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viernes, 15 de septiembre de 2017

MIGUEL HIDALGO, EL HOMBRE Y EL CAUDILLO (II)


Colegio de san Nicolás en la actualidad

“Mujeriego y jugador”




A inicios de la década de 1790 no era la política el principal interés del académico, sino uno entre muchos otros. Dialogaba con los intelectuales de Valladolid, de política con Riaño y otros, de negocios con comerciantes y empresarios, de música, o bien de sucesos familiares. Entre muchos de estos había aficionados a juegos de mesa, a los que no se rehusaba Hidalgo. En casa de Abad Queipo jugaba a la malilla. Entre los envidiosos por su ascendente carrera y de su parentela clerical, empezó a correr la voz de que estaba entregado al juego, aunque bien cumplía con sus múltiples compromisos. Su entonces amigo y después detractor Lucas Alamán recogió el rumor: “pues, aunque según se dice, el cabildo eclesiástico de Valladolid le flanqueó más adelante cuatro mil pesos para los gastos y propinas del grado de doctor, los perdió en juego en Maravatío , al hacer el viaje a México para solicitarlo”. Pero no hay rastro de tal préstamo e Hidalgo antes de morir comentó que “cuando intenté verificarlo, lo frustró la muerte de mi padre y después no insistí en hacerlo, porque tomé la resolución de no graduarme porque no pretendía colocación que lo exigiera”.

Se sabe que Miguel frecuentó durante un tiempo casi a diario “sin entender ni haber oído voz, otra alguna de que hubiese más en el caso” a María Guadalupe Santos Villa de cerca de 25 años, y a sus dos primas que vivían con ella. Más Guadalupe se fue de monja a Puebla, antes de que Hidalgo abandonara Valladolid.

Los biógrafos de Hidalgo, J. M. de la Fuente y L. Castillo Ledón, afirman que estando en Valladolid tuvo una hija Agustina y un hijo Mariano Lino, de parte de Manuela Ramos Pichardo. <<Pero la prueba en que se fundamentan no es segura y más bien sospechosa de falsedad. Se trata de hojas sueltas intercaladas en libros parroquiales de bautizos, esto es libro encuadernados con fojas de manera continua. Las hojas sueltas de los supuestos parientes de Hidalgo no corresponden a esa numeración. Esto implica que las hojas se intercalaron tiempo después de que el libro se hubiera utilizado en su totalidad. además los registros de la hojas sueltas son de fechas muy posteriores a los nacimientos de los supuestos hijos, el 27 de diciembre de 1826 y 23 de diciembre de 1836. No se trata de sus bautizos, sino de bautizos de supuestos nietos en que se dice que los abuelos son Miguel Hidalgo y Costilla y Manuela Ramos Pichardo. Para entonces el gobierno otorgaba pensiones a los descendientes de los próceres. Mencionar a los abuelos en un registro de bautizo no era necesario. Y hay un silencio elocuente: el proceso inquisitorial jamás hizo referencia a hijos de Hidalgo, a pesar de múltiples indagaciones. Además, en los libros de bautizo del tiempo en que estuvo Miguel en Valladolid no hay indicio alguno.

Muchos años después el periódico El Imparcial publicó un artículo anónimo titulado “La familia Hidalgo y Costilla”, que comienza diciendo: “El invicto héroe de nuestra Independencia tiene descendencia directa. Esto jamás se ha sabido púbica y notoriamente; pero en la actualidad podemos asegurarlo, puesto que la misma familia nos lo refiere”. La fuente del periodista era la señora Guadalupe Hidalgo y Costilla, supuesta nieta de don Miguel en cuanto hija de Mariano Hidalgo y Costilla y de petra Aboytes. Mariano era el supuesto hijo del prócer Miguel Hidalgo y Costilla y de Manuela Ramos Pichardo, hija de José María Ramos, tendero del portal de Mercaderes. El artículo se centra en datos sobre la vida del tal Mariano, al que considera notable insurgente. Al final dice que el señor Ortiz de Montellano es el depositario de los documentos que prueban el positivo origen de don Mariano, que es hijo y no hermano de don Miguel Hidalgo y Costilla”.

El primer problema de esta revelación es que no se han mostrado esos documentos. Segundo, la existencia de tal insurgente tampoco se ha demostrado. Tercero, el artículo asienta un dislate mayúsculo al decir que “don Miguel jamás tuvo un hermano que se llamase Mariano”. Cuarto, otra falsedad señala entre los hermanos de don Miguel a un Felipe. Quinto, hace dos afirmaciones tan gratuitas como incongruentes con la documentación auténtica: que “desde 1802, en plena juventud, ella [Manuela Ramos] remitía considerables sumas a Hidalgo para que se buscase adeptos”. y que “era además [la misma Manuela] conducto seguro para hacer llegar sin sospechas a las manos de ciertos jefes superiores como Morelos importante correspondencia. Pregonando tales novedades doña Guadalupe había logrado conseguir una pensión de cien pesos mensuales del tesoro nacional.>> [1]


Mucho trabajo y satisfacciones académicas, pero pocos ingresos


<<A pesar de las múltiples satisfacciones en la cátedra, en la rectoría y en la vida social, Hidalgo estaba inconforme con sus ingresos, pues sus mismas relaciones lo obligaban a mayores gastos y la orfandad de sus hermanos menores lo compelía a concurrir a su sostén. Era demasiado pronto para esperar grandes proventos de la hacienda de Manuel, y más bien había que pagar réditos de los préstamos obtenidos: los 20,000 pesos de Corralejo, que no había terminado de pagar su padre, y a los 6,000 pesos que él se había echado a cuestas.

El monto total de los ingresos anuales de hidalgo como rector era de 1,153 pesos, integrados así: por el puesto de rector, 300 pesos; por la cátedra de teología escolástica, 300 pesos; por la cátedra de teología moral, 250 pesos; por el porcentaje como tesorero, 303 pesos; por la Sacristía Mayor de Santa Clara, 100 pesos; por la capellanía obtenida a últimas fechas, cien pesos. Buenas entradas para un individuo recluido, sin deudas, ni determinación de gastar y ayudar a nadie.

La vía para acceder a mayores ingresos era lograr un beneficio parroquial. Joaquín ya los había obtenido y así participaba en la distribución del diezmo. Miguel se había atrasado. Si además de rector fuera canónigo, perfecto, a quedarse en Valladolid. Pero tales beneficios catedralicios solían darse a los peninsulares o a un criollo noble o a uno muy ameritado y con doctorado. Por ello, siempre que se habría concurso para beneficios parroquiales, prácticamente todos foráneos, Miguel se apuntaba. Y así lo volvió a hacer cuando estaba en la cumbre de la rectoría>> [2].


Párroco en la villa de Colima



Finalmente obtuvo un interinato en Colima, parroquia de una villa de españoles, que no pueblo de indios, cuyos ingresos superaban los 3,000 pesos. Como el interinato implicaba que en cualquier momento pudiera ser removido, presentó su entrega de la rectoría y la tesorería solicitando se entendiese con ese mismo carácter de interinato. Como no disponía de dinero para tan largo y costoso viaje, pidió se le entregasen los intereses acumulados de la capellanía a recibir.

Hidalgo dejó Valladolid el 9 de febrero de 1792, arribando a Colima un mes después, tomando posesión el 10 de marzo de manos del sacristán mayor Francisco Ramírez; contando con la ayuda de tres vicarios para una población de unas 7,500 personas, de las que más de 4,000 radicaban en la villa y el resto en haciendas y ranchos aledaños. Los españoles criollos y peninsulares, ascendían a 2,600, el resto eran mulatos y algunos mestizos.


Las funciones de un párroco 


Entre estas estaban las de juez eclesiástico, especialmente en trámites matrimoniales. Debía estar al pendiente de que los sacerdotes del rumbo contaran con las licencias eclesiásticas para celebrar, confesar y predicar, para lo cual tendría que aplicar exámenes periódicos. Debería seguir las amonestaciones para certificar la idoneidad y conducta de aspirantes a órdenes sagradas. De manera rutinaria firmar certificaciones, como las copias de partidas de bautizo. En cuaresma debía estar al pendiente de que toda feligresía en edad de hacerlo cumpliera con los preceptos de confesarse una vez al año y comulgar por Pascua, lo que implicaba elaborar un padrón de cumplimiento. Por esos día debía mandar traer de la Catedral de Valladolid los santos óleos utilizados para los sacramentos del bautismo, confirmación y unción de los enfermos, mismos que se consagran en la misa de crisma del Jueves Santo, exclusiva del Obispo. La contabilidad de la parroquia había de llevarse escrupulosamente, presentando ingresos y egresos con toda claridad y periodicidad, entre otras cosas, para proceder a la aplicación de descuentos por contribuciones a las que estaban sujetas varias parroquias. Debía la parroquia concurrir periódicamente al Colegio de Niñas de Santa Rosa de Valladolid. <<Al respecto, el 18 de agosto Hidalgo firmó la relación de emolumentos y gastos del curato colimense y lo mandó a Valladolid con el importe de la contribución. De tal modo pudo precisar que efectivamente él, cómo párroco, percibiría al año por tales emolumentos alrededor de 2,300 pesos, a lo que sumaba la participación en el diezmo, la cual andaba en el rango de 1,250 pesos anuales; en total mil más de lo que con tanto esfuerzo lograba en Valladolid. Sin embargo la participación en el diezmo debía esperar su recolección o los frutos de su arrendamiento, y luego la compleja repartición y contabilidad de la masa decimal.>> [3]

Sucedió por entonces que quedó vacante el beneficio en propiedad de la villa de San Felipe y en la mitra de Valladolid se dispuso la asignación al interino Miguel Hidalgo. El beneficio importaba más de mil pesos que el de Colima y estaría cerca de su hermano Joaquín, nombrado cura de Dolores, y no lejos de sus parientes del rumbo de Pénjamo. Solicitó dos préstamos de 600 pesos y uno de mil pesos para efectuar el largo viaje.


Párroco en San Felipe ("torres mochas")


El 24 de enero de 1793 Hidalgo tomaba posesión del curato y juzgado eclesiástico de la villa de San Felipe, cuyo territorio formaba parte de la cuenca del río de la Laja, que nace en su término, al pie del cerro del Fraile.

Además de la cabecera, la jurisdicción de San Felipe contaba con 21 haciendas y 58 ranchos. No había pueblo de indios, sin que ello significara la inexistencia de indígenas. Su población era de 2,870 familias que hacen 11,828 personas, sin contar los de haciendas y ranchos, ni los niños.

Contaba Hidalgo con 7 clérigos bachilleres y estaba además el notario del juzgado eclesiástico, José Mesa Buenaño, algunos de los cuales serían examinados por Hidalgo para comprobar su actualizada idoneidad para ejercer el ministerio. Cuando algunos de ellos tuvieron problemas, el párroco salió en su defensa. Un acusador fue el alcalde José Joaquín Alderete, de cuyas acusaciones no se escapó el mismo Hidalgo.

En el ambiente clerical de Miguel, contaban también las parroquias cercanas, comenzando con la de Dolores, cuyo párroco, por segunda vez desde 1786 era su tío José Antonio Gallaga. No obstante el tío falleció a principios de 1793 y en febrero de 1784 su hermano Joaquín, tomó posesión de la misma parroquia. Sin duda algunos clérigos comentarían que aquello ya parecía feudo familiar.



El asenso [4] paterno


Como parte de las Reformas Borbónicas, Carlos III en una Pragmática de Casamientos, exigió el asenso paterno como requisito indispensable para la celebración del matrimonio, a lo que se opuso la Iglesia puesto que atentaba contra la libertad e inventaba un nuevo impedimento. La protesta fue fallida, pero muchos párrocos incumplieron y siguieron casando con o sin aquel asenso. Si bien los hijos eran los que debían solicitar el consentimiento, no faltaba que otras personas o parientes lo solicitaran. <<Carlos IV mediante cédula prohibió esto último y apremió el cumplimiento de la Pragmática de Casamientos. El cura de San Felipe recibió en febrero de 1793 copia de la cédula de Carlos IV.

Esta intromisión de la Corona en el matrimonio, hasta entonces jurisdicción preponderante de la Iglesia, no fue sino una de tantas disposiciones del reformismo borbónico con miras a un mayor control de la Iglesia. Esta y otras órdenes partían de Madrid, llegaban al virrey y de ahí a los obispos de la vasta monarquía, los cuales por sí mismos o a través de sus vicarios generales las comunicaban a los párrocos, quienes les daban cumplimiento, como hubo de hacerlo Hidalgo.>> [5]


Más control de la Corona sobre la Iglesia


Los Reyes Católicos crearon la bula de la Santa Cruzada para financiar la reconquista de Granada y quedó como una contribución para defender la fe católica en los vastos territorios de la Corona. El que daba la limosna recibía una boleta que lo acreditaba como buen cristiano y como las sumas implicaban un título de dinero debían de proporcionar fiadores. Los reyes borbones -no muy piadosos- reactivaron este medio de recaudación y como algunos párrocos del Obispado de Valladolid no remitían puntualmente cada seis meses el dinero de las boletas distribuidas, ni devolvían las sobrantes, además de que no cuidaban que los fiadores funcionaran como tales, el tesorero de la Real caja de Valladolid se quejó con el intendente y éste con el virrey, quien encargo al obispo el debido cumplimiento en abril de 1793. Hidalgo recibió la circula el 2 de mayo.

Otra circular generada por Madrid a los intendentes, de allí al obispo o vicario general, y de éste a los párrocos fue la de la remisión de datos acerca de hospitales fundados por cada parroquia, misma que Hidalgo recibió el 16 de marzo de 1793

<<En el horizonte de las reformas borbónicas la facultad y control de los recursos económicos era prioritario. Al efecto, el virrey urgió a los obispos, y por medio de ellos a los párrocos, para que en plazo perentorio entregasen relación pormenorizada de ingresos y egresos de la parroquia. El obispo tenía y expuso motivos diocesanos para requerir la estadística: el Seminario o Colegio Tridentino de San Pedro se sostenía gracias a una contribución impuesta sobre los montos totales de cada beneficio curado, la mayoría parroquias. Se redactó, pues, una circular en ese sentido, misma que Hidalgo recibió el 21 de mayo de 1795.

La progresiva bancarrota del imperio español trataba de frenarse exprimiendo recursos a los reinos de ultramar convertidos en colonias. Una disposición recibida sin entusiasmo alguno por la iglesia vallisoletana fue la relativa a un nuevo impuesto no gravado a la Iglesia, pero en el que tenía que ver: la nueva disposición versaba sobre legados y herencias. Al efecto los párrocos deberían de remitir mensualmente a los ministros de cajas reales o administradores de rentas razón de los entierros de quienes fallecieran con disposición testamentaria […] la razón mensual debería incluir también la lista de las personas que fallecieran intestadas.>> [6]


El ministerio parroquial


<<Hidalgo sabía que las responsabilidades de un párroco consistían esencialmente en predicar, auxiliar espiritualmente a enfermos sobre todo graves, socorrer a los pobres y dar buen ejemplo.

La predicación le gustaba: dejó varios sermones escritos y era un reto para él adaptar sus saberes y su mensaje cristiano al común del pueblo. Las exhortaciones morales consistían en una larga perorata en cada sermón Hidalguense a los feligreses de San Felipe, “a quienes continuamente explicaba las terribles penas que sufren los condenados en el infierno, a quienes procuraba inspirar horror a los vicios y amor a la virtud, para que no quedasen envueltos en la desgraciada suerte de los que mueren en pecado: testigos las gentes todas que me han tratado, los pueblos donde he vivido.”

En cuanto al auxilio espiritual proporcionado a enfermos y moribundos, Hidalgo puso el mayor cuidado durante los años de su ministerio, sufriendo “las mayores fatigas varias veces en el tiempo que he sido cura, sin temer soles, fríos y asperezas, distancias y pestes, porque [mis] feligreses no pasaran sin ella [la confesión] a la eternidad”.

Una de tales pestes de la de viruela de 1797-1798, que asoló casi toda la intendencia de Guanajuato y, desde luego, a la región de San Felipe.>> [7]

La mayoría de los bautizos no los administró Hidalgo, sino los tenientes de cura como era la costumbre, aunque debía de certificar el registro de cada bautizo, aunque no hubiera estado presente en ellos.

El párroco no estaba obligado a celebrara cotidianamente la misa, sino solo el domingo y ciertos días de solemnidad religiosa. Las misas cotidianas eran oficio de tenientes y capellanes, pero debía estar al pendiente de las misas mandadas celebrara por particulares. El estipendio por la intención de una misa era de cincuenta centavos.

Si bien estaba en contra de supersticiones o exageraciones devocionales, no dejó de molestarle la instrucción del virrey a los obispos de 1798, ya que parecía que la Corona andaba de sacristán.


<<La pasión del libro


Había, pues, en San Felipe número bastante de clérigos para atender los servicios religiosos; de tal manera Hidalgo disponía de tiempo para dedicarse a dos de sus aficiones favoritas: la lectura y la música. Siguió leyendo a Cicerón, y de este orador paso a interesarse por los griegos Esquines y Demóstenes. Más consciente de ser el mejor teólogo del obispado, no quiso empolvarse y así nunca se le cayó de las manos su teólogo preferido, Serry, en tanto profundizaba en dos expositores de la Biblia: Agustín Calmet y Natal Alexandro, conforma al criterio de retorno a las fuentes de la teología positiva que había pregonado en su disertación.

La crítica iba a la par de la apologética, así que durante la estancia en San Felipe continuo su cultivo, cobrando especial admiración por las obras en francés de Jacobo Benigno Bossuet, Historia de las variaciones de las iglesias protestantes y Declaración del clero galicano.

Otro criterio de la teología positiva fue la historia: ya conocía la Historia Eclesiástica de Claudio Fleury, pero ahora gozaba en repasarla, al parecer tanto en francés e italiano. Y por concomitancia pasó a leer en francés Historia Antigua en el texto de Carlos Rollin, e historia universal en los Elementos de historia general, antigua y moderna de Xavier Millot, Historia de la literatura del abate Andrés, así como un libro de historia muy particular, Causas célebres e interesantes de Francisco Gayot de Pitaval. Tampoco dejó de lado la historia patria, pues en aquel tiempo aprendía en italiano la Historia antigua de México de Clavigero. Así buena parte de su estancia en san Felipe la pasó “estudiando historia, a lo que se ha dedicado con empeño”.

Y como sentía orgullo de su origen rural, le gustó leer en francés la Historia natural del conde de Buffon, y en latín los poemas del Predio rústico de Jacobo Vaniere. Mas como sabía que en la vida de campo no todo era placidez bucólica sino un mundo que dependía cada día más de tratos comerciales, se inició en Las lecciones de comercio, o sea, de economía civil, obra italiana de Antonio Genovesi. Todavía más: Hidalgo se aficionó grandemente a la literatura florecida en el siglo del Rey Sol. Las fábulas de Juan de la Fontaine, así como el teatro de Racine y el de Moliere, lo apasionaban al grado de meterse de traductor de algunas obras como El Tartufo. De tal suerte el párroco sanfelipeño pasaba la mayor parte del tiempo en asuntos de la parroquia y en sus lecturas, aunque con escasas personas podía compartir todo ese caudal de conocimientos. Uno fue el novel sacerdote Martín García de Carrasquedo, a quien ya conocía desde Valladolid y que llegó como vicario hacia 1797; sin ser su discípulo, admiraba mucho a Hidalgo, gustaba de escucharlo y preguntarle.>> [8]


Hidalgo “el emprendedor” 


Cuando se escribieron las biografías de Hidalgo aún no estaba en boga conceptos como la “visión empresarial” ni el de “emprendedor”, de los cuales participó Hidalgo plenamente, promoviendo el teatro, la música y las fiestas, y endeudándose para ayudar a su familia. Si para los griegos existía un hado o fuerza desconocida que obra irresistiblemente sobre los dioses, los hombres y los sucesos; diríamos que Hidalgo en forma no planeada se fue preparando y asumiendo riesgos cada vez mayores, pero que fueron tergiversados por sus contemporáneos y han servido de temática para historias fantasiosas y mediocres películas en la actualidad.


La comedia El Tartufo, crítica social y política



El Tartufo es una divertida comedia de Moliere, que crítica la doble moral de la sociedad de esa época y cuya puesta en escena indudablemente llevaba la intención de hacer reflexionar a la población de San Felipe sobre ello. El personaje de Tartufo es la encarnación del falso devoto, del hipócrita, que finge ser devoto para medrar y así hace caer al señor de la casa Orgón en sus engaños. Deshace el compromiso de su hija Valeria para obtener su mano y por otra parte intenta seducir a su esposa Elmira. Su hijo Damis denuncia a Tartufo, pero lo que consigue es ser desheredado. 

<<La negativa de Orgón al matrimonio de su hija con Valerio y la consiguiente imposición de Tartufo venían muy a propósito en la Nueva España a fines del siglo XVIII. Como vimos por una disposición de la Corona española –la Pragmática de Casamiento- se impedían los matrimonios contra la voluntad paterna. Con sarcasmo e ironía Dorina crítica la debilidad de Mariana, que no quiere enfrentarse a su padre a pesar de amar a Valerio: “No, una hija debe obedecer siempre a su padre, incluso si pretende darle un mico por esposo” […]

Uno de los rasgos que de la obra que más debieron impresionar a Hidalgo fue cierta semejanza con lo que acontecía por aquellos días en la monarquía española […] La ceguera de Orgón es perfectamente comparable a la estupidez de Carlos IV, que levantó de la nada a Godoy, lo hizo su ministro, lo colmó de honores y se complacía en verlo continuamente al lado de su mujer. El disgusto de Damis y haber sido desheredado prolongaban el paralelismo con Fernando VII>> [9]


Tiempos de revolución en Francia y su repercusión en Nueva España


Cuando se habla de Hidalgo, casi se prescinde decir que fue contemporáneo de los movimientos sociales que cambiaron el curso de la historia: la Independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa, acontecimientos que hicieron vibrar cuerpos y espíritus, no nada más por la decapitación de reyes y nobles, sino también por la persecución de clérigos, religiosos y católicos en general. Y por otro lado, sin fundamento, se le pone como asiduo lector de la Enciclopedia Francesa, y de las obras de Voltaire, Robespierre, Rousseau, etc.

La Revolución Francesa casi coincidió con la muerte de Carlos III (14 de diciembre de 1788) y la sucesión de su hijo Carlos IV y fue un shock para la Corona española, por los lazos de parentesco y la similitud del despotismo ilustrado con que se gobernaba en Francia.

Como primeras medidas la Corona española, decidió suprimir las noticias procedentes de Francia (la Gazeta de Madrid no mencionó la convocatoria y reunión de los Estados Generales. Este silencio continuó durante tres años. Mientras tanto, en España y sus colonias se celebraba con gran fasto y toros la coronación de Carlos IV. Pero al igual que los libros franceses, las noticias llegaban a través de la prensa extranjera. Por ello le pareció preciso al conde de Floridablanca dar órdenes a los oficiales de Aduanas y a la Inquisición para que retuviesen cualquier información que llegara de Francia. Los informes subsiguientes dieron noticia de la gran difusión que ya había alcanzado la propaganda revolucionaria. Y tal difusión continuó en los años siguientes, a pesar del recrudecimiento casi obsesivo de las medidas tomadas como:

· El control sobre extranjeros (20 de Julio de 1791)
· La supresión de periódicos no oficiales (24 de Febrero de 1791).
· El aumento de los poderes de la Inquisición.

No obstante lo anterior hacia finales de 1792, Hidalgo se enteró del derrocamiento de Luis XVI y de la instauración de la república. En la primavera de 1793 llegó a Nueva España la noticia de la decapitación de de Luis XVI, y en junio, la declaración de guerra a Francia.

<<El regicidio era tema abordado por varios teólogos, particularmente de la escolástica española, bien que el despotismo ilustrado, desde la expulsión de los jesuitas, había procurado eliminar de cátedras y bibliotecas a Francisco Suárez, el connotado tratadista del tiranicidio al que ya nos referimos al hablar de la biblioteca de San Luis de la Paz que llegó a San Nicolás.

El intento de acallar esas doctrinas fue vano porque en virtud del método escolástico muchos actores exponían, bien que de manera muy sucinta, la doctrina suarecista, entre ellos Billuart, cuyo texto había seguido Hidalgo en sus años de magisterio según vimos.





Guerra contra la nación regicida


El prelado de Hidalgo, Antonio de San Miguel, al parecer fue el primero del episcopado novohispano que públicamente trató la funesta noticia de la decapitación del rey francés en una carta fechada en Valladolid de Michoacán el 1 de julio de 1793. Comienza arremetiendo contra las “numerosas turbas de estos filósofos libres […] congregación de inicuos, parte infecta de la nación francesa” que con seducción y manejos criminales hace “la guerra más inhumana y cruel a la iglesia católica”, destruyendo y trastornando “todas las naciones e ideas recibidas de subordinación, de buenas costumbres y de religión, con que hasta entonces se habían hecho felices y respetables los franceses”. Pasa luego el obispo a calificar la decapitación de Luis XVI: “el delito más atroz y execrable; delito que ha manchado para siempre toda la gloria de una nación augusta”. Denuncia enseguida la labor de los agentes revolucionarios esparcidos por diversas naciones, aduciendo que las victorias de la Francia revolucionaria “se debían más a la seducción que a la fuerza”. En tal forma, a Francia se le ha formado “un concepto excesivo de su poder, a una nación tan susceptible a estas impresiones por la ligereza y presunción que le son características”. Expone el obispo la necesidad de que los clérigos colaboren en la guerra, contribuyendo económicamente por sí mismos y exhortando a todos los fieles para ello. Concluye con una muy concreta disposición administrativa: todos los excedentes de varias corporaciones religiosas (hermandades, congregaciones y cofradías) se aplicarán a los gastos de guerra. Esta carta pastoral, además de ser conocida y apreciada por futuros insurgentes, da el tono, en cada aspecto tratado, de otras muchas pastorales tanto de España como de las colonias.

Hidalgo, pues, recibió a los pocos días la pastoral y hubo de ocuparse de reunir el dinero solicitado, amén de su donativo personal, grano de arena en la importante suma de millones que pronto enviaría el virrey a la Península. Tampoco tardó en enterarse el cura de San Felipe que el cabildo eclesiástico de Michoacán había promovido una solemne procesión y rogativas especiales “porque su Divina Majestad conceda a nuestro católico monarca acierto en sus providencias y felicidad en sus armas en la guerra contra Francia”.

Se desató entonces, atizada oficialmente, una intensa francofobia en todo el imperio español […]

La beligerancia contra Francia, otrora aliada, fue una especie de despertar, pues no se trataba solamente de una guerra como las anteriores. Ahora se declaraba como un sacudimiento de instituciones y espíritus. Sobre la información bélica se dieron a conocer detalles de la campaña del Ejército español, triunfante en los inicios del enfrentamiento. Más luego sobrevino en contraataque francés no sólo en el campo de batalla, expulsando a los españoles del Rosellón, sino también en el terreno de las ideas mediante una intensa difusión de principios subversivos.

En efecto, ya habían brotado en Nueva España síntomas de contagio revolucionario. Por agosto de 1794 aparecieron en la Ciudad de México varios pasquines que aplaudían la Revolución Francesa […]

Tales pasquines comentados seguramente por Manuel Hidalgo a su hermano Miguel, pusieron en alerta al virrey, que instrumentó averiguaciones y, como resultado de ellas, se descubrió una conjura que por su deficiente organización e inmediato sofocamiento no tuvo trascendencia. Más la simpatía por la Francia revolucionaria no se reducía al anonimato de los pasquines […]

Las autoridades de Nueva España pulsaron la necesidad de reafirmar su adhesión a la Corona y su disposición de cooperar en la guerra, alentando discursos e impresos en esa línea, de los que Miguel y Joaquín Hidalgo hubieron de conocer varios, tanto más que Manuel, su hermano, trabajaba en la Inquisición, cuyo celo por la integridad ideológica de la monarquía estaba desatado. Celebró una auto de fe en el cual fueron penitenciados varios reos simpatizantes de ideas revolucionarias, entre otros Juan Laussel, un cocinero de Montpellier que lo había sido también del virrey conde de Revillagigedo>> [10].


Tras la derrota de España, frustración y desencanto






<<Grande fue la desazón de los vasallos de la Corona española conscientes de los sucesos en Europa cuando se enteraron del retroceso de las armas españolas en su lucha contra Francia. Así fue el tono de la circular del obispo San Miguel que Hidalgo recibió el 23 de enero de 1795. La grave preocupación de su querido prelado era patente:

[…] el enemigo todavía prevalece, parece que sigue haciendo progresos en las armas y en la seducción. Ha invadido nuestras fronteras y ha transmitido los venenosos hálitos de su doctrina a estos países que considerábamos exemptos por la distancia y por la piedad de sus habitantes; y aunque sufocados en tiempo por especial protección de la soberana patrona de este reino, Nuestra Señora de Guadalupe, aún se deben temer sus efectos.

En noviembre de 1795 autoridades y cuantos en Nueva España estaban pendientes de los acontecimientos, se enteraban no sin sorpresa y confusión que España se veía forzada a entablar la paz con la Francia revolucionaria mediante el tratado de paz de Basilea, quedando claro que los millones de pesos enviados a la Península no se habían empleado con éxito. Al mismo tiempo se confirmaba el desprestigio moral de Carlos IV, pues no pocos gachupines estaban vinculados con los enemigos de Godoy, cuyo encumbramiento criticaban sin dejar de señalar la escandalosa relación con la reina. La habilidad del engaño, convirtiendo la derrota en ventaja, también traía la noticia de que el ministro, cuñado de Branciforte [11], se había convertido en Príncipe de la Paz: la apoteosis del Tartufo. Más hubieron de celebrar el suceso como beneficio, pues finalmente llegaba la paz. El obispo San Miguel, por disposición del virrey, mandó circular a los párrocos para que se cantara Te Deum y se celebrara misa de acción de gracias. El tono de la circular es de formalidad y desencanto. Hidalgo la recibió el 30 de enero de 1796.

Tales acontecimientos serían decisivos en la consciencia de no pocos criollos porque se hacía patente la debilidad de la Madre Patria, lo relativo que eran las condenaciones lanzadas en fechas recientes contra Francia y el desprestigio del rey ante el papel escandalosamente creciente del favorito de la reina.

La alianza con Francia envolvió a España en las guerras napoleónicas. Crecieron los requerimientos económicos: al efecto la Iglesia hubo de participar en los donativos a la Corona para sus ingentes necesidades. Uno de tales donativos fue enviado por Hidalgo el 18 de julio de 1799: 59 pesos proporcionados por él y los eclesiásticos de su jurisdicción.

Godoy anduvo incluso en los trámites y alianzas que implicaba el matrimonio del príncipe de Asturias, Fernando, con María Antonia, princesa de Nápoles, acontecimiento que ameritaba celebrar religiosa y profanamente. Y los obispos dieron la noticia e indicaciones en respectivas circulares. Los Hidalgo se enteraron por junio de 1803.>> [12]


Estos acontecimientos afectaron profundamente a Hidalgo. No fue la seducción de la ideología de la Revolución Francesa, fue la profunda decepción de la monarquía que gobernaba a la Nueva España, que exprimía a sus súbditos para luchar contra los “asesino inicuos” y luego ante su ineficacia en la guerra,  pactaba la paz y se adhería a ellos. La Corona, pues, abandonaba a sus súbditos a “la guerra más inhumana y cruel a la iglesia católica”. Entonces Hidalgo cambió y se volvió un duro crítico de la Corona española.

Jorge Pérez Uribe



Notas:

[1] Carlos Herrejón Peredo, Hidalgo: maestro, párroco e insurgente, Ed. Clío, libros y videos, S.A. de C.V., México, 2014, págs.64,65 

[2] Ibídem, págs.65,66 

[3] Ibídem, págs.70, 71 

[4] Del verbo asentir: Admitir como cierto o conveniente lo que otra persona ha afirmado o propuesto antes. R.A.E. 

[5] Ibídem, págs.87,88 
[6] Ibídem, págs.88,89 

[7] Ibídem, pág.89 

[8] Ibídem, págs.93,94 

[9] Ibídem, págs.97,98 

[10] Ibídem, págs.101,104 

[11] Miguel de la Grúa Talamanca de Carini y Branciforte, 1er Marqués de Branciforte, 53º virrey de la Nueva España, considerado por muchos como uno de los virreyes más corruptos de la historia del virreinato 

[12] Ibídem, págs.104,105

sábado, 2 de septiembre de 2017

MIGUEL HIDALGO, EL HOMBRE Y EL CAUDILLO (I)


Antigua foto de la hacienda de Corralejo

Presentación



Cuando cursaba la educación básica en los años de gloria del partido-Estado (PRI), la percepción de Miguel Hidalgo era la del prócer impoluto, tanto en la enseñanza, como en los libros de historia. No sé en qué momento cambió radicalmente para la generalidad de mis compatriotas, pero ahora Miguel Hidalgo, es el cura fiestero y mujeriego, al que le surgen descendientes por todos lados, ambicioso e incluso asesino.


Por esta razón y aunque mucho se ha escrito sobre él, he decidido trabajar sobre su biografía, para presentar al hombre con sus fortalezas y debilidades, sin fantasías al estilo del novelista Francisco Martín Moreno y sin odios ancestrales como el de su contemporáneo e historiador Lucas Alamán.

La historia de Miguel Hidalgo es la de un criollo de varias generaciones en la Nueva España, que buscó abrirse camino en una sociedad, en donde no había más oficios que los de agricultor –como su padre-, clérigo, abogado o bien militar. Existencia difícil, incluso para los criollos, ya que las principales posiciones estaban destinadas a los peninsulares, existiendo una estricta observancia de la pureza de la sangre.

La época que le tocó vivir a Hidalgo, es una época de grandes transformaciones políticas, económicas y sociales, conocidas como “reformas borbónicas”, que crearon una gran inconformidad entre los novohispanos y los predispusieron a buscar la autonomía en el menor de los casos o de plano la independencia de España.

Infancia e inicio de estudios


Los padres de Hidalgo eran gente común dedicada a la agricultura y actividades conexas, en un nivel intermedio entre la clase propietaria y la masa de campesinos. Su padre Cristóbal Hidalgo y Costilla (1713) llegó como administrador a la hacienda de San Diego Corralejo (Pénjamo) de la que era arrendatario Manuel Mateo Gallaga, tío de Ana María Gállaga y Villaseñor (1731), con quien contraería nupcias Cristóbal en 1750. Sus hijos fueron José Joaquín (1751), Miguel Gregorio, Antonio Ignacio (8 de mayo de 1753), José María (1759) y Manuel (1762), en cuyo parto murió Ana María. Su padre contrajo segundas nupcias con Rita Peredo con quien engendró un hijo. Habiendo muerto Rita, contrajo nuevas nupcias con Jerónima Ramos Origel, con quien engendró 5 hijos. 

Miguel quedó huérfano a la edad de 9 años, y parece que él y Joaquín se iniciaron durante la niñez en el aprendizaje del violín, del que años después se distinguirían al tocarlo por nota. También aprendió el idioma otomí que hablaban los grupos indígenas de la región. Tenía predilección por la caza, la ganadería y el jaripeo. Se crió fuerte y era hábil en el manejo de la lanza, actividades que realizaría en su juventud y más bien en períodos vacacionales, ya que en 1765, él y su hermano Joaquín partieron a Valladolid para inscribirse en el Colegio (internado) de San Nicolás, con el propósito de estudiar gramática latina y luego retórica para poder hacer carrera eclesiástica. Don Cristóbal Hidalgo solicitó beca para sus hijos, pero la fila para obtenerla era larga; así es que tuvo que pagar la colegiatura con sacrificios. 

Las clases se recibían en el vecino Colegio de San Xavier de los jesuitas, cuyos cursos iniciaban el 18 de octubre. Miguel cursó 2 años de gramática (latín). Después inició la retórica, y a poco más de 6 meses de cursarla vino la expulsión de la Compañía de Jesús el 25 de junio de 1767. Esta decisión de la Corona, junto con la forzada leva militar y la exacción tributaria, provocaron tumultos que fueron sofocados a sangre y fuego, principalmente en el Obispado de Michoacán: San Luis Potosí, Guanajuato y Pátzcuaro, muy cerca de Valladolid. Esto dejaría una profunda huella en los alumnos de San Xavier y de los demás colegios jesuitas, y sería un profundo resentimiento de Hidalgo contra la Corona española.



Las órdenes menores


A estos cursos siguieron la filosofía y la teología y la búsqueda de sustitución de cátedras para ayudarse al pago de la colegiatura. También fue solicitando y recibiendo órdenes sagradas. Los solicitantes deberían de presentar cierta garantía de que tendrían de que mantenerse, pues eran un problema los clérigos vagos que no disponían de medios para subsistir. <<Esa garantía se llamaba título de ordenación y había de presentarse desde la solicitud de ingreso al estado clerical mediante la tonsura. Los títulos podrían ser principalmente el de administración si el obispado requería cubrir plazas del ministerio, o bien de capellanía si se contara con la nominación para disfrutar de los intereses que comportaba, o de lengua, que era una variante de administración en cuanto que al saber una lengua indígena del obispado podría destinársele a pueblo de tales indios.

Miguel Hidalgo presentó este último título diciendo que sabía otomí, lengua que se hablaba en pueblos del centro y norte del obispado de Michoacán, en los actuales estados de Guanajuato y San Luis Potosí-. Al efecto fue examinado a mediados de marzo de 1774 y se le consideró con suficiencia bastante>>.[1] Otros requisitos eran examen sobre teología moral, informaciones sobre vida y costumbres del candidato, así como de limpieza de sangre y familia honrada y por último una semana de ejercicios espirituales. Así en marzo o abril, Miguel recibió de su obispo, la primera tonsura y las ordenes menores: ostiariado, exorcistado, lectorado y acolitado.

Las órdenes mayores


Al año siguiente, probablemente entre marzo y abril de 1775, Miguel recibió el subdiaconado del mismo obispo, haciendo votos de castidad y de rezar cotidianamente la liturgia de las horas. Aunque daba clases eventualmente como substituto, como no obtenía la beca de colegial, no le alcanzaba para sus gastos, por lo que entró al concurso de la cátedra de filosofía en propiedad, pero no la ganó; por ello 1776 fue un año de apuros económicos. Habiendo muerto el Obispo Fernando de Hoyos y Mier y con el apoyo de su hermano Joaquín que ya era presbítero, marchó a la Ciudad de México para ordenarse diácono por el Arzobispo de México. De vuelta a Valladolid, volvió a presentarse para concursar cátedra ganando la de latín en marzo de 1777. Con la llegada del nuevo obispo, Juan Ignacio de la Rocha, cambió su suerte, ya que el Colegio de san Nicolás le dio la bienvenida mediante un acto académico, en el que Miguel hizo una exposición del teólogo Jacobo Jacinto Serry, contando con el apoyo del rector Blas de Echeandia, quien le asignó tal encomienda confiando en su dedicación y conocimiento del teólogo. Agradó al nuevo obispo la exposición de Hidalgo y desde entonces se le fueron abriendo más puertas, ya que en febrero de 1779 recibió la beca del colegial que mantuvo hasta 1781.

Terminados sus estudios formales en 1773 sin haberse ordenado presbítero y solo habiendo conseguido una cátedra en propiedad recientemente, le permitió a Miguel ir por más tiempo a Corralejo, dedicarse a leer teologías y otras materias a su gusto, así como desarrollar el aprendizaje del violín en Valladolid.

A principios de septiembre de 1778 decidió presentar solicitud para ordenarse presbítero, a título de administración en general, la que fue aceptada por el rector Blas de Echeandia. La ordenación tuvo lugar el 19 de septiembre de 1778, cuando Miguel tenía 25 años.


Buen hijo, clérigo y maestro en ascenso


<<Mientras Miguel iba tramitando y recibiendo las órdenes mayores, regentó la cátedra de latín y sustituyó la de filosofía, que mantendría con ese carácter hasta 1779. Más por entonces su padre enfermó de gravedad y Miguel se vio precisado a solicitar permiso para ir a Corralejo aún a costa de renunciar a la cátedra de latín y la beca del colegial. Al parecer esto ocurría a mediados de 1779. Fue innecesaria la renuncia, pues don Cristóbal mejoró pronto. De tal manera Miguel prosiguió su carrera tomando en propiedad la cátedra de filosofía desde octubre de ese año hasta agosto de 1784 […] Durante ese período, Hidalgo empezó como sustituto de Teología desde febrero de 1782 hasta agosto de 1784. Poco antes de presentarse al concurso de la cátedra de teología, entre julio y agosto fue agraciado con la Sacristía Mayor de Apaseo […] Estaba dispuesto a irse, pero el rector del Colegio le indicó que presidiera unos actos académicos. Miguel expuso la situación al obispo. Finalmente se quedó en Valladolid y con el beneficio.

Un año antes de que Hidalgo iniciara el magisterio teológico, en febrero de 1781 el virrey Mayorga había decidido la entrega de un lote importante para el Colegio de San Nicolás. Se trataba de la biblioteca del antiguo colegio jesuita de San Luis de la Paz. A raíz de la expulsión de la Compañía sus bibliotecas fueron requisitadas por el gobierno, determinándose expurgarlas de aquellos títulos que pudieran contener doctrinas que afectaran el regalismo, exaltaran a la orden jesuítica, indujeran al probabilismo en moral y, sobre todo plantearan el tiranicidio (“doctrina sanguinaria”) […] La biblioteca de San Luis de la Paz no fue requisitada cuando la expulsión, pues el colegio no parecía importante y quedaba a trasmano de las rutas principales>>.[2] Así de aquella biblioteca llegó a manos de Hidalgo la defensio fidei de Francisco Suárez, así como el célebre tratado De iustitia et iure de Domingo de Soto, Un Vocabulario de lengua otomí de Francisco Jiménez de Aguilar, las Epístolas de San Jerónimo, y otros más.

Para 1784 Hidalgo se presentó a concursar la cátedra de Teología que venía sustituyendo, al efecto los candidatos tenían que presentar un asunto que les tocaba por suerte. En tanto se determinaba quien sería el ganador de la cátedra; el ilustrado arcediano de la catedral vallisoletana José Pérez Calama promovió otro concurso, inédito hasta entonces, sobre el verdadero método de estudiar teología escolástica, prometiendo dar medallas al triunfador. El certamen era abierto, pero el arcediano obligó a que hubiera cuando menos dos participantes que recientemente había designado como catedráticos de teología en el Seminario de San Pedro. La disertación se tendría que entregar en latín y castellano. Finalmente en septiembre le fue entregada la cátedra en propiedad a Hidalgo y posteriormente sería declarado ganador del concurso. Pérez Calama le dirigió una carta acompañada de 12 medallas de plata, en la que le expresaba:

<<Desde ahora llamaré a vuestra merced siempre hormiga trabajadora de Minerva, sin omitir el otro epíteto de abeja industriosa que sabe chupar y sacar de las flores la más delicada miel. Con el mayor júbilo de mi corazón preveo que llegará a ser vuestra merced luz puesta en candelero, o ciudad colocada sobre un monte. Veo que es vuestra merced un joven que, cual gigante sobrepuja a muchos ancianos que se llaman doctores y grandes teólogos; pero que en realidad son meros ergotistas, cuyos discursos o nociones son telas de araña […]>>[3]

Al año siguiente le tocó organizar los actos académicos de bienvenida al nuevo obispo fray Antonio de San Miguel, por parte de el Colegio de San Nicolás, que superaron por mucho a los del Seminario de San Pedro.

A pesar de estos reconocimientos Miguel hidalgo no percibía aún ingresos suficientes. Por ello se volvió a presentar a concurso de beneficios vacantes, en las parroquias del obispado y si bien no obtuvo ninguno, el Cabildo de la Catedral lo nombró vicerrector del Colegio el 31 de octubre de 1785.

La crisis económica y social de 1785-1786


En estos años se desató una crisis agrícola en varias regiones del país, lo que trajo la hambruna, epidemias y mortandad: la comarca de Pénjamo reportó 1,480 muertos, Rincón de León y León 5,376, Silao 6,292. La zona de la ciudad de Guanajuato totalizó 18,000 defunciones. El grupo ilustrado de la diócesis michoacana aplicó la “teología política de la caridad”, solicitando donativos y distribuyéndolos. El administrador de la hacienda de Corralejo, don Cristóbal aportó 100 pesos y dos toros, el hermano de Miguel, José Joaquín párroco interino de la villa de San Miguel dio orden de que se diese de comer a cuantos pobres ocurriesen. Para remediar la situación las autoridades promovieron nuevas técnicas agrícolas y sembradías de riego


Tesorero y rector del Colegio de San Nicolás



Colegio de San Nicolás, patio principal


Enterado el obispo San Miguel del apoyo de los Hidalgo en favor de los damnificados (y aunque no se menciona, es muy probable que Miguel haya descollado en la recaudación y aplicación de los donativos por la hambruna), y no habiendo podido imprimir la traducción hecha por Miguel de la Carta a Nepociano de San Jerónimo, que a sugerencia de obispo había hecho Hidalgo, quiso compensarlo solicitando al Cabildo Catedral se le otorgara la Tesorería del Colegio de San Nicolás. El 27 de enero de 1787 se acordó su designación que duraría hasta 1792. <<Conforme al régimen económico de ese instituto, al tesorero competía cobrar las colegiaturas de los alumnos `porcionistas´ y las pensiones con que los tres pueblos de Santa Fe apoyaban al Colegio, arrendar y percibir las rentas de los bienes de la institución, así como hacer los gastos para la subsistencia de colegio y colegiales, comprendidos los gastos de salarios de maestros y demás. De todo ello tendría que llevar registro y comprobantes por escrito, pues al final de cada gestión los tesoreros debían presentar relación puntual y justificada de ingresos y egresos, la cual era revisada de manera exhaustiva. Aparte, el Cabildo Catedral nombraba a un superintendente del Colegio que estaba al pendiente de que la administración marchara por buen camino. Por su desempeño el tesorero recibiría 3% de lo que cobrara.

Con el propósito de que el tesorero tuviera toda la representación en los asuntos del Colegio, el rector Manuel Antonio salceda otorgó general y amplio poder a Miguel Hidalgo –quien a su vez lo sustituiría-, respecto de los negocios de la institución que se ventilaban en la Ciudad de México a un procurador de la Audiencia, Mariano Pérez Tagle. >>[4] Con ello quedaba en calidad de vicerrector.

Finalmente a los 37 años, en 1790 fue electo rector del Colegio de San Nicolás. Una de las primeras iniciativas fue retornar a los orígenes de la institución, es decir, a las disposiciones del fundador Vasco de Quiroga.

<<Por ser rector, tesorero y catedrático de ambas teologías Miguel ejercía control completo sobre la institución; pero, más que ello, un liderazgo atractivo, porque su genio era suave, su conversación animada y su magisterio brillante. En tales funciones estaba al pendiente de que los ordenandos cubrieran todos los requisitos, como los ejercicio espirituales. Seguía cobrando rentas a favor del Colegio, como una que gravaba a la hacienda de Jorullo. Asimismo participó diligentemente en el concurso de acreedores, entre ellos el Colegio, a los bienes de la testamentaria de José de Echevarría. Confirió poder a Manuel García para que cobrara capital y réditos adeudados al Colegio por Joaquina María Cueva, vecina de Silao. Arrendó el rancho de Patámbaro en términos de Santa Fe del Río, perteneciente al Colegio, a Esteban del Río. Prosiguió el asunto de las haciendas del Tunal y La Calera, cercanas a Querétaro y gravadas a favor del Colegio, procurando el cobro a Melchor de Noriega. Nunca faltó el pago oportuno a catedráticos y demás empleados, ni mesa más que suficiente a los alumnos; incluso a algunos de ellos les condonó parte de la colegiatura; así mismo hizo algunas reparaciones al edificio. Para estos gastos hubo vez que hechó mano, moderadamente de capitales de la institución, pues al cabo había conseguido aumentar sus bienes de todo, registro y comprobantes. Así además de preparar y dictar su cátedra, presidir actos y examinar, seguía extendiendo numerosas certificaciones de estudios.

Probablemente en vacaciones de septiembre y octubre Miguel volvía a Corralejo o visitaba a su hermano Joaquín en Santa Clara y a Manuel en México, o bien a sus tíos en dolores y San Miguel.>>[5]

No parece haber sido maestro de José María Morelos y Pavón, de cuya conducta y aplicación expediría la constancia más elogiosa.

Roce social con la cultura





<<La ilustración de Hidalgo lo indujo a frecuentar a un alto funcionario civil empeñado desde su llegada a Michoacán, en octubre de 1786, en implantar varias de las reforma llamadas borbónicas, más en su caso con un sentido de ilustración: Juan Antonio Riaño y Bárcena, santanderino casado en Luisiana con una culta criolla francesa, Victoria de Saint Maxent. Primero fue corregidor de la jurisdicción Pátzcuaro-Valladolid, y a los pocos meses primer intendente de Valladolid de Michoacán. Hidalgo, admirador de teólogos, predicadores e historiadores galos se había iniciado en la lengua francesa y encontró así en la casa afrancesada del intendente un ambiente amistoso que trató de cultivar.


Tal vez fue entonces cuando, por sugerencia de la señora Saint Maxent, empezó a gustar de otros géneros de la literatura francesa como el teatro y la poesía.>>[6]


También en esa casa tuvo la oportunidad de tratar a dos científicos alemanes que llegaron en 1790 para conocer el volcán El Jorullo: Schoeder y Fischer. Trato también intelectuales franciscanos como Pablo Beaumont y José Joaquín Granados y Gálvez. Trabo también amistad con el poeta y dramaturgo José Agustín de castro. Mayor relación tuvo con el vallisoletano fray Vicente santa María, que sería uno de los conspiradores de 1809 y luego declarado insurgente.



<<En el clero secular no solo estaban Pérez Calama y Juan Antonio de Tapia como intelectuales ilustrados, sino sobre todo Manuel Abad Queipo, sensible a los problemas sociales que afligían al país y lector de autores modernos mucho más allá de las teologías de Hidalgo, como John Smith Y Rousseau. Estrecha fue su amistad con el catedrático de San Nicolás.>>[7]

Al tanto de los sucesos


La Corona española no había sido ajena a los afanes separatistas de las 13 colonias británicas respecto de su metrópoli. Ya por su vieja enemistad con la soberbia Albión, ya por el pacto de familia con Francia, apoyó la intervención que esta tuvo en ayudad de los colonos insurrectos que declararon su independencia en 1776 y derrotaron definitivamente a las fuerzas británicas en 1781. El Tratado de París reconoció en 1783 a la nueva nación, Estados Unidos de América. Miguel Hidalgo a la sazón se iniciaba en el magisterio de la teología y, como cualquier criollo culto, estuvo al tanto de tales acontecimientos, que no sólo implicaban tal independencia sino principios como la soberanía popular y los derechos inalienables del individuo, bien que restringidos pues conservaron la esclavitud.

A los 6 años del Tratado de París en 1789, estalló la Revolución Francesa y el gobierno español no permitiría la circulación en el pueblo de noticias sobre ella; obviamente tenía temor de que este ejemplo se sumara al estadounidense. Si tal miedo valía para España, con mayor razón respecto de las indias: 

Las prohibiciones oficiales que impedían la divulgación de noticias relativas a la revolución y de impresos revolucionarios, contribuyeron a mantener a la mayoría de los españoles en la ignorancia de los acontecimientos franceses.

No obstante existía una <<“antigua división y arraigada enemistad entre europeos y criollos, enemistad capaz de producir las más funestas resultas”. El antagonismo se había recrudecido al compás de las reformas borbónicas que significaron una segunda conquista de ultramar. Ya desde 1781 un comisionado regio había advertido en conciso análisis: 

Los criollos se hallan en el día en muy diferente estado del que estaban algunos años ha. Se han ilustrado mucho en poco tiempo: La nueva filosofía va haciendo allí muchos más rápidos provechos que en España. El celo de la religión que era el freno más poderoso se entibia por momentos. El trato de angloamericanos y extranjeros les ha infundido nuevas ideas sobre los derechos de los hombres y los soberanos; y la introducción de libros franceses, de que hay ahí inmensa copia, va haciendo una especie de revolución de su modo de pensar. Hay repartida en nuestra América millones de ejemplares de las obras de Voltaire, Rousseau, Robertson, el abad Raynal y otros filósofos modernos que aquellos naturales leen con una especie de entusiasmo.

No debemos persuadirnos que si hubiera un levantamiento con especialidad en las provincias marítimas dejarían de encontrar apoyo los rebeldes. Los ingleses se vengarían entonces del agravio que creen les hemos hecho declarándonos a favor aunque indirectamente de sus colonias. Los franceses que no piensan sino en extender su comercio a expensas del nuestro […] los sostendrán por debajo de cuerda.

A pesar de que el gobierno español dirigido por Floridablanca había impuesto el más absoluto silencio sobre los sucesos de la revolución, diversas presiones acarrearon la destitución de éste en febrero de 1792.

Con ello amainó un tanto la reserva sobre esos acontecimientos y sobre autores franceses anteriormente prohibidos. De tal modo, a lo largo de ese año fueron entrando a España diversas noticias de los cambios ocurridos. Tanto más cuanto que a partir de la Constitución Civil del clero de noviembre de 1790, muchos sacerdotes y obispos emigraron a España, donde fueron recibidos.

Miguel Hidalgo, asiduo lector de la Gazeta de México, hermano de un abogado de la real Audiencia y de la Inquisición de México, amigo de aquel clérigo tan conocedor de la política internacional y de la situación de Nueva España, Abad Queipo, y amigo también del intendente Riaño, empezó a ponderar lo que podía significar la independencia de Nueva España respecto de la metrópoli. Y desde entonces la juzgo conveniente, más no pasada de un desiderátum.>>[8]

Jorge Pérez Uribe



Notas:
[1] Carlos Herrejón Peredo, Hidalgo: maestro, párroco e insurgente, Ed. Clío, libros y videos, S.A. de C.V., México, 2014, pág.27
[2] Ibídem, págs.31,32
[3] Ibídem, pág.35
[4] Ibídem, págs.52,53
[5] Ibídem, págs.52-54
[6] Ibídem, pág.59
[7] Ibídem, pág.60
[8] Ibídem, págs.62,63

jueves, 17 de agosto de 2017

EL RÉGIMEN BORBÓNICO Y SUS REFORMAS EN LA NUEVA ESPAÑA




CARACTERÍSTICAS PRINCIPALES DEL GOBIERNO BORBÓNICO (1763-1810)


La época Borbónica de la Nueva España ha sido considerada como el siglo de oro colonial, debido al auge económico que caracterizó su siglo XVIII. Sin embargo, al analizar un poco más las características de este periodo, se observan una serie de reformas económicas y políticas que ocasionaron profundos desajustes sociales. Por lo que se puede decir que este momento, más que la culminación de doscientos años de historia colonial, fue una nueva reconquista de América.

Al principio de su administración los Borbones se mostraron reacios a establecer cambios radicales, pero después de la humillante derrota de España en la Guerra de los Siete Años, que terminó con la captura de La Habana por los ingleses y con el retiro de la influencia francesa sobre América por la firma del Tratado de París, la metrópoli se sintió sola y amenazada por un enemigo cada vez más poderoso; sólo entonces se decidió efectuar cambios.

Antes de describir someramente lo que fueron éstas reformas, cabe señalar que partieron de dos intereses fundamentales: obtener ganancias y poder. No hay en ellas una concepción globalista de la sociedad, como el aportado por la visión tomista; tampoco se encuentra una preocupación filosófica, jurídica o moral que justifique las intenciones más prácticas de obtener utilidades y el deseo de acercarse al modelo inglés --la nueva potencia.

a. Los objetivos de las reformas borbónicas

b. Reformas a la iglesia

c. Reformas al gobierno

d. Reformas Económicas



a. Los objetivos de las reformas borbónicas



El texto fundamental que inspiró estos cambios fue el libro de José Campillo titulado: Nuevo sistema de gobierno económico para la América, en donde se había incorporado intacto el proyecto económico de Bernardo Wall. En el libro se comparaban las grandes ganancias de los franceses y los ingleses obtenidas de sus colonias, frente a las ridículas utilidades que España percibía de su gran imperio. Para mejorar esta situación se recomendaba la terminación del monopolio comercial de Cádiz, la distribución de la tierra entre los indígenas, el fomento a la minería y la creación de un mercado que acogiera los productos españoles. Con objeto de lograr este último aspecto, se sugería la necesidad de reformar al gobierno y de liberar a la economía de los nefastos monopolios y trabas al comercio.

El personaje que puso en práctica éstas ideas fue José de Gálvez, abogado malagueño, quien fue enviado como visitador a la Nueva España, y en pocos años logró atraerse la enemistad de muchos sectores de la sociedad novohispana (1761-1771). Sin embargo más tarde fue nombrado ministro de las Indias (1776-1787).

Las ideas de Gálvez pretendían, en primer lugar, recuperar los canales independientes de la Metrópoli, que se habían desarrollado desde el siglo XV 11, para lo cual tuvo que afectar los intereses de la Iglesia y el gobierno; y en segundo lugar, obtener más utilidades para la Corona, por lo que se reestructuró a la economía.



b. Reformas a la iglesia



Las reformas a la Iglesia tuvieron dos objetivos principales; uno político y otro económico.

Desde el punto de vista político se trató de reducir el poder de la Iglesia mediante ataques a la jurisdicción y a la inmunidad del cuerpo eclesiástico, quitando fueros y privilegios personales. A la orden religiosa que más se atacó fue a la Compañía de Jesús, ya que los jesuitas no estaban sujetos al Patronato Real y dependían directamente del Papa. Finalmente el 25 de junio de 1767, antes de rayar el alba, en la Casa de la Profesa y en todos los colegios de la Nueva España se presentó el ejército y el delegado del virrey les notificó que, por orden de Carlos 111, desde ese momento quedaban incomunicados y tendrían que salir rumbo a España, sin otra cosa que la ropa necesaria, un breviario y el dinero que perteneciera a cada quien. Todos los bienes de la Compañía, incluyendo libros y escritos de cada jesuita, quedaron bajo secuestro. La misma mañana en que se les puso presos, el virrey publicó la orden de destierro "con la prevención de que estando, todos los vasallos de cualquier condición y dignidad, obligados a respetar y obedecer las justas resoluciones del Soberano... deben saberlos súbditos del Gran Monarca de España, Que nacieron para callar y obedecer y no para discutir ni opinar en los altos asuntos del gobierno". A pesar de las precauciones tomadas por el Estado, que sabía del gran descontento que producirían éstas medidas, hubo motines populares en Pátzcuaro, Guanajuato, San Luis de la Paz y San Luis Potosí, con los que se trató de impedir la salida de los padres; sin embargo las represalias fueron tan grandes, que fueron ejecutadas 69 personas.

Durante la época de los Austrias la Iglesia llegó a controlar grandes extensiones de: tierra en la Nueva España. No obstante, este control fue esencialmente involuntario e indirecto. Como afirma Michael Costeloe, algunos terratenientes devotos gravaban sus propiedades para hacer donaciones destinadas a obras pías o bien contribuían con dinero a varias organizaciones que pertenecían a la Iglesia. Las primeras constituían hipotecas perpetuas y las donaciones en efectivo, junto con los diezmos, llegaron a ser una fuente de capital de inversión para los terratenientes que necesitaban dinero. Y como la Iglesia era la que controlaba estas importantes cantidades de activos, se convirtió de manera inevitable, en el banquero de la Nueva España (M. Costeloe, 1967 pp. 271-293).

Frente a esta situación, el objetivo económico de reformar a la Iglesia fue dado en 1804 en la Real Cédula sobre enajenación de bienes raíces y cobro de capitales de capellanías y obras pías para la consolidación de vales reales. La aplicación de ésta cédula le produjo a la Corona alrededor de 12 millones de pesos.

Las consecuencias de estas innovaciones fueron gravísimas, no sólo por el descontento que ocasionaron sino por los serios desajustes sociales y económicos que produjeron. Para que la Iglesia pudiera ciar al Estado lo que éste pedía, se vio en la necesidad de cobrar sus préstamos e hipotecas, lo que alteró toda la estructura productiva del virreinato, gestada a lo largo de dos siglos.

Las implicaciones sociales también fueron severas y afectaron a toda la sociedad, pues se redujo el papel social de la Iglesia en escuelas, hospitales, manicomios, orfanatorios, etc.; y además no se crearon substitutos de éstas. Hubo motines y se recurrió al ejército para sofocarlos. Esto también fue una novedad, pues la Iglesia había sido el gran pacificador social.

Antes, cuando había levantamientos eran los religiosos quienes salían a calmar a la plebe.

Bajo los Borbones, el instrumento favorito fue el ejército; se buscó reprimir y sujetar, no pacificar.



c. Reformas al gobierno



Una de las instituciones que más trató de combatir Gálvez fue la del virrey, porque consideraba peligroso que una sola persona tuviera tanto poder; para esto se utilizó el sistema de intendencias, copiado de los franceses y adoptado años antes en España. A la cabeza de las Intendencias se puso, gente que ejercía todos los atributos del poder justicia, guerra, hacienda, fomento de la economía y obras públicas. Esta reforma afectó a todos los poderes existentes anteriormente, desde los ayuntamientos hasta la Real Audiencia, incluyendo al virrey.

Por otra parte, el visitador se esforzó en excluir a los criollos de estos cargos, dando preferencia a peninsulares recién llegados, muchos de ellos eran sus paisanos o parientes.

A su vez se impulsó grandemente al ejército, que aumentó considerablemente durante ésta época; antes prácticamente no existía, ni tenía gran fuerza.

A pesar de que estas reformas no pudieron ser aplicadas muy consistentemente en todo el virreinato, sí lograron crear divisiones y competencias por el poder entre diversas facciones que anteriormente estaban unidas y formaban parte del mismo estamento.



d. Reformas Económicas



La finalidad principal de estos ajustes fue modernizar la economía para hacerla más rentable y productiva en beneficio de España y sobre todo el Estado.

La primera novedad fue que la Corona pretendió participar más directamente en estos asuntos. Se hizo una reforma administrativa a fin de que fuera el gobierno quien cobrara los impuestos que se habían venido arrendando, a pesar de la oposición de algunos virreyes como el de Revillagigedo. Para esto fue necesaria la creación de todo un cuerpo burocrático administrativo, pagado por el Estado (ya no como servicio público) y destinado al cobro. Además se aumentaron los impuestos.

La mayor participación de los Borbones en la economía no se redujo sólo al aspecto fiscal, sino que también se establecieron monopolios reales; la Corona se transformó en empresario. Se afectaron monopolios privados, entre ellos el del tabaco, para sustituirlos por monopolios reales.

Se buscó fomentar y apoyar a ciertos sectores económicos particulares, fundamentalmente a los que estaban orientados a tener un comercio con España, por medio de estímulos fiscales y otros apoyos. La actividad más favorecida fue la minería. Se creó la escuela de minería, se organizó a los mineros en un gremio que tenía tribunales propios y jurisdicción en los asuntos mineros.

La creación de los monopolios reales, así como el apoyo exclusivo a ciertos sectores económicos, ocasionó una gran desigualdad en la distribución del ingreso que se concentró en pequeños grupos.

Por ejemplo, el monopolio real del tabaco tuvo graves consecuencias en amplios sectores de la población más pobre, los cuales vieron todavía más reducidas sus fuentes de ingreso; entre ellos estuvieron los cultivadores, los fabricantes, los comerciantes modestos y los artesanos de las ciudades, que se dedicaban a la producción y comercialización del tabaco, de puros y cigarrillos.

El auge minero fue financiado por el sector agropecuario, pues las minas estaban localizadas fuera de las zonas con alto índice demográfico, así que fue necesaria la creación de todo un complejo agrícola que proporcionara tanto el alimento para los trabajadores y bestias de carga, como cuero y sebo para el transporte y beneficio del mineral. Por eso la mayor parte de las minas contaba con su hacienda, ya que el precio de los alimentos y de los insumos fueron el renglón más importante en los costos de producción de los metales y había que reducirlos. Según afirma Palerm, el éxito de la actividad minera debió convertirse en el éxito de la agroganadería que determinaba la mayor parte de sus costos, tanto en mano de obra, como en insumos. Por otro lado, la mayor parte de los grandes mineros eran hacendados, funcionarios y comerciantes; así, la duplicidad de roles permitió hacer transferencias de recursos de un sector a otro; estas transferencias fueron en detrimento de la rentabilidad del sector primario que acabó por arruinarse. Su ruina trajo consigo la crisis minera (1808), pues se había agotado su fuente de financiamiento (A. Palerm, 1976, pp. 17-31).

Respecto al comercio se apoyó y estimuló al exterior, mientras que se afectó al interior con aumento de impuestos. Este último había crecido mucho en el siglo XVII.

Para el Estado estas reformas fueron muy productivas. La Nueva España llegó a ser la segunda fuente de ingresos para la Corona, superada sólo por la península. En total México llegó a aportar anualmente unos 14 millones de pesos, de los cuales sólo se utilizaban 4 millones para el mantenimiento de todo el aparato estatal de la Colonia. Los otros 10 millones eran enviados para el virreinato: 4 millones se destinaban al subsidio de los fuertes que existían entre Trinidad y Luisiana, y entre California y Filipinas, mientras que los 6 restantes iban a dar a las arcas reales. Los Borbones dependían de sus posesiones en América para sufragar los gastos de defensa y administración (D.A. Brading, 1975, p. 52).



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