de Toledo, nombrándolo ejecutor de la encíclica «Sublimis Deus» (tercer documento), esto es, para que impidiera la violación de los derechos fundamentales de los indios. El segundo documento es la bula general u orden formal, llamada «Altitudo divino consillii» (La profundidad del plan divino) (1-VI-1537), que se trata de una constitución pastoral, decretándose la admisión del indio al bautismo y al matrimonio cristiano, y que regulará a la nueva Iglesia indiana. Finalmente, el 2 de junio de 1537 se promulgó la encíclica «Sublimis Deus», verdadera Carta Magna de los indios.

Este documento declara: "conociendo que aquestos mesmos indios, como verdaderos hombres... determinamos y declaramos que los dichos indios y todas las demás gentes que de aquí adelante vinieren a noticia de los cristianos, aunque estén fuera de la fe de Cristo, no están privados ni deben serlo de su libertad ni del dominio de sus bienes, y que no deben ser reducidos a servidumbre...".>>[10]


“Non fecit taliter omni nationi”


El 25 de mayo de 1754, el Papa Benedicto XIV después de contemplar extasiado una copia auténtica de la Guadalupana, pintada por Don Miguel Cabrera,luego de examinarla con atención, con lágrimas en los ojos pronunció una frase del salmo 147, 20 que se ha perennizado: “non fecit taliter omni nationi” "no hizo cosa igual con otra nación".



[1] Eduardo Chávez Sánchez, La Verdad de Guadalupe, Litográfica FCA, S,A. de C.V., 3ª.edición, México, 2012
[2] Miguel león Portilla, Visión de los vencidos, UNAM, México, 1982
[3] Miguel león Portilla, op.cit.
[4] Bernal Díaz del Castillo, Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, Ed.Porrúa, México, 1999
[5] Eduardo Chávez Sánchez, op.cit.
[6] Eduardo Chávez Sánchez, op.cit.
[7] Eduardo Chávez Sánchez, op.cit.

[8] Joaquín García Icazbalceta, Don Fray Juan de Zumárraga primer Obispo y Arzobispo de México, Ed.Espasa Calpe, México, 1952 
[9] Carta de fray Juan de Zumárraga al Rey de España, en Eduardo Chávez Sánchez, op.cit.
[10] Jesús Antonio de la Torre Rangel, El Reconocimiento del "Otro": Raíz de una Concepción Integral e Histórica de los Derechos Humanos, Revista Vínculo Jurídico N° 18, abril, 1994 


Jorge Pérez Uribe