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domingo, 9 de julio de 2017

“IL PORTAVOCE”




Juan Manuel Mora* | 6 de julio de 2017

Cuando ayer me enteré del fallecimiento de Joaquín Navarro-Valls, al que tuve la suerte de tratar personalmente, consulté la versión digital de los medios italianos.

Comprobé que era la noticia principal de la portada La Repubblica, periódico con el que colaboró después de dejar de presidir la Sala de Prensa del Vaticano, en 2006. Todavía hoy, once años después, seguía siendo una personalidad en el mundo de la comunicación y de la cultura, especialmente en Italia.

Era conocido como “il portavoce”. Durante años, esa palabra estaba asociada a su nombre. Y es lógico, porque en esta profesión no es frecuente durar tanto en el cargo. Se suele decir que los portavoces de la Casa Blanca duran un año de media. Él se mantuvo 22, sin aparente decadencia.

Se cuenta que un día del año 1984 Juan Pablo II, después de una crisis de comunicación, llamó a dos periodistas para preguntarles cómo se podría mejorar esa actividad en el Vaticano. Uno era italiano, del ámbito de la televisión, el otro, Navarro Valls, por entonces presidente de la asociación de corresponsales extranjeros en Roma. Los dos profesionales dieron sus consejos y, a los pocos días, Navarro Valls recibió una llamada de parte del Papa, invitándole a encargarse de aplicarlos. Joaquín preguntó si podía pensarlo y le respondieron que por supuesto, que no había prisa, que podía responderle al día siguiente por la mañana. No siempre las cosas de palacio van despacio. Después de aquello, Joaquin solía decir: ¿quién le dice que no a un Papa?

Cuando algún profesional que comenzaba un trabajo de este tipo le pedía orientación solía decir, muy sencillamente: lo importante es que te lleves bien con tu jefe. La comunicación está al servicio de las instituciones y depende mucho del tipo de liderazgo. Navarro Valls no solo se llevaba bien con Juan Pablo II, sino que se creó entre ellos una extraordinaria complicidad: Juan Pablo II era “la voz”, el mensaje, el discurso, las actitudes, con una sensibilidad exquisita hacia el periodismo y la comunicación en general. Navarro era “el portavoz”, daba cauce, encontraba el momento, el enfoque, la metáfora, para que la voz fuera escuchada.

Navarro-Valls conocía y entendía la lógica y la importancia de los medios de comunicación porque era su mundo. En 1968 se tituló en Ciencias de la Información por la Universidad de Navarra y trabajó como corresponsal en Roma para el diario ABC. Un corresponsal en Roma acumula una experiencia rica y variada. Lo mismo tiene que cubrir un cónclave que un desfile de Fendi, una operación antimafia o una final de la Champion. Por no hablar de los intrincados laberintos de la política de ese país, que tuvo cincuenta gobiernos en cincuenta años después de la guerra. Aquellos laberintos los recorrió Joaquín como los pasillos de su casa.

Así, más adelante, no tuvo problema para sentarse con Fidel Castro, o con los portavoces de la Casa Blanca y del Kremlin; ni para liderar con éxito la representación del Vaticano en las Conferencias internacionales sobre la mujer de El Cairo y de Pekín.

Introdujo nuevos aires en la Sala Stampa, la sala de prensa del Vaticano, con el fin de facilitar el trabajo de los periodistas. Generó hábitos como las preguntas al Papa en el avión y la transparencia total, incluso en el momento de la enfermedad y fallecimiento de Juan Pablo II, como nunca antes se había visto.

Además de identificarse con el genérico “portavoz”, en Italia también se le tenía como el prototipo de “caballero”, por su elegancia y sus modales. Como dicen en su idioma y su cultura: “l’uomo della cravatta giusta”. Puedo atestiguar que compartía su experiencia con quienes le pedían ayuda, sin darse nunca importancia.

Fue un psiquiatra, actor y deportista que trabajó para un papa muy humano, actor y deportista. Les unió no solo el trabajo sino el profundo conocimiento del hombre y el alma, el amor por contar las cosas bien y la afición al deporte, el reto y la superación.

Se suele decir que si la grandeza y la belleza pasan a nuestro lado y no nos percatamos, nos perdemos lo mejor de la película de la vida. La grandeza pasó cerca de Navarro Valls y él no solo la reconoció sino que supo contarla para que otros la pudieran reconocer.



Juan Manuel Mora*
Vicerrector de Comunicación
Universidad de Navarra


Fuente: http://www.comcatolicos.net/articulos/papa/item/2396-il-portavoce

sábado, 3 de diciembre de 2016

“ASÍ CONVENCIÓ WOJTYLA A FIDEL PARA FESTEJAR LA NAVIDAD”, NAVARRO-VALLS



Andrea Tornielli 


«Fidel Castro me tuvo hablando con él por 6 horas. Tenía mucha curiosidad sobre Juan Pablo II, e incluso celoso de su interioridad se comprendía que quería ir más a fondo… Le dije que era un hombre afortunado, porque el Papa rezaba todos los días por él. Por una vez se quedó en silencio». Joaquín Navarro-Valls, el portavoz de Juan Pablo II en ocasión de la histórica visita de Wojtyla a Cuba en 1998 tuvo un papel que fue mucho más allá del papel oficial de director de la Sala de Prensa vaticana. Y lo cuenta en esta entrevista que concedió a «La Stampa».


¿Cómo se llegó a la visita del Papa que había contribuido en la caída del Muro de Berlín a uno de los últimos baluartes del comunismo?

Durante una decena de años Juan Pablo II había enviado a sus delegados a Cuba. También fue el “ministro del Exterior” vaticano, Jean Luis Tauran. El Papa tenía el deseo de visitar la isla, pero la invitación no llegaba. Finalmente en noviembre de 1996 Castro vino a Roma para una reunión de la FAO y fue recibido en el Vaticano. Ahí invitó formalmente al Pontífice.


¿Cómo se preparó el viaje?

Durante todo 1997 se trabajó en la organización. Tres meses antes de que se diera, en octubre de ese año, llegué a La Habana y me encontré con Fidel. Fue un encuentro largo, que duró seis horas y concluyó casi a las tres de la mañana. Castro tenía mucha curiosidad, quería saber todo sobre Juan Pablo II, qué familia había tenido, cómo había vivido. Quería saber más sobre el hombre Wojtyla y dejaba ver su admiración por él. Se percibía que quería ir más a fondo. Le dije: “Señor presidente, le envidio”. “¿Por qué?” “Porque el Papa reza por usted todos los días, presa para que un hombre de su formación pueda volver a encontrar la vía el Señor”. El presidente cubano por una vez se quedó en silencio.


¿Qué le pidió usted a Castro por cuenta de la Santa Sede?


Le expliqué que, como ya había sido fijada la fecha de la visita, el 21 de enero de 1998, era interesante que fuera un gran éxito. “Cuba debe sorprender al mundo”, le dije. Fidel se declaró de acuerdo. Entonces yo añadí algo sobre las sorpresas que el Papa se esperaba. Le pedí a Castro que la Navidad, a la vuelta de la esquina, se celebrara en Cuba como una fiesta oficial por primera vez desde el inicio de la revolución.


¿Cómo reaccionó el Líder Máximo?

Dijo que habría sido muy difícil, la Navidad caía en plena cosecha de la caña de azúcar. Respondí: “Pero el Santo Padre querría poderle agradecer públicamente este gesto desde su llegada al aeropuerto de La Habana”. Entonces, después de una larga discusión, Castro acabó diciendo que sí. Aunque añadió: “Pero podría ser solo por este año”. Le limité a decir: “Muy bien, el Papa le estará muy agradecido. Y en cuanto al año próximo, ya se verá”. Como se sabe la fiesta de Navidad siguió siendo desde entonces fiesta civil.


¿Qué pensaba Papa Wojtyla sobre Castro?

Durante el vuelo hacia La Habana, un periodista le preguntó al Papa qué le habría aconsejado al presidente de Estados Unidos sobre la posición que debía mantener con Cuba: “To change!”. Su consejo era cambiar. Después le preguntaron qué se esperaba del presidente de Cuba. Juan Pablo II respondió: “Espero que me explique su verdad, como hombre, como dirigente y como comandante”. Yo no estaba en el avión, ya estaba en La Habana. Recibí el texto de aquella respuesta y se la enseñé a Castro mientras esperábamos que aterrizara el Papa. Así, ya había un orden del día escrito para su encuentro. El encuentro cara a cara duró mucho y al salir ambos estaban serenos y sonrientes. Recuerdo la misa en la Plaza de la Revolución con los hermanos Castro en primera fila y la multitud que acompañaba la homilía con el grito “¡Libertad, libertad!”. Y recuerdo las palabras con las que Fidel se despidió de Juan Pablo II en el aeropuerto antes de volver a Roma: “Le agradezco por todas las palabras que dijo, hasta por las que habrían podido no gustarme”. Tenía esta elegancia humana, mientras Wojtyla sonreía: con esa visita inauguró un tiempo de lentas pero reales aperturas.



http://www.lastampa.it/2016/11/27/vaticaninsider/es/reportajes-y-entrevistas/navarrovalls-as-convenci-wojtyla-a-fidel-para-festejar-la-navidad-Dzo8nqjMCaX8OKXV1VCHFN/pagina.html

sábado, 14 de junio de 2014

CINCO LECCIONES DE LIDERAZGO, POR UN MAESTRO DE EMPRENDEDORES


Juan Pablo II y el guardia suizo: 5 lecciones de liderazgo que usan los maestros de emprendedores






Por Jordi Picazo / Carmine Gallo




La palabra de moda hoy es mindfulness, concepto que viene a resumir la capacidad de volcar toda la mente y la atención indivisa en algo que se está haciendo. 


Es un trending topic en internet. Se usa en escuelas de negocios, los profesores del IESE escriben artículos sobre ello, se escriben libros enteros. 

También escribe de ello Carmine Gallo, un conferenciante de moda y coach en comunicación para las marcas más admiradas del mundo. 

Es autor de siete bestsellers internacionales entre los que se incluye su última publicación “Talk Like TED: The 9 Public-Speaking Secrets of the World´s Top Minds”: (Habla como un conferenciante TED: Los 9 secretos de las mentes más privilegiadas del mundo a la hora de hablar en público). Gallo es contribuidor habitual de la revista Forbes, en la que nos cuenta la siguiente historia real de atención y liderazgo que tienen por protagonistas al Papa San Juan Pablo II y a un joven guardia suizo. 



Soledad en Nochebuena



En la Nochebuena de 1986 Andreas Widmer hacía su primer servicio estrenándose como Guardia Suizo al servicio del Papa Juan Pablo II, su jefe, que llegaría a ser santo. Pocos son los que pueden decir que han tenido un jefe santo. 

El primer encuentro entre los dos se produjo cuando San Juan Pablo II salía por la puerta de su apartamento papal y se dirigía a celebrar la misa de medianoche. ¡Quién le iba a decir al joven Widmer que Karol Wojtyla iba en ese primer momento a causar una impresión indeleble en su persona! 

Fue esa gran capacidad del pontífice de estar en lo que hacía lo que hizo que éste se diera cuenta de las circunstancias personales por las que atravesaba el joven y novato guardia suizo. Circunstancias que le causaban desasosiego, hasta que San Juan Pablo II inició la conversación.

Widmer era joven, añoraba su familia en plena vigilia de Navidad y se sentía un poco deprimido y falto de seguridad. No había comentado esta sensación con nadie. 

Juan Pablo II se le acercó y le dijo: “¡Está claro que ésta es tu primera Navidad fuera de casa! Valoro mucho el sacrificio que haces por la Iglesia. Voy a rezar por ti esta noche en la misa”.

Ninguno de entre sus colegas y amigos había notado esa noche la angustia que le embargaba. Tuvo que ser el líder de mil doscientos millones de católicos el que se diera cuenta, y le diera una lección del liderazgo de aquél que está dispuesto a servir.


De guardia a profesor de emprendedores



Gallo conoció al soldado Andreas Widmer hace dieciocho meses, y se sorprendió gratamente al comprobar con qué aprovechamiento había aprendido la lección, llegando hoy a ejercer como Director del Programa para Emprendedores de la Catholic University of America en Washington, D.C. 

“Le asalté en el momento en que salía hacia Roma para hablar del legado que el Papa Juan Pablo II deja a todo líder que, independientemente de su credo religioso, desea inspirar a su equipo para que consiga la excelencia”, comenta. 

El Papa Juan Pablo II enseña a un joven Guardia Suizo 5 lecciones de liderazgo.


1. Animaba a la gente a pensar en grande y a mantener la vista alzada y puesta en la distancia.



“Juan Pablo siempre tenía la perspectiva de mi vida completa cuando me hablaba. Estoy convencido de que esto es una consecuencia natural de su dedicación durante largos años a la universidad como capellán. En una ocasión se detuvo a hablar conmigo. Quiso saber cómo me iba y si me gustaba mucho o poco ser guardia suizo. Le hablé de mis ocupaciones y preocupaciones, todas ellas centradas en el corto plazo. Él me ayudó a pasar de una visión a corto plazo a la visión a largo plazo para el resto de mi vida”. Según Widmer el pontífice siempre le empujaba a alcanzar metas más altas y a no quedarse instalado en la mediocridad. “Me empujaba a pensar en grande”. 



2. Estaba totalmente volcado en cada conversación.



“Cada vez que hablaba con Juan Pablo, incluso cuando solamente me pasaba para saludarlo, me hacía sentir como si yo fuera la razón por la que se había levantado esa mañana”. 

Volvamos al primer encuentro de Widmer con su nuevo jefe en esa vigilia de Navidad. Widmer admite que se sentía triste y decidido a dejar el servicio. Pensaba en ese momento que había cometido un tremendo error apuntándose al cuerpo de la Guardia Suiza. Cuando el papa salió de su apartamento, podría haber simplemente pasado de largo. “Pero no pasó solamente. Se paró y se dio cuenta de que estaba turbado y del motivo real de mis circunstancias. Tenía la fina habilidad de notar las cosas en el preciso momento, de captar el verdadero sentimiento de la gente con la que se cruzaba”. 

Juan Pablo hacía sentir especial a la gente porque estaba presente. Éste es un rasgo común en un líder que inspira a personas. 

"Los empleados que me cuentan que trabajan para líderes que les inspiran casi siempre comentan que su jefe les hace sentir como si fueran la persona más importante en ese momento en esa habitación y que su jefe se preocupa genuinamente de su bienestar".


3. Mostraba a las personas que creía en ellas.


“Juan Pablo tenía más fe en mí que yo mismo”, decía Widmer. “Eso aumentaba mi autoestima y me permitía conseguir más de lo que yo hubiera pensado que era posible. Creyó en mí antes que yo mismo”. 


Los líderes que inspiran creen en la gente, a menudo incluso más que ellos mismos y con más fuerza. 

"Uno de los líderes más inspiradores al que he tenido el placer de entrevistar fue un maestro de escuela", señala Carmine Gallo. "Ron Clark fue el profesor Disney del año en 2000. Incluso se llegó a hacer una película sobre él para la televisión acerca de su experiencia. Lo que le mereció el premio fue cuando se encargó de una clase de alumnos con fracaso escolar de 5º curso en Harlem y en un solo año académico ofrecerles con aprovechamiento las habilidades necesarias para desbancar en el examen de final de curso a la clase con mayor grado de excelencia hasta ese momento". 

"Clark me contó que se permitió albergar grandes esperanzas en los chicos. Clark no les dijo que iban a superar el nivel que se esperaba de ellos, simplemente les dijo que iban a superar a la clase de los alumnos más destacados por su rendimiento académico de la escuela al final de ese curso. Una vez ellos se lo creyeron y creyeron en sí mismos, el cielo era el límite". 


4. Veía el trabajo no como una carga sino como una oportunidad.



Según cuenta Widmer “Juan Pablo II hablaba del trabajo no como si se tratara de una carga sino como de una oportunidad para llegar a ser aquello a lo que estamos llamados. Creía firmemente que es el trabajo lo que nos hace realmente humanos”.

Juan Pablo creía que cuando trabajamos no solamente “hacemos más”; en su carta encíclica “Laborem Exercens” el papa escribió: “El trabajo es una dimensión fundamental de la existencia del Hombre sobre la tierra.”



5. Celebraba la capacidad emprendedora.



Juan Pablo celebraba el fenómeno de ser emprendedor porque crear algo a partir de la nada es un aspecto fundamental de toda espiritualidad. 

"Al igual que los que creen tienen Fe en su Creador, así también el emprendedor debe tener Fe en su visión, Fe en la capacidad del equipo de ejecutar la visión, y Fe en que aquello que se proponen llevar a término está intensamente conectado a algo mayor que ellos mismos", asegura Gallo.

Juan Pablo convenció a Widmer que el fenómeno emprendedor era un camino grandioso sobre el que construir su vida, camino en el que podía utilizar sus dones, talentos e ideas para desplegar plenamente su potencial y así participar en la obra de la creación. 







http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=36007

sábado, 26 de abril de 2014

LA ÚLTIMA ENSEÑANZA DE JUAN PABLO II






“La vida humana se encuentra en una situación muy precaria cuando viene al mundo y cuando sale del tiempo para llegar a la eternidad”.

Carta encíclica Evangelium Vitae 


Juan Pablo II 








Introducción

Gran revuelo causó en la prensa internacional, el artículo publicado en la revista política italiana «MicroMega», de mayo de 2007, por la doctora Lina Pavanelli, -médica anestesista-, con el título «La dulce muerte de Karol Wojtyla», al afirmar que a Juan Pablo II se le aplicó la eutanasia. 

Al respecto el doctor Renzo Puccetti, especialista en Medicina Interna y secretario del Comisión «Ciencia y Vida» de Pisa-Livorno comenta: “La autora, médica anestesista y activista política, reconoce directamente que el propio trabajo no es el resultado de un conocimiento directo de la situación clínica del paciente, pues nunca atendió directamente a Karol Wojtyla, sino de una búsqueda por Internet para obtener «noticias, notas de agencias y artículos de periódico»,…” [1]

Por su parte, el cardenal mexicano Javier Lozano Barragán, ministro de Sanidad de la santa sede, aseguró que:”Juan Pablo II rechazó el ensañamiento terapéutico (tratamiento médico que intenta, por medios artificiales, retardar lo más posible la muerte en pacientes graves) y cuando le dijeron que una nueva hospitalización no servía para curarle prefirió permanecer en el Vaticano y ponerse “en manos de Dios”. 

Él preguntó: ¿si me llevan al Gemelli me curaré? La respuesta fue no. Entonces replicó: me quedo aquí y me pongo en manos de Dios”, afirmó Barragán en un congreso en Milán, del que se hizo ayer eco el periódico Corriere della Sera. 

Lozano Barragán, según el diario, se preguntó “¿eso es un rechazo al ensañamiento terapéutico?” y respondió que “sí, sí en el sentido de curas desproporcionadas e inútiles”, por lo que Juan Pablo II decidió ponerse en manos de Dios”.[2]


Lo anterior nos lleva a reflexionar desde la Bioética, en que consiste la eutanasia, el <<ensañamiento terapéutico>> y cuál es la actitud que debemos de asumir frente a la muerte.



Eutanasia, distanasia y ortotanasia


Si bien el término eutanasia (del griego eu-thanatos) significa buena muerte), en la actualidad se entiende por eutanasia, “la práctica médica que procura la muerte o acelera su proceso para evitar grandes dolores o molestias al paciente; y esto, a petición del propio paciente, de sus familiares o por iniciativa de otros”.

Un aspecto que la distingue del homicidio o del suicidio es la proximidad de la muerte. Pero quizás los rasgos que más la configuran son: la intención y los medios utilizados”.[3] También habría que distinguir entre la eutanasia por la voluntad propia y la eutanasia impuesta, que es la decisión tomada por los familiares o los médicos.

La distanasia, hoy tan en boga, contrariamente a la eutanasia, tiende a prolongar en forma exagerada la agonía de enfermos, desahuciados y moribundos sin esperanza de recuperación, es algo próximo a lo que hoy se denomina <<encarnizamiento terapéutico>>.

Frente a estos abusos, se ha llegado recientemente a emplear la palabra ortotanasia, que quiere significar la muerte en el momento oportuno y que implica: la muerte digna del hombre y el derecho a la propia agonía y a morir humanamente. Ortotanasia implica: “atender al moribundo con todos los medios que la ciencia médica posee actualmente, liberar a la muerte del ocultamiento a que es sometida, asumirla conscientemente, proporcionar todos los remedios oportunos para calmar el dolor, aunque suponga abreviar la vida Significa pues, la praxis médica que deja morir en paz porque la prolongación de la vida del paciente, abocado ya a la muerte, es irrazonable y desproporcionada.

La ortotanasia se diferencia de la eutanasia en que no supone poner fin a la vida de un paciente. Aunque el proporcionar determinados calmantes pueda abreviar su existencia, la intención del médico no es acabar rápidamente con la vida del enfermo”. [4]



Medios proporcionados y medios desproporcionados


“Desde antiguo la moral ha insistido en la distinción entre <<medios ordinarios>> y <<medios extraordinarios>>, juzgando lícita la supresión de estos últimos. Pero el problema está hoy en determinar que es ordinario y que extraordinario. El progreso de la ciencia hace que los métodos juzgados como extraordinarios hace quince ó veinte años, no lo sean ya hoy. Normalmente se han considerado extraordinarios los medios escasos y costosos, los que están en fase de experimentación o aquellos cuya utilización no es obligatoria”.[5] Adicionalmente deberá considerarse la situación del enfermo y las complicaciones psicológicas, espirituales, familiares y sociales.

La Bioética señala que en todas las situaciones conflictivas hay que tener en cuenta que la medicina esta al servicio del hombre, y no viceversa, y que el enfermo sigue siendo el primer responsable de su salud. Si bien el médico ha de tender a prolongar la vida del enfermo y a recuperar la salud, esta tendencia no puede extremarse.

También establece la Bioética, que hay que contar con la opción y decisión del enfermo, ya que en definitiva, es su vida la que está en juego. Así habrá que compartir con el paciente la información sobre su situación y respetar su negativa a algunas intervenciones y tratamientos que, si es posible que impliquen una prolongación de la vida, conllevan también importantes deficiencias psicológicas.



La enseñanza de la Iglesia católica


Entre las principales intervenciones del magisterio de los últimos años podemos citar:

  • La Declaración sobre la Eutanasia emitida por la Congregación para la Doctrina de la Fe (1980) 
  • El Catecismo de la Iglesia Católica (1992) y su edición revisada de 1997 
  • La encíclica Evangelium Vitae (1995) 
El fundamento de toda la enseñanza del magisterio católico sobre la eutanasia, descansa en el principio de la inviolabilidad de la vida humana inocente, que se apoya en dos aspectos:
  •  Su carácter sagrado porque tiene en Dios su origen y destino 
  •  La dignidad de la persona humana, que es la dignidad de una vida creada a imagen de Dios 

Algunos conceptos de la enseñanza del magisterio católico son:
  • Nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente […] Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros […] Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo o permitirlo. 
  • Subraya el valor cristiano del dolor y la posibilidad de que el cristiano pueda asumirlo; pero reconoce, al mismo tiempo la legitimidad del uso de analgésicos, aunque indirectamente abrevien la vida. 
  • Con relación a los medios proporcionados y desproporcionados, afirma que para valorar el carácter proporcionado o no de un método hay que tener en cuenta <<el tipo de terapia, el grado de dificultad y de riesgo que comporta, los gastos necesarios y las posibilidades de aplicación con el resultado que se puede esperar de todo ello, teniendo en cuenta las condiciones del enfermo y sus fuerzas físicas y morales. 
  • Evangelium Vitae ubica a la eutanasia como síntoma de la <<cultura de la muerte>>, señalándola como <<una grave violación de la ley de Dios>>, que según las circunstancias, conlleva la malicia del suicidio y del homicidio. Pero la distingue del <<ensañamiento terapéutico>>, juzgando lícito renunciar a un tratamiento que únicamente procuraría una prolongación precaria y penosa de la existencia, y afirma también la licitud del recurso a los diversos tipos de analgésicos y sedantes para aliviar los dolores del enfermo, aún cuando esto comporte el riesgo de acortarle la vida. 


Conclusión


A estas alturas podemos ya evaluar si la decisión de Juan pablo II, fue de recurrir a la eutanasia o bien a la de una muerte digna y si estuvo de acuerdo con la doctrina que el mismo enseñó y plasmó en ese tributo a la vida que representa la encíclica Evangelium Vitae.



Elementos para la reflexión


  • La vida humana se recibe como un don no solicitado, y por ser conscientes debemos agradecerla, valorarla y protegerla como tal don. 
  • La vida no se puede pedir desde el principio para uno mismo, porque el don de la vida implica la existencia misma. Se recibe prestada, en usufructo, no en propiedad. 
  • Y la vida se tiene que devolver cuando sea requerida, siendo extraordinarios los casos en que se concede una prórroga. 
  • Puesto que se nos han concedido la vida y el cuerpo, tenemos derecho a ellos. 
  • Puesto que no somos dueños ni de la vida, ni del cuerpo, ni de la muerte, no tenemos derechos sobre ellos. 
  • Puesto que se ha dejado en nuestras manos la salvaguarda de la vida tenemos graves obligaciones hacia ella. 
  • Vida y muerte forman parte de nuestra existencia humana y tejen la trama de nuestra historia. Por definición el ser humano es mortal. 
  • La muerte forma parte de nuestro ser y estructura; nuestro reloj biológico tiene a la vez programado nuestro perfeccionamiento y nuestra degradación. 
  • Por ello, si los hombres somos solidarios en la vida, hemos de serlo también en la muerte. Y si el hombre es un ser social llamado a la comunión, ha de sentir también la comunión y la ayuda humana en su enfrentamiento con la muerte. 
  • Hay que llenar de humanidad el trance de la muerte, y la clave está en el acompañamiento y cercanía (que al sedar al enfermo –como se acostumbra en el agonizante- se rompe). Desde el punto de vista cristiano, esta compañía llega también a compartir la fe y la esperanza en la resurrección del Señor.




Jorge Pérez Uribe





[1] Documento publicado por la agencia Zenit, el 2 de octubre de 2007, por el doctor Renzo Puccetti, (Cf. Juan Pablo II no pidió la eutanasia. Hablan las pruebas). http://www.zenit.org/article-24998?l=spanish
[2] Nota del periódico La Crónica del 5 de octubre de 2007, Ciudad de México
[3] Alburquerque Eugenio, Moral de la vida y de la sexualidad, CCS, Madrid, 1998, pp.82-91
[4] Ibídem
[5] Ibídem