UA-43224232-1
Mostrando entradas con la etiqueta Pablo VI. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pablo VI. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de octubre de 2015

EL SÍNODO DE LA FAMILIA Y “EL HUMO DE SATANÁS”






Antecedentes



Como uno de los eventos más trascendentales del papado de Francisco, -está sin duda- la XIII Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de Obispos, convocada bajo el lema «Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización», y que tuvo lugar en el Vaticano entre el 5 y el 19 de octubre de 2014, popularmente fue conocida como el Sínodo sobre la familia. Su objetivo y desarrollo nos lleva a pensar en el histórico Concilio Vaticano II. El Latín que es el idioma oficial para estos eventos fue sustituido por primera vez por el italiano.

Este sínodo fue el preámbulo y preparación de otro más largo y más extenso, la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de Obispos «Jesucristo revela el misterio y la vocación de la familia», que estamos celebrando del 5 al 25 de octubre de 2015. Como es costumbre, al finalizar este sínodo el papa presentará una exhortación apostólica postsinodal conclusiva sobre el tema. Por sus contenidos, los dos sínodos conforman una unidad en dos etapas, con un período en medio de casi un año. El teólogo y arzobispo de Chieti-Vasto, Bruno Forte, secretario especial del sínodo, señalaba que ese período intermedio podría resultar determinante: «La gran novedad de la metodología del sínodo, que antes aparecía encorsetado, es este período entre los dos sínodos, porque va a involucrar a la base de la Iglesia, a los demás obispos y a los fieles». Y en efecto así ha ocurrido, pero también ha sido el período para una gran polarización entre los revolucionarios y los conservadores, que se han atrincherado y definido territorios.


“Esta película ya la vi”



Estudiante de bachillerato durante los años del Vaticano II, quizás no conocía mucho sobre religión y política, pero me parecía evidente el enfrentamiento de las dos corrientes: los progresistas o liberales y los tradicionalistas o conservadores y ahora que observo lo que está pasando con el Sínodo de la familia, no puedo sino exclamar: “esta película ya la vi”, y “se parece a la del Concilio Vaticano II”. Y es que se observa la misma lucha de dos grupos de “iluminados” que luchan encarnizadamente por hacer prevalecer “su verdad”. En el medio un Papa, al que buscan presionar o influenciar con sus escritos, desplegados, actos públicos y amenazas veladas. Y allá en el fondo, olvidado, Jesucristo, el fundador de la Iglesia Católica y lo que es peor, negada la asistencia del Espíritu Santo prometida por Jesucristo, cuando abandonando a sus discípulos, regresó a los Cielos.

Si bien lo anterior es humanamente entendible, ya que el hombre es un “zoon politicón” en el concepto de Aristóteles, él cual afirmaba que “El hombre y el animal por naturaleza son sociales, pero solo el hombre es político, siempre y cuando viva en comunidad”.

Pero es inentendible para los “adultos mayores” que vivieron el proceso del Concilio Vaticano II y que caen en los mismos errores de los falsos “profetas” del Concilio Vaticano II. Fue totalmente inútil que hayan vivido esta experiencia, de la cual no obtuvieron ninguna enseñanza, ya que adoptan las mismas actitudes necias de entonces (y estoy pensando -por ejemplo- en el anciano cardenal español Antonio María Rouco).

<< “Hay más oposición al Papa de lo se imagina. Se sabe que hay un porcentaje que supera el 50% de gentes de la Curia que actúan bajo cuerda en su contra. Dudan del Papa. Cuestionan ciertas medidas. Conocemos sus nombres, como los diez cardenales que firman el libro con Rouco”, afirma José María Castillo, uno de los grandes pensadores cristianos. Fue jesuita y ha tenido relación con el también jesuita Francisco, que le considera un maestro.>>[1]

En el bando contrario encontramos entre otros a los cardenales Walter Kasper y Reinhard Marx (este último encabeza un movimiento cismático en Alemania).


“El humo de Satanás”


Paulo VI, el Papa que sucedió al ahora santo: Juan XXIII, -convocante al Vaticano II-, y a quién toco continuar los trabajos del Concilio Ecuménico y llevarlos a buen puerto, en una homilía pronunciada en la solemnidad de San Pedro y San Pablo apóstol, el 31 de octubre de 1973 recordando el Concilio Vaticano II, se refirió concretamente a la situación comentada: << Se diría que a través de alguna grieta ha entrado, el humo de Satanás en el templo de Dios. Hay dudas, incertidumbre, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación. Ya no se confía en la Iglesia, se confía más en el primer profeta profano —que nos viene a hablar desde algún periódico o desde algún movimiento social— para seguirle y preguntarle si tiene la fórmula de la verdadera vida; y, por el contrario, no nos damos cuenta de que nosotros ya somos dueños y maestros de ella. Ha entrado la duda en nuestras conciencias y ha entrado a través de ventanas que debían estar abiertas a la luz: la ciencia. Pero la ciencia está hecha para darnos verdades que no alejan de Dios, sino que nos lo hacen buscar aún más y celebrarle con mayor intensidad. Por el contrario, de la ciencia ha venido la crítica, ha venido la duda respecto a todo lo que existe y a todo lo que conocemos. Los científicos son aquellos que más pensativa y dolorosamente bajan la frente y acaban por enseñar: “no sé, no sabemos, no podemos saber”.

Es cierto que la ciencia nos dice los límites de nuestro saber, pero todo lo que nos proporciona de positivo debería ser certeza, debería ser impulso, debería ser riqueza, debería aumentar nuestra capacidad de oración y de himno al Señor; y, por el contrario, he aquí que la enseñanza se convierte en palestra de confusión, en pluralidad que ya no va de acuerdo, en contradicciones a veces absurdas.

Se ensalza el progreso para luego poder demolerlo con las revoluciones más extrañas y radicales, para negar todo lo que se ha conquistado, para volver a ser primitivos después de haber exaltado tanto los progresos del mundo moderno.

También en nosotros, los de la Iglesia, reina este estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Por el contrario, ha venido un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre y se siente fatiga en dar la alegría de la fe. Predicamos el ecumenismo y nos alejamos cada vez más de los otros. Procuramos excavar abismos en vez de colmarlos.>>

San Juan Crisóstomo refiriéndose a estas situaciones comentaba: <<Luchamos unos contra otros, y es la envidia la que nos arma unos contra otros… Si todos se afanan por así por perturbar el Cuerpo de Cristo, ¿a dónde llegaremos? estamos debilitando el cuerpo de Cristo… Nos declaramos miembros de un mismo organismo y nos devoramos como lo harían las fieras.>>

Los defensores del legado histórico de la Iglesia católica parecen olvidar que la Iglesia fundada por Jesucristo, no es una sociedad meramente humana en sí, sino que como lo declaró el Vaticano II, es el “Cuerpo Místico de Cristo”: <<Cuando fueron privados los discípulos de su presencia visible, Jesús no los dejó huérfanos (cf Jn 14, 18). Les prometió quedarse con ellos hasta el fin de los tiempos (cf Mt 28 20), les envió su Espíritu (cf Jn 20, 22; Hch 2, 33). Por eso la comunicación con Jesús se hizo más intensa: “por la comunicación de su Espíritu a sus hermanos reunidos de todos los pueblos, Cristo los constituye místicamente en su cuerpo” (LG 7)>>.


Conclusión



En otras palabras la situación que se vislumbra alrededor del Sínodo, es la acción del maligno que fomenta la envidia, la soberbia de algunos dirigentes y principalmente las dudas de fe: en la infabilidad del Papa y en la asistencia del Espíritu Santo a la Iglesia, que son dogmas de fe, es decir verdades reveladas de las que el creyente no puede dudar.

Tanto líderes, como creyentes -si quieren ayudar a que prevalezca la verdad y no su verdad-, deben tener fe en el Santo Padre, y orar por que Dios le ilumine. Él finalmente, como lo hizo Paulo VI, tomará los dos proyectos o los que hubiera y se encerrara en una velada de oración (o las que hagan falta) con el Santísimo y como consecuencia presentará una exhortación apostólica postsinodal conclusiva sobre el tema, que hará las veces de “ley” o última palabra, a observar.

Si sienten que les falla la fe, deben recordar que esta es gratuita, que es un Don, un regalo de Dios, por lo que simplemente deberían pedir su incremento; pero ello implica una gran humildad, que pienso en muchos casos no se dará, porque lo que sobra es soberbia.

Da mucho que pensar la negativa que tienen en la asistencia del Espíritu Santo a la Iglesia Católica, ya que si no reconocen esta verdad no se entiende que hacen dentro de ella, además de que todo creyente bien informado sabe que todos los pecados se perdonan, menos los pecados contra el Espíritu Santo.


Jorge Pérez Uribe


[1] http://politica.elpais.com/politica/2015/10/03/actualidad/1443898001_053125.html?id_externo_rsoc=FB_CM

jueves, 30 de octubre de 2014

LA HUMANAE VITAE Y LA PASIÓN DE PABLO VI




Preámbulo



Mi recuerdo de Pablo VI, es el de una persona siempre seria, preocupada, tal vez angustiada... Fueron mis años de educación secundaria, bachillerato y universidad. Poco entendí de él en la secundaria. Más bien fue hacia el final del bachillerato cuando empecé a entender los temas religiosos, del Concilio Vaticano II, y el de la profecía malhtusiana, tema obligado en la formación pre y universitaria. La película de ciencia ficción Soylent Green de 1973, que en español fue nombrada como “Cuando el destino nos alcance” , proponía para el entonces lejanísimo 2022, un mundo apocalíptico, con una sobrepoblación exagerada. El alimento no era suficiente y se recurría a unas galletas verdes, que en la trama, Charlton Heston descubre que son elaboradas con los cadáveres de las personas que van falleciendo. Cuarenta años después de esta película sabemos que el mundo no es como nos lo aseguraron y que la profecía malthusiana –gracias al control de la natalidad implantado- opera pero al revés, es decir, los pueblos de Europa –principalmente- sufren una caída brutal en su tasa de natalidad que amenaza ya con desaparecer –en forma irreversible- a algunos de ellos.

Pero volvamos a los años anteriores al Concilio Vaticano II. Años de la “liberación femenina” incentivada con la aparición de novedosos anticonceptivos. Había ya sido descubierta una manera de practicar el sexo sin riesgo de embarazos: la “píldora” anticonceptiva oral, que empezó a ser comercializada por la farmacéutica Searle en 1961, aún sin conocer sus efectos secundarios.

En tanto en Roma, el papa Juan XXIII convocaba a un Concilio Ecuménico, que sería el Vaticano II, y que iniciaría el 11 de octubre de 1962. En el inter, moriría Juan XXIII el 3 de junio de 1963 y sería nombrado Pontífice Romano Pablo VI, el 21 de junio de 1963, reanudando el Concilio, mismo que concluiría el 8 de diciembre de 1965.

Para entonces la ONU y el Banco Mundial promovían entre sus miembros la planificación familiar y el control natal. Los países subdesarrollados si querían acceder a créditos del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, tendrían que implantar las políticas establecidas por estos organismos. Entre ellas estaba incluir los métodos anticonceptivos en los centros de salud y los conceptos de planificación familiar en los programas de educación.

Para el revolucionario año de 1968, ya los jóvenes habíamos sido adoctrinados profusamente en la planificación familiar, para evitar los efectos apocalípticos de la profecía malthusiana, que conocíamos perfectamente. Solo había una manera de evitarlo: los métodos de control natal: preservativos y píldoras anticonceptivas y si ambos fallaban estaba la solución final: el aborto. Los postulados anteriores habían sido asimilados por el clero progresista y propuestos en el Concilio, pero la conclusión final había sido pospuesta para ser analizada y decidida por el papa Pablo VI.

El documento dónde el jefe de la Iglesia Católica dio a conocer su decisión fue nada menos que la Carta Encíclica Humanae Vitae del 25 de julio de 1968.


La increíble historia detrás de la Humanae Vitae y la pasión de Pablo V


Por Marta Jiménez

ROMA, 19 de octubre de 2014

El Padre Francesco di Felice, un sacerdote italiano que trabajó en la Secretaría de Estado del Vaticano durante el pontificado del Papa Pablo VI, relató la increíble historia detrás de la Humanae Vitae, la encíclica que en 1968 se convertiría en la más contestada de la historia de la Iglesia.

Para escribir la carta encíclica Humanae Vitae sobre la regulación de la natalidad, el Papa Pablo VI recogió el trabajo iniciado por San Juan XXIII quien creó la “Comisión para el estudio de problemas de población, familia y natalidad” para tener una mejor comprensión de la acción de los anticonceptivos, algo que en la época no era muy conocido.

La Comisión escribió un informe para el Papa Pablo VI –que se filtró a los medios– y que aumentó la presión sobre él. En esencia el informe se dividía en dos partes: la opinión de la mayoría que apoyaba la anticoncepción y su respuesta a la minoría; y la opinión de la minoría que sostenía que los anticonceptivos debían rechazarse de acuerdo a la enseñanza de la Iglesia.

En declaraciones a ACI Prensa, el Padre Di Felice explicó que “Pablo VI tomó estos dos documentos, el de la mayoría y el de la minoría, los llevó a su capilla privada y pasó toda la noche en oración, preguntándose ¿qué debo elegir para el bien de las almas?”

“Entonces, a la luz del alba, a las primeras luces, le vino como una iluminación, una decisión firme, como si le reconfortara el Espíritu Santo, y dijo. ‘¡Esto es lo que debo elegir!’. Y fue una gran elección, porque si nosotros admitíamos el uso de las píldoras que altera el misterio de la vida, el curso natural se alteraría y habría sido un desastre”.

De hecho, como consecuencia de la reacción contestaría que recibió el documento a nivel mundial, incluso de importantes teólogos, el Santo Padre no volvería a escribir una encíclica en los 10 años restantes de su pontificado que concluyó en 1978. En los cinco años anteriores había escrito 7 encíclicas.

Por todo esto, el entonces Secretario de Estado, el Cardenal Agostino Casaroli, diría luego, que “la mañana del 25 de julio de 1968 Pablo VI celebró la Misa del Espíritu Santo, pidió luz de lo Alto y firmó: firmó su firma más difícil, una de sus firmas más gloriosas. Firmó su propia pasión”.


Texto de la encíclica en español: http://www.vatican.va/holy_father/paul_vi/encyclicals/documents/hf_p-vi_enc_25071968_humanae-vitae_sp.html

viernes, 6 de junio de 2014

DE PÍO XII A FRANCISCO, UN LARGO CAMINO EN EL ECUMENISMO

(Primera parte)


Una imagen de la infancia 



Mi primera visión del mundo, era conjuntamente con las caricaturas de Disney, la de ciertos eventos reportados a través del noticiero Movietone (en blanco y negro), como la coronación de Isabel II (¡Aún reina de Inglaterra!), el 2 de junio de 1953. Incluso el Papa Pío XII, impartiendo bendiciones en su silla gestatoria, lucía como aquellos soberanos. 

Poco podía entender, que los reyes, emperadores y zares que en muchos casos habían tomado las decisiones de sus pueblos hasta la I Guerra Mundial. A partir de entonces, serían sustituidos definitivamente por los presidentes, primeros ministros y un führer, cargos que en muchos casos, y pese a un tinte electoral democrático resultarían vitalicios, igual que en las monarquías. Solo que las casas reinantes, ahora eran sustituidas por los partidos o movimientos políticos.



Juan XXIII y el Concilio Vaticano II



Ese gran historiados de las religiones que es Paul Johnson nos refiere de Pío XII: <<El aislamiento no era meramente personal. Afectaba también al credo y la actitud política. Pío era un Papa tridentino. A su juicio los ortodoxos griegos eran sencillamente cismáticos y los protestantes herejes. No había nada más que decir o discutir. No le importaba el movimiento ecuménico: la Iglesia católica ya era ecuménica en sí misma. No podía cambiar, porque tenía razón y siempre la había tenido. […] Ciertamente, todo el análisis que hacía Pío del cristianismo y el mundo implicaba un prolongado período de espera. Se necesitaba tiempo antes de que los herejes y los cismáticos recuperasen la sensatez y los materialistas abandonarán su materialismo ateo. La Iglesia podía esperar, como había esperado antes […]


La política cambió en casi todos sus aspectos a partir de fines de 1958, cuando Angelo Roncalli sucedió a Pío con el nombre de Juan XXIII. Roncalli estaba cerca de los ochenta años […] Era historiador y no teólogo, y por lo tanto no temía al cambio, sino que más bien lo acogió de buen grado como signo de crecimiento y mayor iluminación. Sus palabras favoritas eran aggiornamiento (“actualización”) y convivenza (“convivencia”). No sólo abrió inmediatamente las ventanas y permitió la entrada de aire fresco en la corte mohosa y antigua de Pío sino que modificó la política papal en tres aspectos básicos. Primero, inauguró un movimiento ecuménico centrado en Roma y lo puso bajo la dirección de un secretariado encabezado por el jesuita y diplomático alemán cardenal Bea. Segundo, abrió líneas de comunicación con el mundo comunista y terminó con la política del “santo aislamiento”. Tercero, inició un proceso de democratización en el seno de la Iglesia mediante la convocatoria de un concilio general […]>> [1]

Además cultivaba una amistad con el patriarca ecuménico de Constantinopla, Atenágoras I, la cual fructificaría en el pontificado de su sucesor.

Desafortunadamente Juan XXIII, murió sin ver el fruto del Concilio Vaticano II, pero había cumplido su trascendental misión de echarlo a andar.


Pablo VI, un Papa relegado


Fue Pablo VI, su sucesor. Un pontífice sin el carisma del papa Roncalli o del papa Wojtyla. Para más tenía una prominente nariz de tipo semítico, lo que aprovechaban los ultraconservadores tridentinos para declararlo un encubierto del sionismo. Pero Pablo VI, tenía que lidiar además con el clero y teólogos convencidos del materialismo histórico, que buscaban popularizar la “teología de la liberación”. Esta teología sustituía la tradicional redención o liberación del pecado cristológica, por la liberación de las “estructuras” y de los sistemas opresores, con lo que los sacerdotes y religiosos pasaban de ser pastores y predicadores a agentes del cambio social.

Pablo VI, aparentemente era un “Papa gris”, pero la verdad es que supo mantener la dirección de la “barca de Pedro” sosteniendo firmemente el timón en medio de las olas de los “ultras tridentinos” y de los “ultras progresistas y marxistas”. Llevó a un buen fin el Concilio Vaticano II y supo preservar la enseñanza católica en materia de matrimonio y control de la natalidad, en contra de la fuerte corriente mundial a favor del control natal, del aborto y del libertinaje sexual.


Hacia un nuevo encuentro con los ortodoxos


Fiel a los lineamientos del Vaticano II, rompió con el aislamiento del Vaticano, y se propuso viajar a Tierra Santa con el pretexto de peregrinar a los lugares santos. Era el primer viaje internacional de un Pontífice; pero además de Pedro, ningún pontífice había regresado a los lugares santos. No se descarta su intención de honrar dichos lugares, pero la realidad es que iba al encuentro de los “hermanos mayores” (los judíos) y de los “hermanos ortodoxos”.

En aquél entonces no había relaciones diplomáticas entre la Santa Sede e Israel y el viaje era algo inusitado. Sería la primera vez que un Papa visitará Tierra Santa y a pesar de que aún no había concluido el Concilio, Paulo VI decidió poner en marcha el Ecumenismo. La fecha designada fueron los días 4 y 5 de enero de 1964. El Papa entró a Tierra Santa por Amman, Jordania. Se reunió con el rey Husseín de Jordania y con el presidente de Israel, Zalman Shazar.

Ante el Santo Sepulcro, sorprendió al pedir perdón con humildad, por los errores del pasado, exhortando a "tomar conciencia de nuestros pecados, de los pecados de nuestros padres, de los pecados de la historia pasada, de los pecados de nuestra época".

Y vinieron los encuentros ecuménicos del Papa con el Patriarca Armenio y el Patriarca Ecuménico de Jerusalén. Pero sin duda el encuentro más significativo del viaje del Pablo VI a Tierra Santa, fue el encuentro con el patriarca ecuménico de Constantinopla, Atenágoras I. 

La memoria que privaba era la del Cisma de Oriente, en que León IX y el patriarca Miguel I Cerulario, se extendieron sendas excomuniones en el año de 1054. Aunque ambas iglesias se reunieron en 1274, en el Segundo Concilio de Lyon y en 1439, en el Concilio de Basilea, no prosperaron los intentos de reconciliación.
Ahora después de más de 500 años del Cisma de Oriente, se encontraban cara a cara el papa Pablo VI y el patriarca de Constantinopla Atenágoras. El encuentro inició con un fraternal abrazo y luego vendría la declaración conjunta en donde se declaraban por rehacer "las relaciones fraternales" entre la Iglesia católica romana y la Iglesia ortodoxa de Constantinopla, lamentaban les palabras ofensivas, los reproches y los gestos condenables, y borraban "de la memoria de la Iglesia les sentencias de excomunión". En una declaración conjunta, el 7 de diciembre de 1965, decidieron «cancelar de la memoria de la Iglesia la sentencia de excomunión que había sido pronunciada». 

Hay que reconocer que Atenágoras I, también era un promotor de la unidad en el dividido mundo ortodoxo y creyente del ecumenismo. Así se preocupó de la preparación y reunión de diversas asambleas pan-ortodoxas, como las de Rodas en 1961 y 1963, para tratar sobre los observadores que se enviaron al Concilio Vaticano II.

Pablo VI creó ese mismo año, de 1964, el Secretariado para las religiones no cristianas, y en 1976, el Consejo Pontificio Justicia y Paz.

Visitó Turquía en 1967, para corresponder a la visita del patriarca Atenágoras I a Roma.



Jorge Pérez Uribe



[1] Paul Johnson, La historia del cristianismo, Ediciones B, S. A., 2010, España