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sábado, 17 de septiembre de 2016

LAS CONSPIRACIONES DE LOS GUADALUPES


Virrey Francisco Javier Venegas de 
Saavedra y Rodríguez de Arenzana 


La formación de la sociedad secreta de “Los Guadalupes”


En mi trabajo previo El proceso de la independencia de México y "Los Guadalupes" de septiembre de 2015, había apuntado la conformación de esta corriente en la capital del virreinato de la Nueva España, la “muy Noble, Leal e Imperial Ciudad de México”; la cual provenía de dos veneros: el Colegio de Abogados y el Ayuntamiento de la Ciudad (vinculado al intento autonomista de 1808 de los licenciados Francisco Primo de Verdad y Ramos y Juan Francisco de Azcárate y del virrey José de Iturrigaray).

Anotaba al final de este post como <<La difusión del pronunciamiento de Miguel Hidalgo, indudablemente alegró a los novohispanos inconformes, no así la actuación sanguinaria de la chusma incontrolable que lo seguía y les planteó un dilema con dos caminos igualmente peligrosos: <<Por un lado apoyar una rebelión que les era en cierta medida ajena, no por quienes se hallaban al frente de ella sino por la composición, origen, intereses y comportamiento de los grupos rebeldes, que además se mostraba terriblemente destructiva y cuyos objetivos no estaban definidos con claridad, pero a la que quizás por esto último se podría encauzar para el logro de determinados propósitos. Por otro, aceptar indefinidamente la sujeción, la represión, el sometimiento, en espera de la ocasión adecuada. Semejante disyuntiva haría difícil la toma de una decisión. En muchos casos, llevaría a mantenerse a la expectativa e, incluso, a jugar a la vez con ambas posibilidades.

Esta indecisión se percibiría claramente al acercarse Hidalgo a la Ciudad de México a fines de octubre. Sólo unos cuantos individuos acudieron al llamado del virrey para defenderla de los insurgentes. También por ello fue que, a pesar de las simpatías con que contaba Hidalgo entre ciertos sectores capitalinos, nadie hizo nada para facilitarle la entrada “…en una ciudad que habiendo sido el foco principal de la revolución, contenía más que ninguna otra los elementos de ella”, según Alamán. Y sin duda esta actitud influyó en la retirada de Hidalgo y sus huestes. >>[1]

Anastacio Zerecero, en sus memorias afirma, que fue <<entonces cuando se fundó una sociedad secreta partidaria de la insurgencia llamada de El Águila, que se convertiría posteriormente en la de los Guadalupes. También nos informa que Antonio del Río e Ignacio Velarde –este último pariente suyo-, que salieron de México y se unieron a Hidalgo cuando este se hallaba en Las Cruces, fueron los primeros en establecer comunicaciones entre los jefes insurgentes y aquella sociedad. Para Timmons, “Aunque existe algún desacuerdo entre los distintos autores sobre cuando se originó la sociedad, probablemente se creó después del Grito de Dolores”>>[2]


Las conspiraciones de “Los Guadalupes”


Si bien el movimiento insurgente contaba con numerosos simpatizantes en la Ciudad de México, estos no gozaban de la simpatía de algunos insurgentes quienes en el Despertador Americano se referían a ellos como: “…el apático Mexicano vegeta a su placer, sin tratar más que de adormecer su histérico con sendos tarros de pulque. Como hace seis comidas al día está siempre indigesto, y como está rodeado de la mofeta de su laguna, no se le ve respirar fuego.”

No obstante, quienes sí sopesaron la realidad fueron las autoridades virreinales, que aumentaron la vigilancia, medida que sirvió para unir tanto a los inconformes como a los partidarios de la insurgencia y para convencerlos de la necesidad de guardar el secreto de sus simpatías y actividades.

<<Ante la fuerza que a poco de iniciado alcanzó el movimiento insurgente y ante la destrucción que llevó consigo, las propias autoridades coloniales, tanto seculares como eclesiásticas, así como los adictos al gobierno español, ya fueran peninsulares o nacidos en el reino, no solo de la capital sino también de las demás localidades donde había imprentas, trataron de incitar a la reflexión y a la unión. Esto se hizo por medio de numerosos sermones, exhortaciones, pláticas, alocuciones, memorias, reflexiones y discursos, que por su abundancia y reiteración vienen a demostrar, entre otras cosas, lo dividido que se hallaban los ánimos. Sin embargo, estas producciones no siempre tuvieron el éxito que esperaban, pues es buena medida no era ya el momento de reflexionar sino de actuar. Bien lo comprendió Félix María Calleja al afirmar –con cierta exageración, hay que reconocer- que por entonces cada uno de los americanos descontentos hacía uso de lo que tenía para acabar con los europeos y conseguir la independencia: “el rico sus tesoros, el joven sus fuerzas, la mujer sus atractivos, el sabio sus consejos, el empleado sus noticias, el Clero su influjo y el indio su brazo asesino”.>>[3]

La prisión de hidalgo y los demás jefes insurgentes en marzo de 1811, si bien fue un duro golpe para algunos de sus partidarios capitalinos y desanimó a muchos, que incluso quisieron reivindicarse con el régimen. Para otros terminó con cualquier indecisión y los llevó a la consideración de que no se debía esperar todo de los alzados, sino que era necesaria una participación más activa de todos los partidarios e incluso de dar un golpe de estado ellos mismos.

Un ejemplo de los que buscaron congraciarse con el gobierno, fue el caso de la autodenuncia que José Ignacio Sánchez hizo de sí mismo y de varios supuestos conspiradores –entre ellos varios miembros de Los Guadalupes- de la Ciudad de México, ante la Inquisición el 19 de abril de 1811, aunque no de una conspiración en especial.


La conspiración de abril de 2011



Por otro lado tenemos la conspiración que fue descubierta a fines de abril de 2011 en la Ciudad de México, cuya principal instigadora era Mariana Rodríguez del Toro de Lazarín. En ella podemos encontrar a Manuel Lazarín y su esposa Mariana Rodríguez del Toro de Lazarín, quienes efectuaban una tertulia la noche en que se supo en la Ciudad de México la captura de hidalgo y demás jefes. Ahí mismo ante el abatimiento de los independentistas, la enjundia de Mariana los convenció de secuestrar al virrey Venegas, para canjearlo por los insurgentes capturados. <<… Mariana ayudada de de sus dos cuñados , que eran militares, se encargó de “seducir” a los oficiales de las tropas acampadas en el Paseo Nuevo, a donde concurría el virrey Venegas todas las tardes, para que secundasen sus objetivos. Éste consistía en que “… el día convenido, a una señal, debía de proclamarse la independencia y apoderarse de la persona del virrey” […] en los planes de esta conspiración estaba “…el encerrar en la casa de locos a los oficiales que estuvieran de guardia la noche del 15 de septiembre de 1808 y a los ministros de este tribunal: porque unos y otros resistirán siempre sus perversos designios”. Los planes llegaron a estar muy adelantados, habiéndose pensado en quienes debían de sustituir a los ministros de la Audiencia y en establecer esa institución tan anhelada desde 1808 por los sectores autonomistas novohispanos: una junta de gobierno, lo que muestra que los conspiradores además de simpatizantes de la insurgencia, eran movidos por ciertos intereses autonomistas. Zerecero nos dice que; “se movió a las masas para que a la vez que se hiciera el movimiento en el campamento, se apoderasen de las demás autoridades y se echasen sobre los españoles residentes en la ciudad para que estos no pudiesen impedir la aprensión del virrey. La conspiración se generalizó de tal manera, que tomaban parte muchos eclesiásticos y comunidades enteras de religiosos que debían salir por distintas partes, con sus crucifijos, a predicar la matanza de españoles.” 

Zerecero también nos dice que el día antes de que estallase, uno de los conjurados, que según este autor se llamaba José María Gallardo y era amigo de su padre, temeroso de perder la vida en semejante empresa, se confesó con un religioso, quien fue a denunciarlo ante el virrey. Apresado este conspirador, descubrió todo lo que sabía y así fueron aprendidos los demás conjurados. Mariana fue conducida a prisión el 29 de abril. En una carta dirigida a Rayón desde México por un tal “M. P.” –al que no he podido identificar- el 7 de agosto de ese año, se dice que se había convocado cosa de dos mil hombres “…y entre ellos los principales de México repartidos en varios puntos; pero uno de éstos que se había comprometido a operar, este grandísimo pícaro, fue a hacer una denuncia tan clara, como que estaba bien impuesto de todo, el mismo día que había de ser sido…”, por lo que ya no se pudo hacer nada y fueron aprendidos setenta y dos individuos. Por fortuna muchos lograron escapar, “…de cuyas resultas se haría Morelos como de quinientos hombres lo menos, porque hasta allá no pararon” […]

Según el coronel Vicente Ruiz, fiscal de la causa, fueron tantos los que se hallaron mezclados en esta conjura, “de las principales clases del estado”, que dos años más tarde expondría al virrey que era prácticamente imposible continuar la causa que se les seguía por el gran número de implicados y por la importancia que tenían. Y para fundamentar este juicio adjunto la lista de los mismos, “debiéndose inferir que sería una progresión casi al infinito los que irían apareciendo de la expresada evacuación de citas, y de las que de ellas fueren resultando”.>> [4]

Entre las cinco personas que formarían una junta de gobierno aparece el alcalde de Corte, José María Fagoaga, el canónigo José maría Alcalá, Tomás Murphy y un licenciado Bustamante, que parece ser Carlos María, aunque este lo negó con las siguientes palabras “La conspiración de abril la tuve por una locura, porque tenían entonces los españoles muchos recursos y sistematizado su espionaje para impedir todo movimiento en México”.

Para sustituir a los ministros de la Audiencia se había pensado en el licenciado Juan Nazario Peimbert y Hernández, el canónigo Santiago Guevara, el licenciado Castillejos, Jacobo de Villaurrutia y el licenciado Manuel Argüelles. Los nombres de los cómplices aparecen encabezados por el marqués de San Juan de Rayas. Le seguían los nombres de varios nobles más como el conde de Santiago, el conde de Regla, el conde de Medina, el marqués de San Miguel de Aguayo. También aparecen como cómplices comunidades enteras de religiosos: la de San Francisco, la de Santiago, la de Santo Domingo, la de San Agustín, la de la Merced.

No se castigó con dureza a los aprendidos, debido a que eran muchos los implicados, a que pensaban que capturado Hidalgo y sus principales colaboradores, la insurgencia se extinguiría, así como el temor de que la persecución de personajes de importancia avivara el descontento general. Por ello la pena máxima que sufrieron algunos de ellos fue la prisión.


La conspiración de agosto de 2011


Paseo de la Viga

Vinieron pocos meses de relativa calma, pero al ver la relativa bondad con que se trataba a los conspiradores apresados, al mismo tiempo que se recibían noticias de los triunfos insurgentes de Morelos y del establecimiento de un reducto importante en Zitácuaro encabezado por Ignacio López Rayón, jefe del movimiento insurgente, los capitalinos se animaron a intentar otro golpe contra el gobierno virreinal, pensado para la tarde del 3 de agosto de 1811. 

La cabeza de movimiento era Antonio Rodríguez Dongo y el plan era semejante al de la conspiración de abril, es decir, la aprensión del virrey Venegas en su diaria visita, al Paseo de la Viga, él cual sería remitido de inmediato a Zitácuaro en donde se le haría que ordenase lo más conveniente para el triunfo de la insurrección. Los conspiradores de acuerdo con los insurgentes de Zitácuaro, esperarían a una partida de Zitácuaro al mando de José Alquicira. La señal de éxito del secuestro de Venegas, se haría en la capital a través de la esquila del convento de La Merced y los conjurados tomarían presos a los ministros de la Audiencia, a las autoridades principales y a otras personas distinguidas. También se apoderarían de armas de los cuarteles, poniendo en libertad a los presos para que conjuntamente con los Granaderos del Comercio tomarán el Palacio. El encargado de la organización era el licenciado Antonio Ferrer, miembro del Ilustre y Real Colegio de Abogados y empleado en el Juzgado de bienes de Difuntos, de quien dice “M. P.” ser muy su amigo.

Esta conspiración fue denunciada por tres personas: el barbero del rey Cristóbal Morante que era uno de los conjurados, Manuel Terán empleado en la Secretaria del Virreinato y una mujerzuela a la que el virrey llamaba su Malintzin.

Fueron aprendidos muchos de los conspiradores, otros advirtiendo las mañaneras disposiciones militares consiguieron escapar. Los aprendidos fueron juzgados de inmediato y a los que se considero entre los principales instigadores fueron condenado a muerte, entre ellos los cabos Ignacio Cataño y José María Ayala, Antonio Rodríguez Dongo, Félix Pineda y José María González. El licenciado Antonio Ferrer fue condenado para calmar los ánimos de los peninsulares contra los abogados que en gran número estaban comprometidos con la independencia. La ejecución de los reos se efectuó el 28 de agosto en la plaza de Mixcalco.

Entre esta conspiración y la de abril, aunque semejantes en su finalidad y en ser conocidas por mucha gente, hay una diferencia sustancial: en la de abril, el movimiento insurgente estaba aparentemente descabezado con los principales próceres en la cárcel, por lo que los conspiradores pensaron en una “junta de gobierno” capitalina. Para agosto el jefe insurgente designado por Miguel Hidalgo: Ignacio López Rayón, con una sede libre en Zitácuaro, organizaba ya una junta insurgente. Y así el 19 de agosto se celebraría una asamblea de generales insurgentes, en la que se acordaría la instalación de una “Suprema Junta Nacional Americana que, compuesta de cinco individuos, llenen el hueco de la soberanía”.


Y la Ciudad de México se convirtió en un estado policíaco


El virrey Venegas, sensible al cariz que en la Nueva España tomaba la lucha armada, así como a la actividad conspirativa en la capital, en donde el descontento con el gobierno colonial era evidente; aprovechó esta conspiración para establecer un control más radical sobre los “mexicanos”. Para ello se creó “una vigilante policía”. Pidió suscripciones para su mantenimiento y estableció un Reglamento que contó con el voto consultivo del real Acuerdo, expedido el 17 de agosto de ese año. El oidor Pedro de la Puente fue nombrado como superintendente general, José Juan Fagoaga como diputado tesorero y 16 tenientes conformaron la Junta de Policía y Tranquilidad Pública de la ciudad. <<Cada teniente debía de elaborar un padrón general de los habitantes de su tenencia en el término de tres días. En el debían de constar nombre, apellido, edad, calidad, naturaleza, estado, oficio y procedencia de cada uno de los residentes. En hojas separadas se registraría a cada familia, enumerando sus individuos, huéspedes y criados y se ordenaría este registro por calles y por número de casas, con un índice alfabético al final; a cada familia se le extendería su papeleta. El Reglamento fijaba, además una serie de restricciones: no se podía mudar de casa dentro del mismo barrio sin dar aviso a la autoridad competente, y si se mudaba de barrio debía mostrarse la papeleta. También debía darse aviso al aceptar nuevos criados, dependientes o huéspedes, así como si se deseaba pasar dos noches seguidas fuera de casa. Los mesoneros y posaderos debían informar quienes eran sus huéspedes. Se reglamentó nuevamente sobre los pasaportes, los que debían uniformarse y serían indispensables para entrar o salir de cualquier lugar, y se estableció un rígido control en las garitas. Poco después el superintendente de la Junta dio órdenes para que se controlase el correo de los particulares, ya fuera el que recibían, ya el que remitían.>>[5] Un estado soviético diríamos hoy día, aunque entonces el modelo era el estado napoleónico.


Jorge Pérez Uribe


Notas:

[1] Virginia Guedea, En busca de un gobierno alterno: Los Guadalupes de México, Universidad Autónoma de México, México, 2010, págs.44, 45
[2] Ibídem, pág.45
[3] Ibídem, pág.47
[4] Ibídem, págs.50, 51
[5] Ibídem, págs.60, 61

sábado, 26 de septiembre de 2015

EL PROCESO DE LA INDEPENDENCIA DE MÉXICO Y "LOS GUADALUPES"


Logo usado por Los Guadalupes para identificarse



Preámbulo


De la sociedad secreta de Los Guadalupes, puede no ser mucho lo que se conoce, sin embargo su huella es visible en el proceso de la Independencia de México. Podría en las siete cuartillas de este trabajo haber resumido su actuación con algunos nombres y fechas, pero no habrían quedado claros ni su origen, ni su participación.

La historia de México se enseña a saltos, destacando sus batallas o a ciertos personajes. Así hay enormes huecos entre el movimiento autonomista de 1808 y el movimiento armado de 1810, encabezado por Hidalgo, y de ahí brincamos a la figura de Morelos. En mi post “El mando insurgente tras la captura de Miguel Hidalgo” quise subsanar el hueco dejado entre Hidalgo y Morelos y reivindicar el liderazgo de Ignacio López Rayón, en cuya época se manifiesta plenamente ésta sociedad secreta. Ahora busco subsanar el hueco existente entre los movimientos de 1808 y 1810 y principalmente ofrecer a ustedes como se reescribe la historia de la Independencia bajo la pluma de la doctora Virginia Guedea, investigadora por excelencia de Los Guadalupes. Serán testigos de cómo el proceso de la independencia se dio de una manera natural y lógica, evolucionando de acuerdo a las circunstancias y sin ninguna interferencia externa.


Este trabajo se referirá exclusivamente al proceso de gestación de esta sociedad, y en posterior análisis expondré ya su actuación durante la lucha de Independencia.


Introducción


Desconocido por muchos, minimizado por otros, el grupo secreto de Los Guadalupes que funcionó en la Ciudad de México durante los inicios de la lucha de independencia, ha querido ser reivindicado por la masonería como suyo, pero la verdad es que antes que una sociedad secreta, fue una corriente de pensamiento y de voluntad de los criollos novohispanos y de algunos mestizos y peninsulares que la compartieron. Ignorado por la “historia oficial” de los regímenes emanados de la “revolución mexicana”, fue un movimiento importante que puso en jaque al virreinato y a sus instituciones, que tuvo sus propias conspiraciones, aunque abortadas y que finalmente prestó una ayuda invaluable a nuestros “Padres de la Independencia” Miguel Hidalgo y Costilla, Ignacio López Rayón y José María Morelos.

Años después, muchos de sus miembros, se adhirieron al movimiento encabezado por Agustín de Iturbide y algunos de ellos signaron el Acta de Independencia del 28 de septiembre de 1821, aunque los detractores de Iturbide -en su ignorancia- los señalen como amigos e incondicionales del consumador de la Independencia de México.


El proceso de emancipación de la Nueva España


Absurdo sería suponer que este proceso se inició en las tertulias celebradas en la casa del Corregidor de Querétaro don Miguel Ramón Sebastián Domínguez Alemán y con el posterior grito de independencia dado en la madrugada del 15 de septiembre de 1810. El proceso de emancipación fue un proceso lento, generado a través de los tres siglos que duró la Colonia. Fue un proceso de formación de un pueblo nuevo, de maduración de los novohispanos, que inicialmente aspiraron a la autodeterminación y posteriormente a la total independencia del Imperio Español para formar un Estado nacional.

A muchos sorprenderá, que por siglos, -una vez terminada la conquista de los territorios descubiertos-; no hubo un ejército en la Nueva España, simplemente porque no se le necesitaba. Fue el monarca absolutista Carlos III (1759-1788) quien mediante las llamadas “Reformas Borbónicas” decretó la creación de un ejército en las colonias, que a pesar de todo no llegó a ser muy numeroso.

La dinastía de los Borbones, que sustituyó a la Casa de los Austria a partir del año 1700, con sus Reformas, impuso graves cargas impositivas y financieras a los novohispanos y a los americanos de todas las colonias españolas, además de que lastimó sus creencias y sentimientos con la expulsión de los Jesuitas en 1767, lo que llevaría a un descontento que afloraría políticamente a partir de 1808.

Finalmente está la coyuntura que representó la invasión de Napoleón a España en 1808 y la subsecuente abdicación forzada de Carlos IV y Fernando VII, lo que llevó a la formación de Juntas Soberanas de Gobierno, -en las que recaía el poder ante la ausencia del rey- tanto en España como en América.


El antecedente autonomista de 1808


Fueron los letrados criollos del Ayuntamiento de México: licenciados Francisco Primo de Verdad y Ramos y Juan Francisco de Azcárate, quienes sesión del 19 de julio de 1808, propusieron la reunión de una junta de autoridades que se ocupase de defender el reino del peligro francés y que llenase el hueco existente entre las autoridades novohispanas y la soberanía. Así pues “el Ayuntamiento de México se convirtió en portavoz de aquellos sectores criollos capitalinos cuyos intereses no tenían mayores ligas con la metrópoli y que en una u otra forma se hallaban descontentos, presentándoles una alternativa de acción concreta. El virrey José de Iturrigaray (1803-1808), se sintió atraído por la propuesta del Ayuntamiento y la apoyó, iniciando una serie de sesiones para determinar la forma de ponerla en práctica. Por su parte los ministros de la Audiencia de México –con excepción del Alcalde de Corte, el criollo, Jacobo de Villaurrutia- se opusieron, dando un golpe de estado la noche del 15 de septiembre, apresando al virrey. En ello fueron encabezados por el hacendado peninsular Gabriel del Yermo, con la anuencia de la mayoría de ministros de la Audiencia, del arzobispo Francisco Javier de Lizana y Beaumont y del inquisidor Isidro Sáinz de Alfaro. Para la aprehensión del virrey, sus captores habían constituido un llamado cuerpo de Voluntarios de Fernando VII, el cual previamente había adquirido gran prepotencia y que se convirtió en el guardián del nuevo orden.

Se declaró a Iturrigaray separado del mando, nombrándose en su lugar al mariscal de campo Pedro Garibay. Los licenciados Francisco Primo de Verdad y Ramos y Juan Francisco de Azcárate, conjuntamente con el mercedario fray Melchor de Talamantes, el canónigo José Mariano Beristáin y el auditor de guerra, licenciado José Antonio del Cristo y Conde, fueron puestos en prisión. Este último sería después reconocido como miembro del grupo de Los Guadalupes.

Este intento de participar legalmente en la conducción de la vida política y su represión por un puñado de peninsulares, que actuaron con cautela y sigilo, parece ser que fue lo que llevó a los novohispanos a seguir el camino del secreto y la conjura, pero también les hizo comprender la posibilidad de la independencia y su poder para sostenerla.

Carlos María de Bustamante afirma que: “Desde aquel momento y por tan escandalosa agresión quedaron rotos para siempre los lazos de amor que habían unido a los españoles con los americanos”


Los viveros de Los Guadalupes


<<Fueron dos instituciones capitalinas que en un principio y de manera formal, facilitaron a los Guadalupes su eventual integración. Una, el Colegio de Abogados, del que eran miembros muchos de ellos y cuyo sentido de corporatividad reforzó la cohesión que les brindaba el lazo de su profesión. La otra el Ayuntamiento de la Ciudad, del que algunos de ellos fueron también miembros y cuyos esfuerzos por alcanzar una mayor participación en la vida pública de la Nueva España atrajeron y articularon los intereses autonomistas de numeroso criollos capitalinos.>>[1]


El virreinato de Pedro de Garibay (16 de septiembre de 1808 al 19 de julio de 1809)


<<Fue la suya una época muy propicia a la inquietud y al desasosiego, tanto por los sucesos que habían provocado su elevación al puesto más alto del virreinato y que despertaron bastantes y bien fundadas dudas sobre su legitimidad, como por la situación tan crítica en la que se hallaba la propia España. La metrópoli parecía incapaz de mantener el control sobre su vasto imperio; mucho más de ocuparse de su defensa.

El corto periodo de Garibay, que debió ser de pacificación y conciliación, lo fue de discordia y división. El influjo y preponderancia que durante los primeros meses de su gobierno alcanzaron los peninsulares golpistas, así como la injerencia de la Audiencia en todas las decisiones de gobierno, no hicieron más que avivar el rencor y el desconcierto de numerosos criollos capitalinos, que veían a sus agresores dueños por completo de la situación.>> [2]

El virrey temeroso tanto de los golpistas que lo habían nombrado como de los militares criollos que había servido bajo el gobierno de Iturrigaray, -inconformes con su prisión- dispuso la disolución del Cantón de tropas que existía en Jalapa[3], así mismo dispuso la disolución del cuerpo de Voluntarios de Fernando VII, lo que molestó muchísimo a sus integrantes.

Hubo algunos inconformes como el capitán Joaquín Arias que intentó liberar a Iturrigaray o protestas de algunos peninsulares que consideraron ilegal lo ocurrido, como las del coronel Joaquín Colla o las del mayor Martín Ángel Michaus, ambos del Regimiento de Comercio de México. Sin embargo la mayoría permaneció en aparente pasividad, por temor a persecuciones o sanciones de otra índole. Pero en el fondo, se empezó a tomar conciencia de la imposibilidad de lograr un cambio por la vía legal, así como de la efectividad de los peninsulares que con pocos individuos había podido deponer y apresar a la máxima autoridad, gracias a la cautela y sigilo de su proceder, es decir, mediante el camino del secreto y la conjura.

Señal del descontento fueron los numerosos pasquines, cedulitas y otros escritos anónimos que se repartían y fijaban. No se conoce en esta época aún la existencia de un grupo o un plan de acción definido, ya que las expresiones se hacían de manera individual.

La actuación de Garibay tampoco satisfizo a los golpistas, quienes pidieron a las autoridades de la metrópoli su relevo, solicitando una persona enérgica y capaz, así como el envío de tropas suficientes para sostener el control peninsular.

Mientras tanto en España, a partir del 25 de septiembre de 1808, se había logrado instalar en Aranjuez una Suprema Junta Central Gubernativa del Reino, misma que fue reconocida por las autoridades novohispanas y a la que se enviaron cuantiosos auxilios en efectivo. Para conseguir el apoyo de los dominios que constituían la monarquía, el 22 de enero de 1809 se emitió un decreto que reconocía que los reinos americanos debían tener una participación en ella. Este decreto dado a conocer en la ciudad de México el 15 de abril del mismo año, venía a avalar las pretensiones que en 1808 había sostenido el Ayuntamiento de México de ser parte integrante de la monarquía española y no meramente una colonia. Por otra parte al designar a los ayuntamientos de las capitales de provincia el proceso de elección de candidatos, reconocía que era en estas instituciones en quienes residía la representación de las provincias del reino. Este decreto vino pues, a abrir a los novohispanos una vía de participación política, que parecía cancelada con el golpe de 1808 y reavivó las esperanzas de los autonomistas.

Otra preocupación de la Suprema Junta era defender los territorios de ultramar, no tanto de una invasión armada de los franceses, sino más bien de la infiltración de agentes subversivos enviados por Napoleón.


El virreinato de Francisco Javier de Lizana y Beaumont (19 de julio de 1809 al 8 de mayo de 1810)


La Suprema Junta Central, con fundamento en los informes recibidos desde la Nueva España Y buscando restablecer la armonía en ella, nombró como virrey al arzobispo de México Francisco Javier de Lizana y Beaumont, quien tomó posesión el 16 de julio de 1809. Su actitud como virrey iría con la que le correspondía como obispo, lo que no satisfizo a los peninsulares golpistas.

<<La actitud benevolente de Lizana fue percibida por todos los novohispanos y varios de ellos como José Beye de Cisneros, reconocieron que obró “…con imparcialidad, sin distinción entre Europeos y Americanos”. Sin embargo para los novohispanos descontentos el arzobispo-virrey no dejaba de ser una más de las autoridades que habían apoyado el golpe peninsular, por lo tanto opuesta a sus intereses y cuyos intentos de conciliación no les parecían mucho de fiar. Por ello consideraron a su gobierno como el momento propicio, no ya para zanjar diferencias, como Lizana pretendía, sino para organizarse con más calma y eficiencia para lograr sus aspiraciones. tanto fue así, que durante su gestión surgió el primer movimiento organizado en contra del régimen que encontramos después del golpe de estado de 1808, la conspiración llamada de Valladolid, planeada por un grupo de criollos descontentos, partidarios de alcanzar una mayor autonomía, que intentaban cambiar el estado de cosas>>[4]

Una de las preocupaciones de Lizana fue defender al territorio de una invasión francesa y para ello reinstaló el Cantón de Jalapa, formó nuevos cuerpos de milicias y concentró tropas en San Luis Potosí. Varios novohispanos compartieron esta inquietud, entre ellos habría que mencionar a futuros “Guadalupes” como el licenciado Juan Nazario Peimbert y Hernández quien propuso a Lizana la creación de un ejército de 200,000 indígenas que se llamaría “El Irresistible de Naturales Voluntarios de Fernando VII”. También el gobernador de la parcialidad de San Juan, Dionisio Cano y Moctezuma (futuro Guadalupe), ofreció a los indios a su cargo para participar en la defensa del reino, pero ningún de estas propuestas fue aceptada por Lizana.


La conspiración de Valladolid (septiembre a diciembre de 1809


Entre los conjurados se encontraban militares, eclesiásticos, abogados y propietarios cuya finalidad era evitar que la Nueva España fuera entregada a los franceses por los peninsulares que aquí residían. Para ello planeaban establecer una junta que gobernase a nombre del rey si la península era sometida por los franceses. Su objetivo si bien era similar al del ayuntamiento de México de 1808, en su ejecución era totalmente distinto, ya que el secreto, el actuar en sigilo, eran ahora fundamentales. Así mismo se pensaba ahora en un golpe de fuerza mediante el apoyo de grandes grupos armados, para lo cual contaban con el regimiento provincial de infantería, con los piquetes comandados por Michelena y Quevedo y con los indios de los pueblos aledaños.

Las cabezas eran el capitán José María García Obeso, el teniente José Mariano de Michelena, y el franciscano fray Vicente de Santa María, pero aparecen nombres interesantes como el de Antonio Cumplido, quien junto con José María Morelos y José María Liceaga integraría el poder ejecutivo en septiembre de 1815. Se menciona aunque sin pruebas suficientes a Ignacio Allende, Mariano Abasolo y al mismísimo Agustín de Iturbide.

La conspiración fue denunciada por Luis Gonzaga Correa uno de los conjurados, apresándose a muchos de ellos, los que fueron tratados con mucha suavidad, gracias a la actitud benevolente del obispo-virrey. Su abogado defensor fue Carlos María de Bustamante, a quien se relaciona con Los Guadalupes.

Finalmente los comerciantes de la Nueva España intercedieron a través de los comerciantes de Cádiz que integraban la Junta para que fuese removido el arzobispo Lizana. La Regencia del Reino, -recién instalada- así lo hizo y en su lugar nombró a la Audiencia de México.


El gobierno de la Audiencia de México (8 de mayo al 14 de septiembre de 1810)


La Audiencia de México constituía el más firme apoyo de los peninsulares, lo que la había llevado a apoyar el golpe de estado de Gabriel del Yermo. Por esta razón se identificaba ya con un grupo minoritario y era vista con suspicacia por la mayoría de los novohispanos. Por otra parte en la misma Audiencia existían desacuerdos a raíz de la prisión de Iturrigaray.

<<Los criollos descontentos continuaron buscando la manera de alcanzar una mayor participación política y algunos de ellos fueron ya más lejos al pretender excluir del poder a los europeos. El gobierno de la Audiencia fue, pues un periodo de preparación, de incubación en el que esperaban de un momento a otro poder lanzarse a una acción decisiva. “En el poco tiempo que la Audiencia gobernó, iba tomando más cuerpo el mal que todos los días se hizo más y más terrible. No hubo estado, ni clase de la sociedad que no se iba inficionando de aquel veneno”, diría Salaverría algunos años después […] A pocos días de encargarse la Audiencia del gobierno de la Nueva España dio a conocer en la ciudad de México el decreto, dado por la regencia el 14 de febrero de 1810, que establecía que los dominios españoles de América y Asia debían tener representación en las Cortes que próximamente se celebrarían en la península. Para ello ordenaba proceder de inmediato a la elección de sus representantes, la que debía hacerse por medio de los ayuntamientos de las capitales de las provincias. Se dio paso a su cumplimiento desde luego y a finales de 1810 y principios de 1811 los diputados propietarios por la Nueva España tomaron posesión en las Corte generales y extraordinarias instaladas en la Isla de León desde el 24 de septiembre de 1810.>>[5]

Si bien este proceso vino a reafirmar los sentimientos autonomistas de muchos novohispanos y a abrirles una nueva vía de participación política, estos ya tramaban una nueva conspiración contra el régimen virreinal, puesto que ya habían perdido la confianza de lo que se hacía en España para mejorar su suerte. <<En vez de esperar de la metrópoli la solución de sus problemas consideraron mejor actuar concentrados en sus propias fuerzas. Mier describe dramáticamente el momento: “Sí, la ira estaba ya atesorada: los sucesos de España no han prestado sino la ocasión favorable de sacudir el yugo insoportable: la persecución de los criollos por los oidores encendió la mecha, la impericia, parcialidad e injusticia del gobierno de España la sopló: vamos a ver como se aplicó a la mina, y resulto por fin la explosión.”>>


El virreinato de Francisco Xavier Venegas de Saavedra y Rodríguez de Arenzana (14 de septiembre de 1810 a 4 de marzo de 1813)


Obviamente el gobierno de la Audiencia de México fue temporal. La Regencia del Reino designó como virrey a Francisco Xavier Venegas, militar destacado en la península en su lucha contra los franceses. Venegas desembarcó en Veracruz a mediados de agosto y tomó posesión unas horas antes de que el cura Miguel Hidalgo se lanzara a la rebelión. Es más el mismo día 15 de septiembre el virrey celebró una junta en Palacio, para dar a conocer a las nuevas autoridades, las gracias otorgadas a los donantes y la solicitud de envío de nuevas remesas a la península.

La difusión del pronunciamiento de Miguel Hidalgo, indudablemente alegró a los novohispanos inconformes, no así la actuación sanguinaria de la chusma incontrolable que lo seguía y les planteó un dilema con dos caminos igualmente peligrosos: <<Por un lado apoyar una rebelión que les era en cierta medida ajena, no por quienes se hallaban al frente de ella sino por la composición, origen, intereses y comportamiento de los grupos rebeldes, que además se mostraba terriblemente destructiva y cuyos objetivos no estaban definidos con claridad, pero a la que quizás por esto último se podría encauzar para el logro de determinados propósitos. Por otro, aceptar indefinidamente la sujeción, la represión, el sometimiento, en espera de la ocasión adecuada. Semejante disyuntiva haría difícil la toma de una decisión. En muchos casos, llevaría a mantenerse a la expectativa e, incluso, a jugar a la vez con ambas posibilidades.

Esta indecisión se percibiría claramente al acercarse Hidalgo a la ciudad de México a fines de octubre. Sólo unos cuantos individuos acudieron al llamado del virrey para defenderla de los insurgentes. También por ello fue que, a pesar de las simpatías con que contaba Hidalgo entre ciertos sectores capitalinos, nadie hizo nada para facilitarle la entrada “…en una ciudad que habiendo sido el foco principal de la revolución, contenía más que ninguna otra los elementos de ella”, según Alamán. Y sin duda esta actitud influyó en la retirada de Hidalgo y sus huestes […] Zerecero nos dice que a la llegada de Hidalgo cerca de México estos partidarios actuaban sin orden ni concierto y que al retirarse las tropas insurgentes comenzaron ya a tratar de organizarse. Según él, fue entonces cuando se fundó una sociedad secreta partidaria de la insurgencia llamada de "El Águila", que se convertiría posteriormente en la de "Los Guadalupes". También nos informa que Antonio del Río e Ignacio Valverde –este último pariente suyo-, que salieron de México y se unieron a Hidalgo cuando éste se hallaba en Las Cruces, fueron los primeros en establecer comunicaciones entre los jefes insurgentes y aquella sociedad. Para Timmons, “Aunque existe algún desacuerdo entre los distintos autores sobre cuando se originó la sociedad, probablemente se creó después del Grito de dolores”. Con lo anterior coincide Ernesto de la Torre, al afirmar que, “La formación de este grupo debió partir de la existencia de diversos núcleos comprometidos en el movimiento de 1810, los cuales trataron de apoyarlo de diversas formas. Por desgracia Zerecero no nos da mayor información sobre la manera en que esta agrupación inició sus trabajos. Tampoco la dan los otros autores mencionados. Por mi parte, no he encontrar nada que confirme estas aseveraciones.>>[6]



Jorge Pérez Uribe



[1] Virginia Guedea, En busca de un gobierno alterno: Los Guadalupes de México, Universidad Autónoma de México, México, 2010
[2] Ibídem
[3] En este Cantón entablaron amistad el capitán José Mariano de Abasolo y el capitán Ignacio María de Allende y Unzaga, también participarían el capitán José María García Obeso, el teniente José Mariano de Michelena y el subteniente Agustín de Iturbide.
[4] Ibídem
[5] Ibídem
[6] Ibídem

martes, 15 de septiembre de 2015

SE REESCRIBE LA HISTORIA DE MÉXICO A PARTIR DE SU INDEPENDENCIA





Jorge Pérez Uribe


El paradigma de la Independencia nacional



Por décadas padecimos una historia oficial circunscrita a un paradigma[1] que era el marco de pensamiento que sostenía a los regímenes políticos “emanados de la revolución mexicana” y que dieron origen al Partido Nacional Revolucionario, posteriormente al Partido de la Revolución Mexicana y finalmente al Partido Revolucionario Institucional (PRI). Este grupo político gobernó a México por 71 años, bajo un sistema corporativo inspirado el fascismo de Mussolini y con un sistema electoral ad hoc, que permitía la “aplanadora del “partido oficial” y que fue conocido como el priiato. 

Fundamental dentro de este grupo era el control de las mentes y de la cultura, por lo que la Secretaría de Educación Pública, creada por el humanista José Vasconcelos, -que a la postre sería el gran enemigo de éste grupo-, fue adaptada como el instrumento para moldear la mente de las nuevas generaciones. Para ello se creó el “libro de texto único” en el cual se cambió la palabra de “único” por la de “gratuito”. Se conformó un grupo de artistas y literatos -que generosamente retribuidos por el gobierno- contribuirían al fortalecimiento de la ideología revolucionaria, entre ellos figuran los “genios" del muralismo mexicano.


Las generaciones posteriores a la revolución mexicana y a la institución del partido hegemónico resultante de la misma, fuimos educados –gracias a la Secretaría de Educación Pública y al libro de texto único- dentro de ciertas ideas que llegaron a ser verdaderos dogmas históricos. Se seguía la “antítesis liberalismo versus absolutismo”. Quién osara disentir de ellos era marginado, dentro de las instituciones académicas, editoriales y colegiadas que controlaba el todopoderoso sistema político del Estado Mexicano.

Uno de los dogmas históricos de esta enseñanza es que los padres de la independencia eran lectores asiduos de los ideólogos y próceres de la Revolución Francesa, así como su pertenencia a logias masónicas, en dónde habrían abrevado las nociones de libertad, igualdad e independencia; y gracias a las cuales se obtuvo finalmente la independencia. Este dogma era fundamental ya que en el sustrato del sistema revolucionario liberal, los postulados de la revolución francesa y del jacobinismo eran fundamentales, además de que las logias masónicas gozaban de una gran influencia dentro del partido de Estado y las instituciones del gobierno, incluyendo las fuerzas armadas.


El “descubrimiento” de un amante de la historia nacional


Inicié mi inmersión sistemática dentro de nuestra historia colonial e independiente, en el año de 2009 dentro del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), entonces bajo la dirección del licenciado Luis Manuel Villalpando, considerado por el sector oficial como conservador, (aunque he conocido pocos historiadores con la devoción que él profesa a Benito Juárez y a otros liberales, así como el repudio que ostenta frente a Agustín de Iturbide). Como quiera que sea, desmarcó al INEHRM del control ideológico de la “Revolución Mexicana”.

Se acercaba el bicentenario de nuestra independencia que se celebraría en 2010, así es que en el segundo bimestre de 2009, el INEHRM ofreció el curso sobre “La Nueva España borbónica preludio de la Independencia”. En 2010 se ofrecieron dos cursos semestrales sobre “La Independencia de México 1810-1821”. Posteriormente siguieron cursos sobre el Siglo XIX, EL Siglo XX. También me incorporé a los cursos ofrecidos por la Academia Mexicana de Historia. 

Esta inmersión me llevó a conocer a la nueva generación de historiadores (ya conocía a la vieja generación conformada por Jean Meyer, Enrique Krauze, Josefina Zoraida Vázquez, Javier Garciadiego, Ernesto de la Torre Villar (qepd), etc.). También descubrí una amplia bibliografía –desconocida para mí hasta entonces-. Quizá lo más importante fue participar de sus inquietudes e investigaciones. Fue así como percibí que estos nuevos historiadores e investigadores (doctores en su mayoría) estaban reescribiendo la Historia Nacional, libre ya de prejuicios y dogmas de la ideología post revolucionaria, en forma callada, pero eficiente y científica.



La reescritura de la historia nacional


Es en los 90´s, cuando aparece una nueva generación de jóvenes historiadores, distinta a la anterior. Estos nuevos historiadores libres del paradigma mencionado, buscan la verdad histórica en las evidencias, en la documentación existente. Si no hay evidencia histórica sustentable se desechan las suposiciones y así se afirma “hasta la fecha no hay evidencia histórica de esto o de lo otro”.


También a partir de esta década se da la proliferación de escritores pseudo historiadores como Francisco Martin Moreno, José Luis Trueba Lara, Paco Ignacio Taibo II o Sara Sefcovich. Algunos de ellos gozan de un gran éxito literario, explotando las filias y fobias de la juventud actual.

Los nuevos historiadores son más científicos que novelistas, y han decidido sumergirse por años en El Archivo General de la Nación, en los Archivos de Indias de Sevilla, en los de la Universidad de Austin, Texas, en la Biblioteca del Senado de los Estados Unidos, etc.



Estos historiadores se han ganado mi respeto no nada más por su sapiencia, sino por su honestidad intelectual y humildad, demostrada al no querer hacer afirmaciones fáciles y suposiciones aventuradas frente a lo no demostrado y que contrasta con la soberbia del “historiador de cafetería” o de “sobremesa” al que todos conocemos cuya fuente es alguna novela o distorsionada película, a la que defiende como la “verdad absoluta”, sin mayores argumentos.



Habla la nueva generación de historiadores


<<El primer cambio fundamental que llevó a la formulación de nuevas interpretaciones y la ampliación de las temáticas fue la reconsideración sobre el pensamiento político que alimentó el proceso de emancipación. La historiografía tradicional, heredada del liberalismo decimonónico, presentaba a la independencia como resultado de las ideas de la Ilustración, y en particular de la filosofía francesa; pero desde hace poco más de cincuenta años ese planteamiento comenzó a ser cuestionado. Alfredo Ávila relata cómo diversos autores, en particular Luis Villoro, recuperaron la filiación teológica, la importancia del saber jurídico y del constitucionalismo histórico en los pensadores novohispanos y próceres de la independencia como Hidalgo y Morelos. Después el estudio del pensamiento político de la emancipación tuvo un receso de aproximadamente dos décadas, y ha sido recuperado en fechas recientes, con trabajos interdisciplinarios y metodologías novedosas —que incorporan propuestas de la nueva historia intelectual y campos de estudios más amplios—. Estos análisis han procurado localizar no sólo las rupturas sino también las continuidades del proceso; han evidenciado que de un “sustrato cultural común” podían surgir posiciones políticas muy distintas (p. 42); y sobre todo, han redimensionado el impacto de las ideas, al mostrarlas como hechos históricos en sí mismos, que por una parte dependen del contexto, las circunstancias y la forma en que son enunciadas, y por otra inciden directamente en los acontecimientos y en la toma de decisiones políticas

Colocar dentro de la tradición hispánica las ideas de los novohispanos que participaron en la independencia favoreció que hechos antes entendidos simplemente como antecedentes del movimiento ahora se consideren parte integral del mismo. Así, prácticamente en todas las áreas de la disciplina se concede mayor importancia a los acontecimientos ocurridos en la metrópoli a partir de 1808, a las reacciones que despertaron en los miembros del Ayuntamiento de México y al movimiento en contra del virrey Iturrigaray. Como menciona Alfredo Ávila, ese momento fue un punto de quiebre, que colocó a los actores políticos y sociales frente a una realidad que seguramente hasta ese momento les era desconocida: el presente y el futuro estaban en sus manos, no en un orden preestablecido.>>[2]





El regreso del Partido Revolucionario Institucional (PRI) al gobierno de la República.


EL 1° de diciembre de 2012 regreso el PRI al gobierno de la República, tras doce años de ausencia en que gobernó el Partido Acción Nacional. Con el PRI regresó al INEHRM la “vieja guardia” de la historia representada por la Dra. Patricia Galeana Herrera, esposa de otro conocido político de la “Revolución Mexicana”, Diego Valadés Ríos, -Procurador General de Justicia del Distrito Federal, Procurador General de la República y Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación-, entre otros cargos desempeñados durante el priiato.

La Dra. Galeana, actual directora del INEHRM es fiel observante del paradigma comentado. A su decir, es relatora de la logias masónicas y quizá por ello sostiene que Miguel Hidalgo y Costilla fue iniciado en la masonería en el callejón de “Las Ratas”. Al respecto la nueva generación está de acuerdo en que la masonería es introducida en Nueva España hacia 1812, traída por las tropas expedicionarias que venían a combatir a los insurgentes. Los historiadores como la Dra.Galeana, además pasan por alto, lo selectivo y la observancia del prejuicio de las castas de los primeros masones que llegaron a Nueva España, que no nada más rechazaban a las mujeres, sino a todo aquél que no fuera español nacido en España (peninsular), por lo que un criollo como Hidalgo sería rechazado inmediatamente y qué decir de un mulato como Morelos.

Por su parte los historiadores españoles afirman que en España, siempre existió poco interés en la masonería y que su fundación se debió a una carta en donde un grupo de ciudadanos británicos residentes en España solicitaban la constitución oficial de una logia en Madrid, la cual se recibió en la Gran Logia de Inglaterra el 17 de abril de 1728. Sin embargo ésta fue fue borrada en 1768 por falta de actividad. En 1729, la logia Saint John of Jerusalem solicitaba el permiso para su constitución en Gibraltar. Los historiadores consignan que en 1750, 1755 y 1772, otros grupos de ciudadano extranjeros intentaron crear logias en Madrid, Barcelona y Cádiz.

Para empeorar la situación de la masonería en España, el 20 de abril de 1738, el papa Clemente XII condenó de forma rotunda a los francmacons o Liberi muratori en su bula In eminenti, con castigo de excomunión. Ese mismo año, el 11 de octubre, Andrés de Orbe y Larreategui, Inquisidor general en España, emitía el edicto de prohibición sobre la Orden del Gran Arquitecto a todos los tribunales del Santo Oficio.


Podemos afirmar que la masonería existió sólo en forma latente en España y se reactivó con la invasión de Napoleón a España en 1808, gracias a las poderosas logias francesas, que paradójicamente, se difundieron entre los militares que luchaban contra Napoleón y de aquí fueron llevadas a Nueva España por las tropas enviadas a combatir a los insurgentes.

No obstante lo anterior la reescritura de la historia es un proceso que ya no se detendrá y cuyo proceso se advierte en los ciclos de conferencias que imparte la Academia Mexicana de Historia, en las investigaciones que se vienen realizando, así como en las recientes publicaciones de la nueva generación.

Connotados miembros de este movimiento son los Doctores en Historia: Virginia Guedea, Guadalupe Jiménez Codinach, Ana Carolina Ibarra, Jaime del Arenal Fenochio, Rafael Estrada Michel, Alfredo Ávila, y Gerardo Lara Cisneros, entre otros.

En el próximo post referido al movimiento de Los Guadalupes, se podrá apreciar plenamente este nuevo enfoque de nuestro movimiento de Independencia



[1] Teoría cuyo núcleo central se acepta sin cuestionar y que suministra la base y modelo para resolver problemas y avanzar en el conocimiento; p. ej., en la ciencia, las leyes del movimiento y la gravitación de Newton y la teoría de la evolución de Darwin. R.A.E 

[2] Alfredo Ávila y Virginia Guedea (coordinadores), La independencia de México, temas e interpretaciones recientes, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 2007, 257 p


miércoles, 22 de octubre de 2014

LA CONSTITUCION DE APATZINGÁN DE 1814


“DECRETO CONSTITUCIONAL PARA LA LIBERTAD DE LA AMERICA MEXICANA” 
sancionado en Apatzingán el 22 de octubre de 1814



I. Antecedentes constitucionales en el movimiento de Independencia



I.I La idea de un congreso en Miguel Hidalgo y Costilla



El movimiento de independencia iniciado la madrugada del 16 de septiembre de 1810, por el cura Miguel Hidalgo y Costilla, el capitán Ignacio de Allende, Juan Aldama y otros, no pudo estabilizarse y por tanto aspirar a convocar un congreso constituyente que formulara una nueva constitución. Aunque, el 15 de diciembre de 1810, Hidalgo publicó un manifiesto en la ciudad de Guadalajara en el que propone la creación del Congreso Nacional; al analizar el documento podemos observar que salvo el último párrafo, el resto del documento es una respuesta a las acusaciones a las que había sido sometido Don Miguel y su movimiento en el citatorio que le dirigió la Inquisición de la Nueva España. En el mencionado párrafo se habla de establecer un Congreso, pero más como un bello deseo que como una real intención: <<Establezcamos un Congreso que se componga de representantes de todas las ciudades, villas y lugares de este reino, que teniendo por objeto principal mantener nuestra santa religión, dicte las leyes suaves, benéficas y acomodadas a las circunstancias de cada pueblo. Ellos entonces gobernarán con la dulzura de padres, nos tratarán como a sus hermanos, desterrarán la pobreza moderando la devastación del reino y la extracción de su dinero, fomentarán las artes, se avivará la industria, haremos uso libre de las riquísimas producciones de nuestros feraces países y a los pocos años, disfrutarán sus habitantes de todas las delicias que el soberano autor de la naturaleza ha derramado sobre este vasto continente>>.



I.II La Suprema Junta Nacional Americana 


<<El 13 de julio, Rayón ya tenía pensado formar una junta nacional con autoridad suprema, pues así lo hizo saber por oficio a José María Morelos. Se celebró una asamblea de generales insurgentes el 19 de agosto, en la que se acordó la instalación de una “Suprema Junta Nacional Americana que, compuesta de cinco individuos, llenen el hueco de la soberanía”. De este modo se ponía en práctica una tesis original de la segunda escolástica, la cual sostenía que el poder de los monarcas surge del pueblo y, en caso de estar ausentes, regresa al pueblo como su depositario original. Resultaron electos como vocales Rayón, en carácter de presidente, Liceaga, y el teólogo José Sixto Berdusco, cura de Tuzantla y apoderado de Morelos, de quien fue compañero desde los días del seminario. Hecha la protesta por los vocales, se solemnizó la ceremonia “con juramento de fidelidad al rey don Fernando VII”. A los pocos días se invitó a Morelos para participar como cuarto vocal. Las facultades de la Junta de Zitácuaro serían muy similares a las de la Junta Suprema Central Gubernativa creada en la Península en 1808, pues su función principal, además de gobernar, sería administrar justicia y constituirse como una especie de secretaría de guerra, que también fabricó moneda y trazó un plan de reformas fiscales.>>[1]


La Junta instituida el 19 de agosto de 1811 se conoció como Junta de Zitácuaro, Suprema Junta Nacional Americana o Suprema Junta Gubernativa de América. También se le conocería como Congreso o Supremo Concejo. A esta junta fueron convocados 13 jefes guerrilleros como representantes de las provincias con la finalidad de designar a cinco miembros, aunque finalmente solo se eligieron tres, y posteriormente fue agregado Morelos como cuarto vocal.

El primer antecedente constitucional del movimiento de Independencia lo vamos a encontrar en el Primer Proyecto Constitucional para el México Independiente Elementos de la Constitución elaborado por Ignacio López Rayón, presentado en Zinacantepec, el 30 de abril de 1812. 

Compuesto únicamente por 38 puntos comprende ya una parte dogmática y otra orgánica. Estos elementos estuvieron vigentes de abril de 1812 a mayo de 1813.


Historiadores como el Dr. Carlos Herrejón Peredo, consideran que el proyecto constitucional de Rayón tiene relación con la Constitución de Cádiz del 19 de mayo de 1812, ya que existió un proyecto de la “Pepa” en la Nueva España, que pudo haber sido conocido por Rayón; aunque el texto definitivo de la “Pepa” fue posterior a los Elementos de la Constitución.



Se crean instituciones como el Consejo de Estado, Protector de la Nación, Capitanes Generales y un Generalísimo.


El reconocimiento al monarca español era semejante al de la Comonwealth actual y aunque Rayón nunca convocó a un Congreso si se hablaba de él. Atinadamente la Junta concentró en ella los tres poderes y al nombrar tres Capitanes Generales, transfirió a cada uno de ellos los tres poderes. Posteriormente al nombrase a Morelos como vocal, se le otorgó también el título de Capitán General.

En agosto de 1813, desde Puruándiro, Rayón anunció la agonía de la Junta ante la ambición personal de sus integrantes: “olvidad, ciudadanos, el melancólico cuadro que ofrece la historia de la Junta de Zitácuaro, casi disuelta ya a impulsos de tramas execrables y pasiones fermentadas por la torpeza y la intriga”[2]


I.III Morelos y el Congreso de Anáhuac



Ante la virtual desaparición la Junta de Zitácuaro, Morelos surge como el gran caudillo de la Independencia. Urgido por Carlos María de Bustamante, quien desde Oaxaca, incitaba al capitán general Morelos para que reuniese una asamblea, y proponía a esa ciudad como sede.

El 28 de junio de 1813, -Morelos, que era el insurgente más destacado- hizo la convocatoria al Congreso, proponiendo que se reuniese el 8 de septiembre de ese año en Chilpancingo, centro de la recién creada provincia de Tecpan y el lugar más seguro desde el punto de vista militar, además de que en esta población se acortaban las distancias entre los obispados en poder de los insurgentes. Como era una población de escasa importancia, se le dio el rango de ciudad capital para el evento a realizar. En la convocatoria se indica que todo el mes de septiembre se dedicaría a la celebración de un acto memorable, solemne y de suma importancia.

<<El 25 de julio del mismo año Morelos gira instrucciones para la elección de diputados; el 8 de agosto envía una circular a fin de establecer el Congreso; el 11 de septiembre expide el reglamento en que se determina la instalación, funcionamiento y atribuciones del mismo; el 13 de septiembre da vida al Primer Congreso de Anáhuac, cuyo objetivo es votar el representante que, como miembro del Supremo Congreso Nacional, integre el cuerpo deliberante de la nación.

Fue celebrada la misa del Espíritu Santo y hubo exhorto desde el púlpito por el doctor don Lorenzo Francisco de Velasco a alejar de sí toda pasión, interés y convenio, antecedente en un asunto que es de la mayor importancia a la nación y para el que deben ser elegidos los hombres de más conocida virtud, acendrado patriotismo y vasta literatura.

Establecimiento en la ciudad de Chilpancingo de el Primer Congreso de Anáhuac
Concluido el sacrificio de la misa y leído el reglamento por el general Morelos, para el mejor orden de las votaciones y arreglo de las primeras sesiones del Congreso se procedió a la votación, entregando cédulas firmadas y proponiendo en terna, con designación del primero, segundo y tercer lugares.

Los asistentes fueron: por Coahuayutla, el señor don Mariano Salgado; por Petatlán y Guadalupe (Tecpan), el bachiller don Manuel Díaz; por Coyuca, don Manuel Atilano; por la congregación de los Fieles Acapulco, don Julián Pizá; por Chilpancingo, don Vicente García; por Tlalchapa, don Pedro Villaseñor; por Huetamo, don Pedro Bermeo; por Ometepec, don Manuel Ibarra; por Xamiltepec, con poder, don Francisco Moctezuma; por Xuxtlahuaca, don Juan Pedro Ruiz Izquierdo, y por Tlapa, el cura don Mariano Garnelo.

Emitidos los sufragios, resultó electo el señor vicario general, licenciado don José Manuel de Herrera, con 11 votos; el doctor don José María Cos con siete; el licenciado don Juan Nepomuceno Rosains con cinco; el licenciado Andrés Quintana con cuatro; el doctor don Lorenzo Francisco de Velasco con dos; el licenciado don Carlos María de Bustamante con cuatro; el bachiller Rafael Díaz con dos; el cura don Mariano Salgado con uno; el cura don Mariano Patiño con uno.>>[3]

El 14 de septiembre de 1813 se inaugura el Primer Congreso de Anáhuac, con la asistencia de 11 diputados (designados por el general Morelos como propietarios de la Junta de Zitácuaro, fueron: Rayón, Liceaga y Berdusco, y como suplentes: Bustamante, Cos y Quintana Roo, y por dos diputados de elección popular: José Murguía, por Oaxaca, y José Manuel de Herrera, por Tecpan). Morelos dicta sus Sentimientos de la Nación -con finalidad era encausar las discusiones del Congreso Constituyente- y disuelve la Junta Suprema Americana, lo que creó cierto resentimiento en sus integrantes.


Hay que agregar que Morelos empezó a elaborar el texto de los Sentimientos de la Nación, que consta de 23 puntos, en Tehuacán desde noviembre de 1812, sin embargo los dio a conocer hasta el 14 de septiembre de 1813 en esta ciudad de Chilpancingo.


El día 15 de septiembre de 1813, se procedió a la elección de un generalísimo, de entre los cuatro generales de la nación. Reunidos en la iglesia parroquial de Chilpancingo, el Soberano Congreso Nacional y su presidente, el señor capitán general doctor José Sixto Berdusco, el capitán general José María Morelos; el teniente general Manuel Muñiz; el vicario general castrense doctor Francisco Lorenzo de Velasco; considerable número de oficiales de los ejércitos de la nación y los electores para representante de la presidencia de Tecpan, resultando electo para ese fin, por uniformidad de sufragios, tanto de los que estuvieron presentes como de los que por ausencia remitieron sus votos, don José María Morelos y Pavón.


El 18 de septiembre el Congreso de Chilpancingo decretó la primera composición del gobierno insurgente, que quedó integrado de la siguiente manera:


<<Supremos poderes:

Congreso Nacional, con tratamiento de Majestad y, a cada individuo, de Excelencia.


Diputados en propiedad: 
Por Valladolid, el Sr. D. José Sixto Berdusco. 
Por Guadalajara, el Sr. Lic. D. Ignacio López Rayón. 
Por Guanajuato, el Sr. D. José María Liceaga. 
Los tres quedan con honores de capitán general retirado, sin sueldo ni otro fuero. 
Por Tecpan, el Sr. Lic. D. José Manuel de Herrera. 
Por Oaxaca, Lic. D. Manuel Sabino Crespo. 

Diputados suplentes: 
Por México, Lic. D. Carlos María de Bustamante. 
Por Puebla, Lic. D. Andrés Quintana Roo. 
Por Veracruz, D. José María Cos. 
Secretarios: Primero, Lic. D. Cornelio Ortiz Zárate. 
Segundo, D. Carlos Enríquez del Castillo. 

Poder Ejecutivo: 
Generalísimo, con tratamiento de Siervo de la Nación: D. José María Morelos y Pavón 
Primer secretario: Lic. D. Juan Nepomuceno Rosains. 
Segundo secretario: Lic. D. José Sotero Castañeda. 
Teniente general, con mando en las provincias de Tecpan, Oaxaca, Veracruz, Puebla, Tlaxcala y México, el Sr. Lic. D. Mariano Matamoros. 
Teniente general, con mando en las provincias de Valladolid, Guanajuato, Potosí, Zacatecas y Guadalajara, el Sr. D. Manuel Muñiz. 
Capitanes generales retirados, con sólo honores, los señores D. Ignacio López Rayón, Dr. D. José Sixto Berdusco y D. José María Liceaga. 

Poder Judiciario: […][4]

Con fecha 5 de octubre Morelos decreto la abolición de la esclavitud


Finalmente el congreso emitió el Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana, del 22 de octubre de 1814, el cual fue signado por 11 constituyentes y constaba de 242 artículos. Conocido popularmente como “Constitución de Apatzingán” por haber sido proclamada en esta población, estableció un régimen republicano que hoy podríamos llamar semi-parlamentario, pues estableció la preeminencia del poder Legislativo sobre el Ejecutivo y el Judicial, y un Ejecutivo Colegiado. Esto llevaría a la larga a enfrentamientos y negativa de dinero y hombres al ejecutivo, lo que propicio, -entre otras causas-, las derrotas de Morelos.


El 6 de noviembre de 1813 el Congreso de Anáhuac declaró la Independencia de la América Septentrional.



II. Análisis crítico del contenido constitucional



Hay historiadores, sobre todo del siglo XVIII y XIX que sostienen una gran influencia de los franceses como Juan Jacobo Rousseau y el Siglo de las Luces, y de las Constituciones Republicanas Francesas, aunque estamos ante una Constitución católica y centralista. Otros, sostienen que es una copia de la Constitución de Cádiz. Sin embargo hay que ponderar la opinión del doctor Jorge Fernández Ruiz [5] en el sentido de que: “el antecedente de la Constitución de Apatzingán más directo son Los Sentimientos del nación”, de José María Morelos, “es su esencia jurídico y política”. Estos fueron como “el Prólogo de dicha Constitución, aunque antes ya había habido un esfuerzo constitucional en el pensamiento de Ignacio López Rayón y que llamó Los elementos constitucionales”.


A su vez el doctor José Gamas Torruco [6] nos brinda interesantes elementos de juicio al afirmar que: <<La Constitución de Apatzingán concibe la idea de Soberanía no solo como un pacto social sino como un poder encaminado al bien común, al lograr justicia social y este concepto no aparece en ningún documento de la época. 

La Constitución de 1814 fue firmada por once personas. Fue expedida por un Congreso diminuto integrado por 15 vocales, en el cual, no estaba representadas todas las provincias sino solo aquellas donde tenían presencia militar los insurgentes.

Esta constitución -conformada por 242 artículos- está estructurada de conformidad con las constituciones modernas, es decir, consta de una parte dogmática, referida a los derechos humanos y otra parte orgánica que establece la organización del gobierno.

En su primera parte denominada de los “Principios o Elementos Constitucionales”, se establecieron los derechos humanos de carácter individual de libertad, igualdad, seguridad y propiedad. Su artículo 24 establecía: “La felicidad del pueblo y de cada uno de los ciudadanos, consiste en el goce de la igualdad, seguridad, propiedad y libertad. La íntegra conservación de estos derechos es el objeto de la institución de los gobiernos y el único fin de las asociaciones políticas”.

La segunda parte contiene la “Forma de gobierno” y establece las divisiones y los límites del territorio de la América Mexicana y lo relativo a las supremas autoridades. Se refiere que “permanecerá el cuerpo representativo de la soberanía del pueblo con el nombre de Supremo Congreso Mexicano. Se crearán, además, dos corporaciones, la una con el título de Supremo Gobierno, y la otra con el de Supremo Tribunal de Justicia”. Asimismo, establece el sistema electoral para elegir a los miembros del legislativo, así como su estructura y atribuciones
.


Dentro de las características del documento fundamental de Apatzingán, hay un fuerte grado de preocupación social, la distribución de los poderes tienen influencia francesa, que opta por un régimen de Asamblea y le otorga casi todas las facultades al Congreso. El Poder Ejecutivo es “directorial”, es decir, es un poder dividido en varios en este caso en tres personas. El poder judicial lo reparte en un Tribunal Superior de Justicia y en un Tribunal de Residencia. Este último, de acuerdo con la tradición española, para juzgar revisar los actos de los funcionarios públicos una vez terminado su mandato.>>
Infortunadamente los legisladores de 1824 -al elaborar una nueva constitución al lograrse la independencia- hicieron a un lado este texto, prefiriendo el de la Constitución de Cádiz y el de la Constitución de los Estados Unidos de América.


El doctor en Historia Cuauhtémoc Hernández Silva nos recuerda que ha quedado pendiente el punto 12° de los Sentimientos de la Nación, que señala: <<Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deben ser tales, que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto.>>



Jorge Pérez Uribe


[1] Miguel Ángel Fernández Delgado, El bicentenario de la Junta de Zitácuaro, Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, México, 2011.
[2] Miguel Ángel Fernández Delgado, op.cit
[3] http://www.enciclopediagro.org/index.php/indices/indice-cultura-general/308-congreso-de-chilpancingo
[4] Ernesto Lemoine, Insurgencia y República Federal 1808 – 1821, Miguel Angel Porrúa, México, 3ª.edición. 1995
[5] Doctor en Derecho, Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la U.N.A.M.
[6] Doctor en Historia, Director del Museo de las Constituciones en la Ciudad de México




Bibliografía:
  • Ernesto Lemoine, Insurgencia y República Federal 1808 – 1821, Miguel Angel Porrúa, México, 3ª.edición. 1955. 
  • Agustín Curruca Peláez S.J., El Pensamiento Insurgente de Morelos, Editorial Porrúa, S.A., México, 1983, 239 págs. 
  • Varios autores, Ponencias del Curso de las Constituciones de México, en su fase de La Constitución de 1814, Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, México, marzo-mayo, 201
Anexos.- (El fundamento de mi decir)