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viernes, 1 de abril de 2016

El CONCEPTO DE ENFERMEDAD ANTES Y DESPUÉS DE LA CONQUISTA (CONTINUACIÓN)

(SEGUNDA PARTE)





Por Ruy Pérez Tamayo*


III. CONCEPTOS EUROPEOS DE ENFERMEDAD A FINES DEL SIGLO XV


Cuando Cristóbal Colón llegó a tierras de América, y lo mismo cuando 27 años más tarde Hernán cortés y sus huestes desembarcaron en las playas de México, la medicina europea llevaba ya cerca de 14 siglos sometida a una idea monolítica sobre la enfermedad. Este concepto conocido como la teoría humoral, surgió en el siglo V a. C. con Empédocles, uno de los filósofos presocráticos, quién postuló que el Universo (y por tanto también el hombre) está formado por cuatro elementos o sustancias: fuego, aire, tierra y agua. El siguiente paso lo dio otro filósofo griego de la misma época, Alcmeón de Crotona, quien sugirió que la salud es el equilibrio o isonomia de los componentes del cuerpo humano, mientras la enfermedad es consecuencia del desequilibrio o predominio (monarquía) de uno de ellos sobre los demás. La combinación de estas dos ideas es lo que se conoce como la teoría humoral de la enfermedad.[12]

El equilibrio de los humores no fue concebido como un balance puramente cuantitativo, en vista de que cada uno de los humores tenía otras propiedades cuyo equilibrio cualitativo era indispensable para conservar la salud; por ejemplo, la sangre era caliente y húmeda, la bilis amarilla era también caliente pero seca, la bilis negra era seca y fría, y el agua era fría y húmeda. A través del tiempo las propiedades de cada uno de los cuatro humores básicos se fueron modificando y las relaciones entre ellos se hicieron más complejas. Sin embargo el esquema general conservó su estructura lógica: cuando un cierto humor disminuía en su concentración, los síntomas del paciente correspondían a la ausencia de algo: sensación de vacío, mareo y pérdida de peso, en cambio el exceso o acumulación de cualquiera de los humores producía dolor y congestión. Además la teoría humoral también postulaba la existencia de un “calor interno”, localizado en el ventrículo izquierdo del corazón; este calor servía para derivar los cuatro humores de los alimentos, para mantenerlos en movimiento, para mezclarlos y conservar un equilibrio adecuado entre ellos. Con estos elementos los médicos hipocráticos tejieron una malla muy compleja de explicaciones para distintas enfermedades, pero siempre terminaban proponiendo tres tipos generales de tratamiento: sangría, purga y dieta. La sangría tenía como meta eliminar el humor que se encontraba en exceso o que había cambiado sus propiedades de manera anormal; la purga era para completar la eliminación del humor excesivo o alterado, y la dieta era para evitar que a partir de los alimentos se volviera a formar el humor responsable del desequilibrio.

La teoría humoral de la enfermedad fue acuñada en la edad de Oro de Grecia (siglo V a.C.), sobrevivió con mínimas alteraciones el ocaso del mundo helénico (siglo I a.C.), la emergencia, zenith y derrumbe del Imperio Romano (siglo I-III d. C.), las vicisitudes del Imperio Bizantino (siglos III-VI d. C.), la dolorosa y prolongada oscuridad de la edad media (siglos VI-XIII) y todavía reinaba en los albores del Renacimiento (siglos XIII a XV). A principios de la era Cristiana fue recogida y elaborada por Galeno de Pérgamo, quien se transformó en la figura médica principal durante los 14 siglos siguientes. Esto se debió en parte a la indudable maestría de sus numerosos escritos, pero también en parte a que la ortodoxia eclesiástica identificó en ciertos textos de galeno un atractivo monoteísmo (e ignoró otros que eran claramente paganos), lo que junto con su postura autoritaria e intransigente hizo fácil su adopción oficial y la exclusión de todas las otras teorías sobre la enfermedad.[13]

La teoría humoral tenía varias virtudes, pero quizás la más sobresaliente era que no juzgaba la causa o etiología de la enfermedad, sino que más bien se refería al mecanismo o patogenia del proceso morboso; de esa manera dejaba el campo libre a cualquiera otro concepto o idea que pretendiera funcionar como causa del padecimiento. Este vacío fue llenado por el concepto religioso de enfermedad, que creció en importancia desde los principios del cristianismo y a lo largo de toda la Edad Media: de acuerdo con este concepto, la enfermedad es enviada por Dios como castigo a la conducta del hombre, por sus pecados y su incumplimiento de las leyes divinas. Durante las grandes epidemias de peste bubónica en los siglos XII y XV en Europa, las catedrales se llenaban de fieles que iban a suplicar piedad y perdón a Dios, para que suspendiera su horrendo castigo (incidentalmente estas aglomeraciones favorecían todavía más el contagio y la diseminación del padecimiento). Otro ejemplo son las peregrinaciones a Santiago de Compostela, realizadas durante gran parte de la Edad Media y hasta mucho tiempo después, por enfermos y tullidos de toda Europa, que iban a postrarse a los pies del santo y a suplicarle que les devolviera la salud.

A fines del siglo XV y principios del siglo XVI en todos los países católicos de Europa (que eran la gran mayoría) el pensamiento médico general sobre la enfermedad era una combinación del concepto religioso y de la teoría humoral. En España, que entonces era el país más católico de todos, que en el mismo año en que Cristóbal Colón llego a América había expulsado a los judíos sefarditas de su recién reconquistado territorio, y que muy poco tiempo después crearía la santa Inquisición y se convertiría en el líder indiscutible de la Contrarreforma, el concepto de enfermedad estaba profundamente arraigado, y con él la teoría humoral, que merecía la aprobación de la Santa madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

El humoralismo galénico llegó a América junto con los primeros médicos españoles, en vista de que formaba la parte central de la enseñanza de la medicina en las escuelas peninsulares de fines del siglo XV.[14] En 1578, en el segundo libro de medicina publicado en América y primero en español (el primero lo publicó en latín el Dr. Francisco Bravo, en 1570, titulado “Suma y Recopilación de Cirugía con un arte para sangrar muy útil y provechosa”, Alonso López de Hinojosos presenta un resumen de sus conocimientos sobre los humores, que ilustra muy bien las ideas medievales sobre el tema:


  • La sangre es un humor caliente y húmedo de la más templada parte del quilo engendrada y en su color pura y de color colorada.
  • Cólera es un humor caliente y seco de la más templada parte del quilo engendrada y es de color cítrico tirante al amarillo.
  • Flema natural es un humor frío y húmedo de la menos cocida parte del quilo engendrado, y es de color blanco y sin sabor alguno.
  • Melancolía es un humor frío y seco de la más gruesa parte del quilo engendrado, de color es algo morado y oscuro, o como ollín…
Las semejanzas que estos cuatro humores tienen con los cuatro elementos son éstas: la sangre tiene su semejanza al aire, el cual es caliente y húmedo: la cólera es semejante al fuego, el cual es caliente y seco. La flema al agua, la cual es fría y húmeda y la melancolía se compara a la tierra, la cual es fría y seca…[15]

En el mismo volumen en la discusión de pestilencia o cocolistle, Alonso López de Hinojosos suscribe el concepto religioso de enfermedad de la manera siguiente:

Para que conociésemos que no era la causa de esta enfermedad la conjunción de las estrellas como los astrólogos dijeron, ni corrupción de los elementos como los médicos pensaron, sino que era propia voluntad de Dios, para que más claro lo viésemos ordenó Dios que en tiempo blando que no teníamos sospecha de corrupción de elementos porque llovía cada día, no hacía frío ni calor en un día que anochecía y amanecía lloviendo, en ese propio tiempo se murieron muchos negros e indios chichimecos, que quedó México y las minas y toda la Nueva España casi sin servicio.[16]




IV. CONCEPTOS DE ENFERMEDAD EN LA NUEVA ESPAÑA A PRINCIPIOS DEL SIGLO XVI





Hasta aquí hemos visto que, en la víspera de la conquista, los conceptos de enfermedad mesoamericano y español no eran muy diferentes: ambos eran mágico-religiosos, ambos concebían a las enfermedades como castigos divinos enviados para expiar culpas y pecados, ambos aceptaban que el destino del hombre estaba regido por los astros, y aunque cada uno tenía ideas distintas acerca de los mecanismos por los que se producían los padecimientos (introducción de objetos o pérdida del alma, los mesoamericanos, versus desequilibrio de los humores, los españoles), los dos eran iguales en la falta completa de relación de tales ideas con la realidad . Si acaso, la medicina indígena era un poco más compleja que la europea, gracias a la gran riqueza de su herbolaria, aunque en este renglón los españoles contaban con Dioscórides y con Galeno. las diferencias entre los dos conceptos de enfermedad eran más bien de nomenclatura y de detalle: los dioses respectivos tenían nombres funciones y mitologías diferentes, muchos de los pecados y varias de las violaciones a las reglas morales y religiosas eran de distintos tipos, algunos de los ritos propiciatorios para apaciguar a los dioses ofendidos eran muy diferentes, y ciertos procedimientos terapéuticos utilizados por los ticitl se apartaban por completo de los tratamientos favorecidos por los médicos europeos. Sin embargo, también en los detalles de la práctica médica había paralelismo entre los mesoamericanos y los españoles, como los rezos y los encantamientos, la quema de copal u del incienso, la confesión y las promesas de enmienda, el uso de purgantes y sangrías, los baños de vapor (el temazcal de los nahuas no era muy distinto a la famosa cura “española” de la sífilis), el uso sistemático de terapia múltiple, así como la cirugía traumatológica y de las heridas de guerra, que eran muy semejantes. Por lo tanto, no debe sorprender que durante la conquista y hasta algún tiempo después los españoles, que no tenían médicos o barberos suficientes para su atención, aceptaron y hasta prefirieron los cuidados y siguieron los tratamientos que les indicaban los ticitl nahuas.

Con la llegada de los evangelizadores y de más médicos y cirujanos españoles se inició la supresión de la medicina mesoamericana y su sustitución por la española: desde luego se proscribió, bajo las penas más severas, la práctica de las idolatrías, o sea que se sustituyeron los dioses nahuas por el Dios de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, junto con la Virgen María y todos los santos. la causa de la enfermedad siguió siendo el enojo divino por el comportamiento inmoral o sacrílego de los hombres, pero ahora ya no eran Tezcatlipoca, Tláloc, XipeTotec, Xochipilli o las Cihuateteo los dioses ofendidos, sino Dios Nuestro Señor, el Espíritu Santo, Jesús, la Virgen, el Santo Niño y otros santos más. También se prohibió la hechicería, no porque fuera ineficiente (desde luego no lo era), sino todo lo contrario, basada como estaba en la psicoterapia más efectiva) sino porque se consideró como conectada con el demonio. Junto con sus dioses y sus hechiceros, los indios también perdieron gran parte de sus recursos terapéuticos rituales, que fueron sustituidos por los correspondientes españoles, pero conservaron su herbolaria, la cual fue adoptada casi en su totalidad por los españoles.



El resultado del intento de eliminar la medicina mesoamericana y de reemplazarla por la española fue doble: por un lado, y gracias a las grandes similitudes de concepto y de estructura básica entre los dos sistemas médicos en pugna, en apariencia los indígenas aceptaron el cambio de forma y adoptaron la nomenclatura y los rituales del conquistador, que en el fondo no eran tan diferentes de los suyos, pero por el otro lado, de manera encubierta y subversiva, continuaron practicando su antigua medicina mágico-religiosa en todos sus detalles, lo que dio origen a lo que hoy se conoce como medicina “tradicional”. Además la propia medicina europea sufrió lo que se ha llamado aculturación inversa, al incorporar muchas plantas, algunos animales y hasta piedras en sus tratamientos, como puede verse en las obras de Agustín Farfán (1579), de Juan de Barros (1607), de Gregorio López (1672), de fray Agustín de Vetancurt (1698), de Juan de Esteyneffer (1712) y de otros más[17].


V. MEDICINA TRADICIONAL Y MEDICINA CIENTÍFICA EN MÉXICO


Como hace 500 años, hoy también coexisten en México dos medicinas, heredadas de la mesoamericana y de la europea, que se encontraron por primera vez cuando los dos mundos se descubrieron mutuamente. Sin embargo, en los cinco siglos transcurridos desde entonces, los conceptos de enfermedad que inicialmente se enfrentaron, y que como hemos visto no eran en esencia muy diferentes, se han ido transformando progresivamente. La medicina indígena, que como consecuencia de su mestizaje incorporó muchos elementos de la medicina europea del siglo XVI, es la que ha cambiado menos, aunque la modernización general de la vida, los medios de comunicación, la movilidad social, la educación y la difusión de los productos farmacéuticos han dejado su huella. De todos modos, conserva su rico y extenso patrimonio de plantas, animales y minerales que usa en sus tratamientos, junto con antiguas indicaciones y recetas para prepararlos y administrarlos; también persisten los curanderos, yerberos, comadronas y otros personajes más, que son los encargados de diagnosticar, de recetar y aplicar los tratamientos y que gozan del respeto de la comunidad, junto con los brujos o hechiceros, que son capaces de causar padecimientos, accidentes o problemas sociales y económicos, y que, si no son respetados, si son temidos por el grupo con el que conviven (es frecuente que el curandero también pueda actuar como brujo y viceversa); el concepto de enfermedad sigue siendo mágico-religiosos y el sujeto afectado sufre su padecimiento como un castigo divino, aunque los antiguos dioses mesoamericanos han casi desaparecido y el panteón teológico es el de la Iglesia católica; también se conservan los mecanismo de producción de los síntomas o las enfermedades, como introducción de objetos, pérdida del alma, el mal aire, la ingestión de alimentos “calientes”, y otros más.[18]

En cambio la medicina europea del siglo XVI, que también se transformó con el mestizaje incorporando sobre todo elementos de la terapéutica herbolaria indígena, ha cambiado radicalmente y ya no se parece prácticamente en nada a lo que era hace cinco siglos. El factor más importante en este cambio fue el desarrollo de la ciencia y la tecnología a partir del renacimiento. La medicina se hizo científica en forma progresiva, pero su transformación se aceleró a partir de la publicación del libro de Vesalio, De humani corpori fabrica, en 1543, y del libro de Harvey, De motu cordis, en 1628. Estos libros inauguraron un nuevo espíritu dentro de la medicina: la necesidad de plantear e intentar resolver los problemas de las enfermedades y sus tratamientos dentro del mundo de la naturaleza y con apego al método experimental. También la ciencia en general se apartó poco a poco de las explicaciones teológicas, hasta que en 1859 Darwin publicó su Origen de las especies, con lo que la separación fue completa.[19] Al desaparecer el mundo sobrenatural de la medicina también se eliminó la idea del pecado o de culpa como causa de las enfermedades, con lo que los padecimientos pasaron a ser fenómenos naturales y morales neutros (aunque todavía quedan resabios de los viejos tiempos, como cuando se señala que el sida es un “castigo de Dios”.) El mismo rigor científico se aplicó al análisis de los tratamientos, con lo que muchos de ellos, que habían sido utilizados por los siglos, se descartaron cuando se demostró o que no servían para nada, o que causaban tanto o más daño que la misma enfermedad; un ejemplo muy conocido de esto fue la impecable demostración estadística (le méthode numérique) por Louis, en el primer tercio del siglo XIX, de que las sangrías eran inútiles o hasta peligrosas en el tratamiento de las neumonías.[20] De modo que en la introducción del espíritu científico en la medicina esta ciencia sufrió una transformación profunda, que la hizo radicalmente distinta de lo que era antes en Europa, cuando por primera vez se encontró con la medicina mesoamericana.

Aunque la medicina “tradicional” y la medicina “científica” difieren hoy en muchos aspectos, como el concepto de enfermedad, la naturaleza moral de los padecimientos, los criterios diagnósticos y de tratamiento, hay algo que siguen conservando en común, no sólo entre sí sino con todos los otros sistemas médicos con los que coexisten, como la homeopatía, la “ciencia cristiana”, la “medicina espiritualista”, la osteopatía y otras más. Todas las medicinas coinciden hoy, como lo han hecho siempre, en que la relación médico: paciente más efectiva es aquella en que ambos comparten las mismas creencias sobre lo que son las enfermedades y sobre la eficiencia de sus tratamientos, cualquiera que estos sean, y esas creencias son también aceptadas por el núcleo familiar y social en que se da consulta. El elemento psicosomático positivo implícito en una relación basada en la confianza dada por la comunidad de ideas y costumbres tiene una puerta terapéutica enorme; de hecho, es muchas veces la única explicación que existe para la mejoría o hasta la curación de ciertos pacientes a los que ni las yerbas tradicionales, ni las medicinas de patente moderna les sirven para nada.[21]

Médico patólogo e inmunólogo, investigador, divulgador de la ciencia y académico mexicano.


Notas:

[12] Pérez Tamayo, R.: La teoría humoral de la enfermedad, en El Concepto de Enfermedad. México, UNAM, CONACyT y Fondo de Cultura Económica, 1988, tomo I, pp. 93-151
[13] Magno, G.. Galen-and into the night, en The Healing Hand. Man and Wound in the Ancient World. Cambridge, Harvard University Press, 1975, pp. 396-422
[14] Somolinos d Árdois, G.: El fenómeno de fusión cultural y su trascendencia médica, en nota 2, 1979, pp. 99-173.
[15] López de Hinojosos A.: Suma y Recopilación de Cirugía con un arte para sangrar muy útil y provechosa. México, Acad.Nac.de Medicina, 1977, 3ª.ed., pp. 96-97.
[16] Nota 15, p. 210.

[17] Comas J.: La influencia indígena en la medicina hipocrática en la Nueva España. Amer. Indig. 14: 327-361, 1954. Del mismo autor, ver también. Un caso de aculturación farmacológica en la Nueva España del S.XVI: el “Tesoro de Medicinas” de Gregorio López. An Antropol. 1:147-173, 1964. La medicina aborigen mexicana en la obra de Fr. Agustín de Vetancurt. An Antropol. 5: 129-162, 1968. Influencias de la farmacopea y terapéutica indígena de la Nueva España en la obra de Juan Barrios. An Antropol. 7:125-150, 1971.
[18] Anzures y Bolaños, M. C.: La medicina tradicional hoy: sincretismos y conflictos, en La Medicina Tradicional en México, México, UNAM, 1989, 2ª. ed.
[19] Mayr, E.: One Long Argument. Charles Darwin and the Genesis of Modern Evolucionary Thought. Cambridge, Harvard University Press, 1991, passim.
[20] Pérez Tamayo, R.: ¿Qué es y en dónde está la enfermedad?, en nota 15, Tomo II, pp. 57-139
[21] Pérez Tamayo, R.: La medicina alopática y las otras medicinas, en Notas Sobre la Ignorancia Médica y Otros Ensayos. México, El colegio nacional, 1991, 99.225-235. 






Fuente: Raíces Indígenas Presencia Hispánica, Editor Miguel León Portilla, El Colegio Nacional, México, 1993.


jueves, 25 de febrero de 2016

El CONCEPTO DE ENFERMEDAD ANTES Y DESPUÉS DE LA CONQUISTA

(PRIMERA PARTE)




Por Ruy Pérez Tamayo*



I. INTRODUCCIÓN


Hace 500 años, dos mundos se descubrieron mutuamente. Uno de ellos cruzó el océano buscando otra cosa y al toparse con tierra y hombres creyó haberla encontrado; el otro vio en los recién llegados el cumplimiento de una antigua profecía que anunciaba el regreso de un dios. Ambos mundos estaban equivocados, pero desde ese momento dejaron de funcionar como entidades separadas y extrañas y se ocuparon en transformarse en lo que siempre habían sido sin saberlo: un solo mundo. La integración de las dos culturas, la europea y la mesoamericana, fue un episodio aterrador, violento y destructivo, que terminó con la imposición de la primera sobre las ruinas de la segunda y el surgimiento de la Nueva España. Pero aunque casi todos los componentes de la cultura mesoamericana fueron obliterados (ciudad, templos, dioses, estructura política y social) persistieron los hombres mesoamericanos y con ellos muchas de sus tradiciones, aunque más o menos escondidas para evitar castigos y represalias. Uno de los elementos de la cultura mesoamericana que más llamó la atención de los conquistadores fue la medicina, al grado que García Icazbalceta nos recuerda:
…apenas hecha la conquista pedía cortés al emperador, en 1552, que no permitiera pasar médicos a la Nueva España, lo cual da a entender que tenía por suficientes a los del país.[1]

Los indios mesoamericanos habían desarrollado un sistema médico complejo profundamente arraigado en su cosmovisión, sus creencias religiosas y observaciones empíricas y tradicionales. Por su parte, los españoles traían su propio bagaje de medicina europea, caracterizada en estos tiempos por el humoralismo galénico. El enfrentamiento entre estas dos formas de concebir a la enfermedad y de tratar a los pacientes dio como resultado la transformación de ambas, otra vez con predominio final de la mayor parte del sistema europeo, aunque la medicina mesoamericana no desapareció por completo sino se conservó en parte en los pueblos indígenas: esa es la historia a la que dedico estas líneas, pero como contarla toda y con detalles rebasaría con mucho el espacio que tengo asignado, sólo voy a referirme a los conceptos de enfermedad en ambos mundos en la víspera de la conquista y en los primeros años de la Nueva España. Al final agregaré un breve comentario sobre la medicina tradicional y la medicina científica en el mundo de hoy.


II. CONCEPTOS MESOAMERICANOS DE ENFERMEDAD A FINES DEL SIGLO XV


En los umbrales de la conquista, el concepto de enfermedad de los indígenas mesoamericanos era esencialmente religioso, aunque también contenía elementos mágicos. Además entre las diversas medidas terapéuticas que empleaban en el manejo de los pacientes había varias (como la herbolaria o la cirugía) que tenían una clara base empírica.[2] Dada esta estructura, la medicina mesoamericana corresponde a la categoría de “arcaica” o “primitiva”, que es como se conocen las medicinas de los pueblos o culturas que no han alcanzado un alto nivel de desarrollo.[3] Sin embargo, bastan los conocimientos más rudimentarios de las civilizaciones mesoamericanas y del Perú para no cometer la barbaridad de considerarlas como primitivas. Las culturas nahua, maya e inca poseían un nivel de complejidad comparable, sino es que superior, al de la civilización europea contemporánea: sus guerras eran igualmente salvajes, sus reyes y príncipes tenían las mismas ambiciones insaciables de riqueza y poder, su religión era igualmente autoritaria y dogmática, y sus pueblos padecían esas y otras calamidades más con estoicismo y resignación. ¿Por qué entonces, se insiste en que la medicina de los mesoamericanos era “primitiva”? ¿Puede un pueblo poseer una civilización avanzada y compleja, y al mismo tiempo tener una medicina “primitiva”? La respuesta es sí, porque depende de cómo se define el término en cuestión. “Primitivo” no quiere decir simple o precientífico; de acuerdo con Ackernecht:

El aspecto más característico de la medicina primitiva es que se basa casi por completo en representaciones mágico-religiosas o “sobrenaturales”… Las explicaciones causales de la enfermedad son principalmente mágico-religiosas en la mayor parte de las sociedades primitivas. En este contexto, es de importancia secundaria si los poderes que envían la enfermedad son espíritus, dioses o fantasmas, si han sido provocados por un pecado del paciente, o si éste cree que ha sido agredido por un hechicero, que actúa por introducción de un objeto extraño en su cuerpo, o de espíritu, o por pérdida del alma.


Una vez que han explicado la enfermedad en términos mágicos-religiosos, y siendo muy lógicos, los hombres primitivos tendrán que basarse para el diagnóstico no en la mera observación, sino otra vez en prácticas mágico-religiosas como trances, sueños, contemplación de cristales, arrojar huesos, etc. Por la misma razón el tratamiento consiste primariamente en rezos, encantamientos o exorcismos, que pueden combinarse con drogas o fisioterapia. Nosotros podemos distinguir entre estos elementos en el ritual terapéutico; los hombres primitivos no lo hacen. Para ellos todos son de la clase mágico-religiosa.[4]

Éste es, pues, el sentido en que se entiende que civilizaciones tan desarrolladas y tan complejas como la náhuatl, la maya o la inca, hayan tenido medicinas “primitivas”. En lo que sigue el amable lector verá que el concepto de enfermedad de los pobladores mesoamericanos no tenía nada de simple, sino que se encontraba íntimamente relacionado con la totalidad de su cosmovisión y era congruente con ella.[5]

A. Náhuatl

Los nahuas atribuían el origen del hombre a varios mitos, todos ellos relacionados con sus dioses. Para explicar la amplia variedad fenotípica humana, los nahuas echaban mano del mito de la Creación de de la Quinta generación: el Dios Quetzalcóatl bajó al Reino de los Muertos a buscar huesos humanos para construir a los hombres y en cuanto los tuvo en su poder huyó corriendo para escapar de los dominios del Dios Mictlantecuthtli; sin embargo, éste era muy astuto y envió a unas codornices a que impidieran la huida de Quetzalcóatl. Las aves le cerraron el camino, el dios fugitivo tropezó con ellas y cayó al suelo, soltando al mismo tiempo los huesos que se rompieron en fragmentos de distintos tamaños. De todos modos, Quetzalcóatl juntó los huesos y derramo sobre ellos su propia sangre, extraída de sus órganos genitales, con lo que los huesos se cubrieron de músculos, después aparecieron las cavidades y los órganos. y finalmente se formaron los hombres y las mujeres del Quinto Sol, de distintas estaturas como consecuencia del accidente mencionado.[6] En este mito Quetzalcóatl no sólo hace a los hombres sino que usa su propia divina sangre para construirlos. En otro mito sobre el origen del hombre, el embarazo se consideraba como resultado de la voluntad del Dios Dual Señor-Señora, Omecihuatl-Ometecutli, que reinaba en lo más alto del Cielo 13, el más elevado de los que conformaban el cosmos náhuatl.

En los dos mitos anteriores el hombre debe su vida y su presencia en este mundo a la voluntad de los dioses, lo que le creaba no sólo una relación directa con ellos sino también una responsabilidad constante sobre su conducta moral y religiosa. Cuando se cometían faltas de distintos tipos que podían ser de comportamiento antisocial (robo, lesiones, asesinatos), o delitos sexuales (violación, adulterio, homosexualidad), o transgresiones a los mandamientos religiosos, los dioses enviaban sus castigos correspondientes en forma de desastres económicos, de problemas familiares, de enfermedades y de muerte. No había posibilidad alguna de pasar inadvertido o de escapar, los dioses estaban siempre presentes y tarde o temprano el culpable recibiría su castigo. Lo riguroso de este concepto religioso de vigilancia permanente ha hecho que algunos autores consideren al sistema médico mesoamericano como una de las fuerzas cohesivas más importantes de la sociedad náhuatl.[7]

El concepto de enfermedad como castigo divino por la violación de algún mandato divino o regla de conducta social era la idea central de la medicina mesoamericana. Loa nahuas tenían un gran número de dioses y muchos de ellos participaban de su patología; Tezcatlipoca o Titlacahuacan era el responsable de las enfermedades de la piel como sarna o impétigo, o de bubas, gota e hidropesía, Tláloc ocasionaba también gota o reumatismo, Xipe-Tótec enfermedades bulbosas o vesiculares, cataratas y otras dolencias oculares, Xochipilli era especialista en enfermedades venéreas y hemorroides, etc. El individuo afectado buscaba el auxilio del médico o ticitl para apaciguar al dios ofendido, lo que requería de confesiones, ofrendas, exorcismos y otras ceremonias. En ocasiones el enfermo era incapaz de recordar cómo o cuánto habría afrentado al diosa, causando su enojo; incluso requería al ticitl para que le ayudara a encontrar al dios que estaba molesto con él, porque no tenía conciencia de haber hecho nada ofensivo. Pero aún en estos casos, tanto el ticitl como el paciente y toda su familia, sus amigos y el resto de la comunidad estaban convencidos de que un dios estaba enojado por algo que el enfermo había hecho y que su padecimiento era consecuencia de su culpa, que la enfermedad era su castigo.[8]

Algunas enfermedades, sobre todo de los niños, también eran producidas por los dioses pero sin que fueran debidas a mala conducta o a pecados. Las mujeres muertas en su primer parto eran adoptadas por Cihuacóatl, diosa de la tierra y de la muerte, y se conocían como las Cihuateteo; regresaban a este mundo a espantar a los hombres en la encrucijada de los caminos y sobre todo a producir males en los niños, como parálisis facial, atrofia de miembros o epilepsia. Las más malignas de las Cihuateteo eran las más jóvenes que se ensañaban con los niños más hermosos “para robarles su belleza”. El Dios Tláloc podía causa la muerte no sólo como castigo sino también como recompensa a la buena conducta social y religiosa, o por la posesión de piedras preciosas; sus colaboradores los Tlaloque llevaban a los afortunados al paraíso del sur llamado Tlalocan, un jardín rico en verduras y flores, en donde disfrutaban de felicidad eterna. Ésta era la suerte de los ahogados y los fulminados por un rayo.[9]

En ciertos casos no eran los dioses sino los brujos o hechiceros los que causaban las enfermedades y la muerte. Aquí no se trataba de castigo divino sino de resentimiento, envidia u odio humano, que por medio de poderes sobrenaturales y con ciertos ritos lograba dañar a alguien. Se conocen pocos de estos ritos, pero en cambio se sabe que los brujos que causaban enfermedades eran los únicos que podían curarlas. También había consejas sobre la relación entre ciertas plantas y algunos padecimientos, como la flor de omixóchitl, que no debía de olerse, pisarse u orinar sobre ella porque salían hemorroides, o la flor cuetlaxóchitl, que en las mismas circunstancias producía trastornos ginecológicos. Ciertos animales se relacionaban con las enfermedades o la muerte, como el tecolote (“cuando el tecolote canta el indio muere”), o con el mundo de los muertos, como las arañas o los escorpiones.[10] El tonamalatl o libro de los destinos Humanos señala los días buenos y malos para los nacimientos, con frecuencia en relación con las enfermedades; por ejemplo, los nacidos en el día 1-venado son propensos a morir ahogados o fulminados por un rayo, y en ese día descienden las Cihuateteo a la tierra; los nacidos en el día 1-lluvia podrán ser hechiceros, transformarse en nahuales y causar enfermedades, sobre todo en el día 4-viento, etc. Por fortuna cuando el niño nacía en un día malo no todo estaba perdido, pues se podía mejorar su destino cambiando el día de su bautizo por otro de mejor suerte, que eran el 3 , el 7 y 10 del mismo signo; sin embargo, tal recurso no servía para nada cuando el nacimiento había ocurrido en el día 1-casa.[11]

Aunque se ha señalado que los nahuas, además del concepto mágico-religioso de la enfermedad, también creían que ciertos padecimientos leves no eran causados por los dioses sino por fenómenos naturales, porque su curación se hacía con medidas prácticas y sin actos mágicos o religiosos, esto de ninguna manera lo prueba. Es un hecho que la automedicación herbolaria era la regla en el tratamiento de las enfermedades ligeras y el principio de la terapia en las más graves, y que cuando en éstas no había respuesta se buscaba la atención del ticitl, pero esto no excluye que en ambos casos había un fondo mágico-religioso. En el tianguis de Tenochtitlan los yerberos ofrecían la rica variedad de sus productos a todo el pueblo, que los consumía sistemáticamente basado en el conocimiento popular y tradicional, lo que de ninguna manera excluye la participación de los dioses en sus acciones. Los nahuas sabían muy bien que una caída con fractura era un riesgo en un viaje a la montaña, sobre todo en los sitios más empinados y rocosos, y que en el tratamiento de la fractura era la inmovilización de la extremidad y las infusiones de yerbas anestésicas como el peyote o el olohuilqui; pero también sabían que esos eran los sitios donde se escondían los chaneques y otros personajes sobrenaturales malévolos, expertos en zancadillas y empujones.


Médico patólogo e inmunólogo, investigador, divulgador de la ciencia y académico mexicano.


Notas:

[1] García Icazbalceta, J.: Los médicos de México en el siglo XVI, en bibliografía Mexicana del Siglo XVI (Millares Carlo A., ed.), México, Fondo de cultura Económica, 1954, pp.223-242).
[2] Somolinos d Árdois, G.: La medicina en el mundo náhuatl, en Capítulos de historia Médica mexicana (Somolinos Palencia, J., ed.) México, Sociedad Mexicana de Historia y Filosofía de la Medicina, 1978, pp-55-97.
[3] Ortiz de Montellano, B.: Los principales rectores de la medicina entre los mexicas. Etiología, diagnóstico y pronóstico, en Historia General de la Medicina en México, Tomo I. México Antiguo (López Austin, A.y Viesca Treviño, C., eds.), México UNAM y Academia Nacional de Medicina, 1984, pp. 159-170.
[4] Ackernecht, E.H.: Typical aspects, en Medicine & Ethnology, Selected Essays (Walser, H.H. & Koelbing, H.M. eds.), Baltimore, The Johns Hopkins Press, 1971, pp. 17-29.
[5] López Austin, A.: Cosmovisión y salud entre los mexicas, en nota 3 pp. 101-1114.
[6] Martínez Cortés, F.: Conceptos y actitudes acerca de la vida, la enfermedad y la muerte, en Las Ideas en la Medicina Náhuatl, México. La Prensa Médica Mexicana, 1965, pp. 5-20
[7] Ackernecht, E.H.: Primitive medicine´s social function, en nota 4, pp.167-170.
[8] Viesca Treviño, C.: El médico mexica, en nota 3, pp. 217-230.
[9] Sahagún, B.: Historia General de las cosas de la Nueva España. México Porrúa, 1956, passim.
[10] Aguirre Beltrán, G.: Medicina y Magia. México, Instituto Nacional Indigenista, 1973, 2ª. ed. passim
[11] Martínez Cortés, F.: El empirismo, la magia y la religión en la etiología de las enfermedades en nota 6, pp. 69-90.


Fuente: Raíces Indígenas Presencia Hispánica, Editor Miguel León Portilla, El Colegio Nacional, México, 1993.