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jueves, 21 de enero de 2016

EL FALSIFICADOR Y LOS HISTORIADORES


Francisco Martin Moreno y Pedro Ferriz de Con, en entrevista sobre el libro de marras.

Pedro Salmerón Sanginés* | Martes 29 de diciembre de 2015


Desde que comencé la denuncia de los falsificadores de la historia, me han insistido que incluyera a Francisco Martín Moreno. No lo hice hasta hoy, pues supuestamente Moreno es novelista. Sin embargo, al escucharlo dar a conocer su más reciente libro en un programa de radio de muy alta audiencia, se presentó a sí mismo como “revelador de la verdad” histórica que nos “ocultan” (además de alardear de que es el autor “más vendido” de México). Busqué sus entrevistas y descubrí que, como todos los falsificadores, se asume como crítico valeroso y veraz de la “historia oficial” (“aquí espero, con el pecho abierto, los ataques de todos aquellos que se sientan furiosos”, México engañado, p. 31).

El objeto aparente del libro son los textos gratuitos de primaria. No los defenderé. Pertenezco a un colectivo que reflexiona críticamente sobre la enseñanza de la historia y sus vehículos, los libros de texto (http://elpresentedelpasado.com/?s=libros+de+texto). Por ahora solo señalaré que uno de los más graves problemas de los textos de marras es su enciclopedismo: pretenden abarcar enormes periodos, con escasa reflexión y menor relación de lo enseñado con la realidad. Y parece que Moreno querría agravar dicho problema…

Permítanme dedicar el artículo de hoy a la relación de este escritor best-seller con mi gremio, los historiadores. De parte suya la relación es aparentemente ambigua porque suele decir que no es historiador, pero ya en confianza, ante entrevistadores a modo (jamás lo he visto debatir con un historiador o someterse a una entrevista complicada), dice cosas como que sus libros son “98 por ciento historia” o que “20 años de investigación” lo llevaron a descubrir documentos “que habían sido ocultados dolosamente”, y que gracias a ellos dice la verdad. Pues bien, investigar con honradez en busca de verdades relativas es lo que hace a un historiador, no un título universitario. ¿Hace eso Moreno? No, no lo hace, por eso, para evitar el juicio crítico de quienes lo intentamos seriamente, niega pertenecer al gremio para luego desafiarlo con falsa sutileza: “Felicito a los historiadores que no alquilaron sus plumas ni enajenaron sus conocimientos a cualquier gobierno ni institución ni persona alguna a cambio de un puñado de pesos o de un puesto público o privado” (p. 11). ¿Qué quiere decir con eso?, ¿que trabajar para una “institución” es “alquilar” la pluma? Si no es así, ¿podría dar nombres? Esa idea, que repite, parece concretarse cuando afirma que debería escribir los libros de primaria un “organismo autónomo integrado por historiadores de renombre que cuenten con una gran obra publicada y deslumbrantes títulos académicos” (p. 219). ¿Otro organismo autónomo?, ¿quiénes serían esos historiadores, quién definiría los deslumbrantes títulos? ¿Valen los que cobran un salario en instituciones?, ¿sugerirá nombres el valeroso crítico?

¡Ah!, pero en las “conclusiones” parece dejar de lado la ambigüedad: “Que la Academia Mexicana de la Historia redacte unos nuevos libros sin dejar la tarea en manos de un aficionado que sólo busca la verdad con un genuino amor por México” (p. 558). Entendemos el fallido sarcasmo cuando sabemos que dos miembros de esa Academia han opinado públicamente sobre la obra de Moreno (varios más en privado, en términos impublicables): Manuel Olimón dice de México ante Dios: “Su pertinencia científica es cercana a la nulidad, pues ni el método histórico ha sido usado para su confección ni la estética literaria que sería propia de una buena novela aparece’; además, miente: “con documentos inventados” (de los que Olimón aporta varios ejemplos),  "puede uno probar lo que se quiera” (http://www.zenit.org/es/articles/mexico-ante-dios-una-novela-sin-fundamento-historico).

La admirada y admirable Josefina Zoraida Vázquez dice de México mutilado: “Ese libro es una porquería” (http://www.youtube.com/watch?v=zMJ9sdqh-xM). Y con tristeza, concluye una acertada reseña: “Desasosiega la versión y el mensaje que trasmite este libro […] Me queda el temor de que sirva para abonar el cinismo o la decepción. Esto es algo que quita el sueño a cualquier educador […] que no se rinde a la moda de hablar mal de México” (http://www.letraslibres.com/revista/ convivio/verdades-y-mentiras-de-mexico-mutilado).

Han hablado también de la frivolidad, la paranoia conspiratoria, la generalización descalificadora, y otras exageraciones y falsedades en que incurre Moreno, numerosos historiadores. Paco Ignacio Taibo II: “es muy, muy, muy malo” http://www.youtube.com/watch?v=KvHdPZFvHWM); Arno Burkholder: “no investiga con honestidad”, “juega a su conveniencia con una serie de datos para producir la conclusión que a él le satisface” (http://www.arts-history.mx/blog/index.php/component/k2/ item/251-francisco-martin-moreno-y-la-taza-de-te-alrededor-del-planeta-venus); Manuel Ramos: “Moreno afirma que los historiadores son mojigatos, mercenarios e hipócritas. De acuerdo al Diccionario […] ¿No se aplicarían estos términos en realidad al señor Moreno?” (http://contenido.com.mx/2011/03/ cuidado-con-martin-moreno-advierte-el-historiador-manuel-ramos/). Y Lorenzo Meyer, a quien el propio Moreno atribuye una frase aún más lapidaria (http://yucatan.com.mx/imagen/francisco-martin-moreno-y-su-mexico-y-vida-negra). Con igual dureza o desdén se refieren a él en las redes sociales otros historiadores.

¿Por qué ésta unanimidad? Se los cuento pronto.

Jóvenes manipulados por la CIA

El Secretario de Gobernación Luis Echeverría Álvarez, el Regente del DDF Alfonso Corona del Rosal, el Secretario General  de la CTM Fidel Velázquez y Fernando Gutiérrez Barrios, Director de Federal de Seguridad.

Pedro Salmerón Sanginés | Martes 12 de enero de 2016

El 14 de abril de 1975, Luis Echeverría increpó con esa frase a quienes rechazaban su presencia en la UNAM y le exigían cuentas por las matanzas del 2 de octubre y el 10 de junio. Con esa frase, resumía una concepción del mundo basada en la paranoia, que inventaba “conspiraciones contra México”. Paranoia que define su política –y la de su antecesor– frente a la oposición y la crítica.

Esa misma manía conspiratoria, sin pruebas, aparece en dos connotados falsificadores que hacen suya la versión de Gustavo Díaz Ordaz sobre el movimiento de 1968: uno de ellos ocupó altos cargos en los gobiernos panistas y ya nos ocupamos de él. El otro es el best seller Francisco Martín Moreno. Fue justamente cuando lo oí hablar de 1968 en un programa de radio que decidí denunciarlo como lo que es: un falsificador. Ahí, tras alardear de su amor por la investigación y de lo mucho que investiga en busca de la verdad, aseguró: “Hace cuatro años la CIA desclasificó una serie de documentos del 68. Entonces yo volé a Washington, me metí a los archivos ya desclasificados, para saber cuál había sido la injerencia de la CIA en el movimiento del 68. Y quien organiza el movimiento es la CIA para acabar con el gobierno de Díaz Ordaz, porque tenían miedo a una intervención cubana en México”.

Supuse que daría cuenta de dichos documentos en el libro que presentaba en ese programa, México engañado. Lo compré y leí lo mismo: el movimiento estudiantil de 1968 fue causado por Estados Unidos. En 1968, la CIA había transformado a México en un “enorme centro de espionaje. ¿Qué tal?” Winston Scott, jefe de la estación de la CIA en México desde 1956 logró “colarse en las altas esferas”. “Sin su presencia, tanto el movimiento estudiantil como la represión gubernamental son inexplicables” (las negritas son mías).

¿Qué tal?, diría Moreno (unas 300 veces): “las protestas estudiantiles [fueron] deliberadamente provocadas” por los incondicionales mexicanos de la CIA: Luis Gutiérrez Oropeza, jefe del Estado Mayor Presidencial; Alfonso Corona del Rosal, regente del Distrito Federal, etcétera. “Desde luego, Scott y su gobierno infiltraron el movimiento estudiantil por medio de provocadores que fueron los responsables de los atentados […] y las balaceras nocturnas”.

Y no vuelve a hablar del movimiento: nos cuenta que Corona del Rosal construyó grupos paramilitares desde 1960 y que esos grupos fueron los que dispararon el 2 de octubre (hace una narración disparatada y sin presentar fuentes de aquella tragedia, con el propósito de minimizar el número de víctimas y exculpar al Ejército y a Díaz Ordaz). Al día siguiente de esta tragedia provocada por los agentes de Corona del Rosal, el embajador de Estados Unidos ofreció al secretario de la Defensa Nacional, general Marcelino García Barragán, el respaldo de su gobierno para que diera un golpe de Estado. ¿Para qué querría el gobierno de L. B. Johnson derribar a Díaz Ordaz e imponer un militar? Leí tres o cuatro veces los esfuerzos argumentativos de Moreno y no logré elucidar otra cosa que su paranoia conspirativa.

Busqué, en vano, los documentos de la CIA encontrados por Moreno hace cuatro años. Y brillan por su ausencia (no por falta de espacio, que el libro tiene 600 páginas). Brillan por su ausencia esos respaldos documentales. No aparecen tampoco, ni en la bibliografía, los documentos de Marcelino García Barragán con base en los cuales (y en otras fuentes) Julio Scherer y Carlos Monsiváis dieron la más consistente explicación de la tragedia del 2 de octubre. No hay un solo libro, ni un testimonio sobre 68. En las nueve páginas en que habla de esa conspiración hay únicamente seis referencias: un reportaje de Proceso y cinco citas del ramo Investigaciones Políticas y Sociales del AGN, que no sustentan otra cosa que la existencia de los grupos paramilitares que actuaron el 2 de octubre (y que todos conocemos). Nada de los documentos de que tanto habla. Nada que demuestre la conspiración estadunidense para derribar a Díaz Ordaz.

Y sobre todo, de todo ese batiburrillo sin fundamento, ¿de dónde desprende que el movimiento es resultado de la conspiración?, ¿quiénes entre los dirigentes del movimiento eran agentes de la CIA?, ¿quiénes, en aquellas jornadas por las libertades democráticas, quiénes en aquella gesta cívica? Inventar conspiraciones, exaltar a Díaz Ordaz, exculpar al Ejército, descalificar y desprestigiar al movimiento social y a la oposición, sin fundamentos o incluso con documentos inventados… y así en todo el libro.

¿Por qué?, ¿para qué? Si tienen paciencia, trataré de explicarlo en un tercer y último artículo


* Es doctor en Historia por la UNAM, tiene estudios de posdoctorado en la ENAPescritor e investigador nacional nivel I

Fuente: Periódico La Jornada, México, de la fechas señaladas.

martes, 15 de septiembre de 2015

SE REESCRIBE LA HISTORIA DE MÉXICO A PARTIR DE SU INDEPENDENCIA





Jorge Pérez Uribe


El paradigma de la Independencia nacional



Por décadas padecimos una historia oficial circunscrita a un paradigma[1] que era el marco de pensamiento que sostenía a los regímenes políticos “emanados de la revolución mexicana” y que dieron origen al Partido Nacional Revolucionario, posteriormente al Partido de la Revolución Mexicana y finalmente al Partido Revolucionario Institucional (PRI). Este grupo político gobernó a México por 71 años, bajo un sistema corporativo inspirado el fascismo de Mussolini y con un sistema electoral ad hoc, que permitía la “aplanadora del “partido oficial” y que fue conocido como el priiato. 

Fundamental dentro de este grupo era el control de las mentes y de la cultura, por lo que la Secretaría de Educación Pública, creada por el humanista José Vasconcelos, -que a la postre sería el gran enemigo de éste grupo-, fue adaptada como el instrumento para moldear la mente de las nuevas generaciones. Para ello se creó el “libro de texto único” en el cual se cambió la palabra de “único” por la de “gratuito”. Se conformó un grupo de artistas y literatos -que generosamente retribuidos por el gobierno- contribuirían al fortalecimiento de la ideología revolucionaria, entre ellos figuran los “genios" del muralismo mexicano.


Las generaciones posteriores a la revolución mexicana y a la institución del partido hegemónico resultante de la misma, fuimos educados –gracias a la Secretaría de Educación Pública y al libro de texto único- dentro de ciertas ideas que llegaron a ser verdaderos dogmas históricos. Se seguía la “antítesis liberalismo versus absolutismo”. Quién osara disentir de ellos era marginado, dentro de las instituciones académicas, editoriales y colegiadas que controlaba el todopoderoso sistema político del Estado Mexicano.

Uno de los dogmas históricos de esta enseñanza es que los padres de la independencia eran lectores asiduos de los ideólogos y próceres de la Revolución Francesa, así como su pertenencia a logias masónicas, en dónde habrían abrevado las nociones de libertad, igualdad e independencia; y gracias a las cuales se obtuvo finalmente la independencia. Este dogma era fundamental ya que en el sustrato del sistema revolucionario liberal, los postulados de la revolución francesa y del jacobinismo eran fundamentales, además de que las logias masónicas gozaban de una gran influencia dentro del partido de Estado y las instituciones del gobierno, incluyendo las fuerzas armadas.


El “descubrimiento” de un amante de la historia nacional


Inicié mi inmersión sistemática dentro de nuestra historia colonial e independiente, en el año de 2009 dentro del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), entonces bajo la dirección del licenciado Luis Manuel Villalpando, considerado por el sector oficial como conservador, (aunque he conocido pocos historiadores con la devoción que él profesa a Benito Juárez y a otros liberales, así como el repudio que ostenta frente a Agustín de Iturbide). Como quiera que sea, desmarcó al INEHRM del control ideológico de la “Revolución Mexicana”.

Se acercaba el bicentenario de nuestra independencia que se celebraría en 2010, así es que en el segundo bimestre de 2009, el INEHRM ofreció el curso sobre “La Nueva España borbónica preludio de la Independencia”. En 2010 se ofrecieron dos cursos semestrales sobre “La Independencia de México 1810-1821”. Posteriormente siguieron cursos sobre el Siglo XIX, EL Siglo XX. También me incorporé a los cursos ofrecidos por la Academia Mexicana de Historia. 

Esta inmersión me llevó a conocer a la nueva generación de historiadores (ya conocía a la vieja generación conformada por Jean Meyer, Enrique Krauze, Josefina Zoraida Vázquez, Javier Garciadiego, Ernesto de la Torre Villar (qepd), etc.). También descubrí una amplia bibliografía –desconocida para mí hasta entonces-. Quizá lo más importante fue participar de sus inquietudes e investigaciones. Fue así como percibí que estos nuevos historiadores e investigadores (doctores en su mayoría) estaban reescribiendo la Historia Nacional, libre ya de prejuicios y dogmas de la ideología post revolucionaria, en forma callada, pero eficiente y científica.



La reescritura de la historia nacional


Es en los 90´s, cuando aparece una nueva generación de jóvenes historiadores, distinta a la anterior. Estos nuevos historiadores libres del paradigma mencionado, buscan la verdad histórica en las evidencias, en la documentación existente. Si no hay evidencia histórica sustentable se desechan las suposiciones y así se afirma “hasta la fecha no hay evidencia histórica de esto o de lo otro”.


También a partir de esta década se da la proliferación de escritores pseudo historiadores como Francisco Martin Moreno, José Luis Trueba Lara, Paco Ignacio Taibo II o Sara Sefcovich. Algunos de ellos gozan de un gran éxito literario, explotando las filias y fobias de la juventud actual.

Los nuevos historiadores son más científicos que novelistas, y han decidido sumergirse por años en El Archivo General de la Nación, en los Archivos de Indias de Sevilla, en los de la Universidad de Austin, Texas, en la Biblioteca del Senado de los Estados Unidos, etc.



Estos historiadores se han ganado mi respeto no nada más por su sapiencia, sino por su honestidad intelectual y humildad, demostrada al no querer hacer afirmaciones fáciles y suposiciones aventuradas frente a lo no demostrado y que contrasta con la soberbia del “historiador de cafetería” o de “sobremesa” al que todos conocemos cuya fuente es alguna novela o distorsionada película, a la que defiende como la “verdad absoluta”, sin mayores argumentos.



Habla la nueva generación de historiadores


<<El primer cambio fundamental que llevó a la formulación de nuevas interpretaciones y la ampliación de las temáticas fue la reconsideración sobre el pensamiento político que alimentó el proceso de emancipación. La historiografía tradicional, heredada del liberalismo decimonónico, presentaba a la independencia como resultado de las ideas de la Ilustración, y en particular de la filosofía francesa; pero desde hace poco más de cincuenta años ese planteamiento comenzó a ser cuestionado. Alfredo Ávila relata cómo diversos autores, en particular Luis Villoro, recuperaron la filiación teológica, la importancia del saber jurídico y del constitucionalismo histórico en los pensadores novohispanos y próceres de la independencia como Hidalgo y Morelos. Después el estudio del pensamiento político de la emancipación tuvo un receso de aproximadamente dos décadas, y ha sido recuperado en fechas recientes, con trabajos interdisciplinarios y metodologías novedosas —que incorporan propuestas de la nueva historia intelectual y campos de estudios más amplios—. Estos análisis han procurado localizar no sólo las rupturas sino también las continuidades del proceso; han evidenciado que de un “sustrato cultural común” podían surgir posiciones políticas muy distintas (p. 42); y sobre todo, han redimensionado el impacto de las ideas, al mostrarlas como hechos históricos en sí mismos, que por una parte dependen del contexto, las circunstancias y la forma en que son enunciadas, y por otra inciden directamente en los acontecimientos y en la toma de decisiones políticas

Colocar dentro de la tradición hispánica las ideas de los novohispanos que participaron en la independencia favoreció que hechos antes entendidos simplemente como antecedentes del movimiento ahora se consideren parte integral del mismo. Así, prácticamente en todas las áreas de la disciplina se concede mayor importancia a los acontecimientos ocurridos en la metrópoli a partir de 1808, a las reacciones que despertaron en los miembros del Ayuntamiento de México y al movimiento en contra del virrey Iturrigaray. Como menciona Alfredo Ávila, ese momento fue un punto de quiebre, que colocó a los actores políticos y sociales frente a una realidad que seguramente hasta ese momento les era desconocida: el presente y el futuro estaban en sus manos, no en un orden preestablecido.>>[2]





El regreso del Partido Revolucionario Institucional (PRI) al gobierno de la República.


EL 1° de diciembre de 2012 regreso el PRI al gobierno de la República, tras doce años de ausencia en que gobernó el Partido Acción Nacional. Con el PRI regresó al INEHRM la “vieja guardia” de la historia representada por la Dra. Patricia Galeana Herrera, esposa de otro conocido político de la “Revolución Mexicana”, Diego Valadés Ríos, -Procurador General de Justicia del Distrito Federal, Procurador General de la República y Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación-, entre otros cargos desempeñados durante el priiato.

La Dra. Galeana, actual directora del INEHRM es fiel observante del paradigma comentado. A su decir, es relatora de la logias masónicas y quizá por ello sostiene que Miguel Hidalgo y Costilla fue iniciado en la masonería en el callejón de “Las Ratas”. Al respecto la nueva generación está de acuerdo en que la masonería es introducida en Nueva España hacia 1812, traída por las tropas expedicionarias que venían a combatir a los insurgentes. Los historiadores como la Dra.Galeana, además pasan por alto, lo selectivo y la observancia del prejuicio de las castas de los primeros masones que llegaron a Nueva España, que no nada más rechazaban a las mujeres, sino a todo aquél que no fuera español nacido en España (peninsular), por lo que un criollo como Hidalgo sería rechazado inmediatamente y qué decir de un mulato como Morelos.

Por su parte los historiadores españoles afirman que en España, siempre existió poco interés en la masonería y que su fundación se debió a una carta en donde un grupo de ciudadanos británicos residentes en España solicitaban la constitución oficial de una logia en Madrid, la cual se recibió en la Gran Logia de Inglaterra el 17 de abril de 1728. Sin embargo ésta fue fue borrada en 1768 por falta de actividad. En 1729, la logia Saint John of Jerusalem solicitaba el permiso para su constitución en Gibraltar. Los historiadores consignan que en 1750, 1755 y 1772, otros grupos de ciudadano extranjeros intentaron crear logias en Madrid, Barcelona y Cádiz.

Para empeorar la situación de la masonería en España, el 20 de abril de 1738, el papa Clemente XII condenó de forma rotunda a los francmacons o Liberi muratori en su bula In eminenti, con castigo de excomunión. Ese mismo año, el 11 de octubre, Andrés de Orbe y Larreategui, Inquisidor general en España, emitía el edicto de prohibición sobre la Orden del Gran Arquitecto a todos los tribunales del Santo Oficio.


Podemos afirmar que la masonería existió sólo en forma latente en España y se reactivó con la invasión de Napoleón a España en 1808, gracias a las poderosas logias francesas, que paradójicamente, se difundieron entre los militares que luchaban contra Napoleón y de aquí fueron llevadas a Nueva España por las tropas enviadas a combatir a los insurgentes.

No obstante lo anterior la reescritura de la historia es un proceso que ya no se detendrá y cuyo proceso se advierte en los ciclos de conferencias que imparte la Academia Mexicana de Historia, en las investigaciones que se vienen realizando, así como en las recientes publicaciones de la nueva generación.

Connotados miembros de este movimiento son los Doctores en Historia: Virginia Guedea, Guadalupe Jiménez Codinach, Ana Carolina Ibarra, Jaime del Arenal Fenochio, Rafael Estrada Michel, Alfredo Ávila, y Gerardo Lara Cisneros, entre otros.

En el próximo post referido al movimiento de Los Guadalupes, se podrá apreciar plenamente este nuevo enfoque de nuestro movimiento de Independencia



[1] Teoría cuyo núcleo central se acepta sin cuestionar y que suministra la base y modelo para resolver problemas y avanzar en el conocimiento; p. ej., en la ciencia, las leyes del movimiento y la gravitación de Newton y la teoría de la evolución de Darwin. R.A.E 

[2] Alfredo Ávila y Virginia Guedea (coordinadores), La independencia de México, temas e interpretaciones recientes, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 2007, 257 p


viernes, 26 de abril de 2013

FRANCISCO MARTÍN MORENO, ¿HISTORIADOR?





En el post del programa de trabajo para 2013, había afirmado lo siguiente: <<No veremos en el blog la frívola opinión de pseudo historiadores como Francisco Martín Moreno o de escritores de “best sellers”, ya que la profundidad del pensamiento -generalmente- no es acompañada por la fama.>> Ahora llega el momento de aclarar el porque de mí dicho, respecto a Martín Moreno. 

Existen en nuestros días -dentro de la lengua hispana-, dos escritores de novela histórica de gran éxito, uno de ellos es el español Arturo Pérez-Reverte y otro el mexicano Francisco Martín Moreno. La diferencia entre uno y otro es que el español nunca se presenta como historiador, sino como periodista, escritor, y novelista, -no obstante su acuciosidad histórica-, en tanto que el mexicano que gusta de emitir opiniones frívolas, acostumbra ostentarse como historiador e investigador, su argumento “es que su investigación histórica está basada en mas de cincuenta libros y que él habla de lo que nadie aborda”[1]. 


Perfil 



Marín Moreno nació en 1946 en la Ciudad de México y se desarrolló dentro de la aristocracia priista lo que le permitió efectuar sus estudios en el Colegio Alemán Alexander von Humboldt, seguir la carrera de derecho en la Universidad Iberoamericana y posteriormente acceder a una de las codiciadas Direcciones en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público y al Consulado General de México en Barcelona. De ahí paso a su oficio de escritor-historiador. Últimamente ha sido arropado por el canal 40, en donde conduce un programa de carácter histórico: “El Refugio de los Conspiradores”, junto al poeta Benito Taibo, el escritor Eugenio Aguirre y el escritor Alejandro Rosas. 

Su mérito indudable es, su gran facilidad para escribir, su gran defecto es dar vuelo irrefrenable a su imaginación, saltando la evidencia histórica; así sin más. Como si sus obras fueran una revista sobre las estrellas de la farándula, convierte a Sor Juana Inés de la Cruz en amante de la esposa del Virrey en turno; siguiendo la tendencia actual de presentar a toda artista famosa como lesbiana. 


La voz de un auténtico historiador e investigador 



A raíz de una entrevista que le efectuó la revista Contenido a fines de 2010 [2] tras publicar sus Arrebatos Carnales II; como réplica, el historiador Manuel Ramos Medina, Director del Centro de Estudios de Historia de México Carso, escribió una artículo para la revista Contenido [3], en donde señala lo siguiente: <<Moreno dice que la Historia que nos enseñan en la escuela es aburrida, sin ninguna debilidad o pasión Que son seres “descafeinados”. Que la historia la escriben los mercenarios, los mojigatos y los hipócritas>>

A continuación Ramos Medina abunda en el oficio del historiador: <<Un historiador medianamente serio escribe en función de las fuentes de información de primera mano, con el fin de comunicar a los demás lo que sucedió en un momento dado. La consulta de fuentes primarias, es decir de archivos, es estrictamente necesaria para recrear un momento histórico. Desde luego, de formas accesibles para el público [...] Se consultan los archivos para interpretar la historia pero no para desvirtuarla y menos inventarla. [...] 

No podemos “inventar” la historia porque no sería ético. El que inventa no sólo no informa sino que daña y empaña de forma morbosa el acercamiento a la verdad. 

La historia no pretende ser un chisme. Menos una transmisión de la imaginación de un individuo que recrea “los hechos” pensando lo que un hombre o una mujer con toda su carga emocional pudo o no pudo vivir. En última instancia, con que derecho nos entrometemos en la vida privada de un actor de la historia que no se puede defender de lo que se le inventa. A los muertos se les respeta. [...] 

Si lo que quiere el señor Moreno es vender sus obras, podría ser más aventurado al decir que todo lo que interpreta a su manera es producto de su imaginación, al menos sus diálogos en “paños menores” y no afirmar que su trabajo es de investigación histórica realizada en archivos. [...] 

Sirvan estas líneas de reflexión. La finalidad es advertir al público que no se deje engañar. Que la historiografía es una invitación a reconocer a los grandes hombres, independientemente de sus vidas privadas, de sus tendencias, lo que de ninguna manera afecta su desarrollo como hombres que se comprometieron con su país. Que cuando lean literatura histórica se cercioren de la seriedad de sus autores>>

Que diferencia la de Francisco Martín Moreno, que se siente historiador por la cincuentena de libros consultados, con la de una auténtica autoridad en la materia histórica como es la doctora Guadalupe Jiménez Codinach, que para sustentar el trabajo de sus investigaciones sobre la independencia nacional, se ha pasado la friolera de 10 años en el Archivo General de la Nación, consultando, ordenando, “descubriendo” cartas, evidencias, de gran valor histórico, entre los miles y miles de documentos que ahí se guardan. En forma similar, en el siglo pasado, el gran historiador e investigador que fue José Fuentes Mares, pasó meses y meses en la biblioteca de la Universidad de Austin, Texas y en el Archivo del Congreso de Estados Unidos, documentando sus obras sobre la intervención norteamericana en la independencia de México y en los gobiernos posteriores. 
Si bien, la “mente calenturienta” de Martín Moreno” dio para tres libros de Arrebatos Carnales; ahora publica 100 Mitos de la historia de México II, o como diríamos coloquialmente: “el burro hablando de orejas”. 




[1] Entrevista en Radio Red por Sergio Sarmiento
[2] Revista Contenido, No.571, Fin de año 2010 
[3] Revista Contenido, No.573, marzo de 2011, págs. 118-121