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jueves, 26 de diciembre de 2013

“EL MOMENTO ES DEL HOMBRE, EL TIEMPO ES DE DIOS”





Hace algunos años, refiriéndose a la festividad de fin de año, celebrada en casi todo el mundo, me comentaba el Dr. Francisco Cantú Garza -un reconocido psicoanalista-: "tanto desmadre se debe a que queremos ocultar con música, licor, silbatos, serpentinas y espanta-suegras, el hecho de que somos un año más viejos, o en otros palabras que nos queda un año menos de vida”.

El tiempo, siempre el tiempo..., que transcurre inexorablemente y que no podemos detener de ninguna manera. Conocemos cuentos y múltiples historias sobre la búsqueda de la “fuente de la Juventud” o la historia de aquel emperador chino que se envenenó con mercurio pensando que con ello alcanzaría la inmortalidad. El cine holliwoodense ofrece a los jóvenes la inmortalidad convirtiéndolos en vampiros.

La dimensión del tiempo -en la que se encuentra encuadrada- el hombre y que limita su existencia, ha sido estudiada por los científicos. Si para Isaac Newton el tiempo era lineal, para Albert Einstein y Stephen Hawking es curvo, lo que implica su dilatación, pero ello a pesar de sus consecuencias, no implica  para el hombre la inmortalidad, de ninguna manera.


Momento y tiempo


En su homilía del martes 26 de noviembre [1], el Papa Francisco expreso: San Pablo, muchas veces vuelve sobre esto y lo dice muy claramente: «La fachada de este mundo desaparecerá». Pero esto es otra cosa. Las lecturas hablan a menudo de «destrucción, de final, de calamidad». El camino hacia el final es un sendero que debe recorrer cada uno de nosotros, cada hombre, toda la humanidad. Pero mientras lo recorremos «el Señor nos aconseja dos cosas. Dos cosas que son distintas según cómo vivimos. Porque es diferente vivir en el momento y vivir en el tiempo». Y subrayó que «el cristiano es, hombre o mujer, aquél que sabe vivir en el momento y sabe vivir en el tiempo».

El momento, es lo que tenemos en la mano en el instante en el que vivimos. Pero no se debe confundir con el tiempo porque el momento pasa. «Tal vez nosotros podemos sentirnos dueños del momento». Pero, añadió, «el engaño es creernos dueños del tiempo. El tiempo no es nuestro. El tiempo es de Dios». Ciertamente el momento está en nuestras manos y tenemos también la libertad de tomarlo como más nos guste. Es más, podemos llegar a ser soberanos del momento. Pero del tiempo existe sólo un soberano: Jesucristo. Por ello el Señor nos aconseja: «No os dejéis engañar. Muchos, en efecto, vendrán en mí nombre diciendo: Soy yo, y el tiempo está cerca. No vayáis detrás de ellos. No os dejéis engañar en la confusión».

¿Cómo es posible superar estos engaños? El cristiano, para vivir el momento sin dejarse engañar debe orientarse con la oración y el discernimiento. «Jesús reprendía a los que no sabían discernir el momento», añadió el Papa que luego hizo referencia a la parábola de la higuera (cf. Marcos 13, 28-29): “De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, saber que Él está cerca, a las puertas”.



He aquí para qué sirve el discernimiento: para conocer los signos auténticos, para conocer el camino que debemos seguir en este momento». La oración, prosiguió el Pontífice, es necesaria para vivir bien este momento.

En cambio, en lo que respecta al tiempo, «del cual sólo el Señor es dueño», nosotros no podemos hacer nada. No existe, en efecto, una virtud humana que pueda servir para ejercitar algún poder sobre el tiempo. La única virtud posible para contemplar el tiempo «la debe regalar el Señor: es la esperanza».

Oración y discernimiento para el momento; esperanza para el tiempo: «de esta manera, el cristiano se mueve por este camino del momento, con la oración y el discernimiento. Pero deja el tiempo a la esperanza. El cristiano sabe esperar al Señor en cada momento; pero espera en el Señor al final de los tiempos. Hombre y mujer de momentos y de tiempo, de oración y discernimiento y de esperanza».

«Que el Señor nos dé la gracia de caminar con sabiduría. También ésta es un don: la sabiduría que en el momento nos conduce a orar y a discernir; y en el tiempo, que es mensajero de Dios, nos hace vivir con esperanza».









[1] http://www.vatican.va/holy_father/francesco/cotidie/2013/sp/papa-francesco_20131126_tiempo_sp.html

sábado, 29 de diciembre de 2012

CUANDO EL TIEMPO SE ACABA...



Haciendo antesala con un cliente en días pasados, llamó mi atención la revista Quien de enero 2012, la que presentaba entrevistas a personajes famosos, requeridos sobre lo que podría esperarse del 2012. Uno de los entrevistados era nada menos que el escritor Carlos Fuentes, quien a su vez reviró al entrevistador la pregunta de “¿Qué va a venir? Si usted lo sabe, se lo agradecería que me lo diga”.[1] 

Fallecido el 15 de mayo de este año, a consecuencia de una hemorragia masiva, originada por una úlcera gástrica, en la Ciudad de México, no parece que estuviera esperando la muerte, ya que a principios de mayo declaró a El Universal “que se encontraba preparando una nueva obra, que tendría por título Federico en su balcón, en la que plantearía un diálogo con el filósofo alemán Friedrich Nietzsche y que esperaba presentar en noviembre próximo en la Feria del Libro de Guadalajara (México)”.[2] 

Hombre de trabajo a pesar de sus 83 años, -ejemplo para los que se declaran cansados, a la edad de jubilación de 65 años, o incluso antes-, declaraba: "Me levanto por la mañana y a las siete y ocho estoy escribiendo. Ya tengo mis notas y ya empiezo. Así que entre mis libros, mi mujer, mis amigos y mis amores, ya tengo bastantes razones para seguir viviendo".[3]

Pero, ¿acaso al ser cuestionado, sobre lo que se esperaba para este año, en algún momento pasaría por su mente la idea de que éste podría ser su último año de vida?.

La verdad, es que rechazamos con horror la idea de la muerte. Si alguien quiere comprobarlo inicie en un grupo la conversación sobre el tema, e inmediatamente será descalificado con varios adjetivos, no muy favorables.

Ante la muerte, nuestra primera reacción es la negación y así el joven se piensa inmortal (aunque hay algunos muy entrados en años que se siguen pensando inmortales).

Asombra la vulnerabilidad del hombre ante las múltiples enfermedades que puede padecer, pero también ante las vastas posibilidades de muerte accidental y que decir de la muerte provocada por otro ser humano, no nada más en países con alta criminalidad, sino por desequilibrados mentales como en el reciente caso de Newtown en los Estados Unidos. Parece que lo extraordinario no fuese la muerte, sino la preservación de la vida.

La muerte es representada desde antaño por un esqueleto armado de guadaña para segar la vida.  Al referirnos a la muerte, no nos estamos refiriendo a una persona, sino al simple hecho por el cual el ser humano deja de tener vida; por lo que, es una aberración que haya quienes se refieran a ella como la “santa muerte” e incluso le rindan culto. Si insistiéramos en atribuirle una personalidad, esta sería sin duda la de Satanás, ya que: “No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucción de los vivientes... (sino que) por envidia del diablo entró la muerte en el mundo” [4]

Es un hecho, sin discusión y a pesar de todo lo que hagamos, que a todos se nos acabará el tiempo de vida en un momento determinado.

El poder conocer la proximidad de su muerte por una enfermedad, lleva a las personas a reaccionar de diversas maneras. Algunos optan por el suicidio, en tanto que a otros como al científico Stephen Hawking, los ha transformado. Hawking, al inicio de los 20 años, fue atacado por la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), enfermedad neuro-degenerativa progresiva, diagnosticándosele una vida probable de dos años. Esto lo llevó a ponerse a estudiar en serio para dejar una aportación a la humanidad. Hawking, es ahora un reconocido científico y cumplió este año setenta años de existencia.

Sin embargo, parece que no sería buena idea que el hombre conociera la fecha de su muerte, ya que muy pocos reaccionarían positivamente como Hawking, la mayoría caería en la depresión, en el abandono. Trataría de olvidar el asunto mediante el alcohol o las drogas y se entregaría a vivir con desenfreno sus últimos días. Y que decir, de  lo que sufrirían sus seres cercanos. 

No obstante, es conveniente afrontar de vez en cuando la idea de nuestra muerte.

Charles Dickens en su novela A Christmas Carol, lleva a su protagonista  Ebenezer Scrooge a contemplar no solo el pasado y el presente, sino la escena de su entierro cuando el fantasma de las navidades futuras, lo transporta a ella.

Pero sin duda, la mejor aportación es la de ese gran conocedor de la psicología y del alma humana, que fue Ignacio de Loyola, el cual incluyó en sus ejercicios espirituales una meditación dedicada a nuestra propia muerte. Proponía que el ejercitante viera con los ojos de la imaginación su funeral, su cuerpo exánime dentro de un ataúd, velado por sus seres queridos.

Y es que, si afrontáramos la idea de nuestra muerte, veríamos sin duda, cuantas disculpas y perdones hay que ofrecer y pedir a los demás, y cuantos “te quiero” hay que externar. Se abriría ante nuestros ojos el egocentrismo, el egoísmo personal, familiar y social, en el que vivimos y cuánto podemos hacer por remediar tanta pobreza, tanta desesperanza y tanto dolor que existe, no solo en la lejana África, sino afuera de nuestra puerta.

El padre “Nachito”, un simpático sacerdote bajito y regordete, comentaba en días pasados, refiriéndose al fin del año: “Seguro vas a pedirle a Dios Nuestro Señor, que te de otro año de vida”, “Pero, ¿que le vas a decir?, ¿Para que quieres otro año de vida?”, y no cabe duda que tiene razón.

Es indudable que debemos dar gracias a Dios por el milagro de nuestra existencia, a pesar de todas las amenazas que existen contra ella.


De cualquier manera, considera que al igual que le sucedió a Carlos Fuentes, el año que está por empezar, puede ser el último año de tú vida...




[1] Revista Quien, N° 257, 20 de enero de 2012
[2] Periódico El Universal, 15 de mayo de 2012
[3] Ídem
[4] Catecismo de la Iglesia Católica, Impresos y Revistas, S. A, 1992, España, Punto 413

jueves, 6 de diciembre de 2012

EL VALIOSO TIEMPO DE LOS MADUROS


Mensaje de Mario de Andrade (Poeta, novelista, ensayista y musicólogo brasileño)




"Conté mis años y descubrí, que tengo menos tiempo
para vivir de aquí en adelante, que el que viví hasta ahora...

Me siento como aquel chico que ganó un paquete de golosinas:
las primeras las comió con agrado,
pero, cuando percibió que quedaban pocas,
comenzó a saborearlas profundamente.

Ya no tengo tiempo para reuniones interminables,
donde se discuten estatutos, normas, procedimientos
y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada.

Ya no tengo tiempo para soportar absurdas personas
que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.

Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades. 
No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados.
No tolero a maniobreros y ventajeros.

Me molestan los envidiosos, que tratan de desacreditar
a los más capaces, para apropiarse de sus lugares,
talentos y logros.

Detesto, si soy testigo, de los defectos que genera
la lucha por un majestuoso cargo.

Las personas no discuten contenidos, apenas los títulos.
Mi tiempo es escaso como para discutir títulos.

Quiero la esencia, mi alma tiene prisa...
Sin muchas golosinas en el paquete...

Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana.
Que sepa reír de sus errores.
Que no se envanezca con sus triunfos.
Que no se considere electa, antes de hora.
Que no huya de sus responsabilidades.
Que defienda la dignidad humana.
Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad
y la honradez.

Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena.
Quiero rodearme de gente que sepa tocar el corazón
de las personas...

Gente a quien los golpes duros de la vida,
le enseñó a crecer con toques suaves en el alma.

Sí... tengo prisa... por vivir con la intensidad,
que sólo la madurez puede dar.

Pretendo no desperdiciar parte alguna de las golosinas
que me quedan...
Estoy seguro que serán más exquisitas,
que las que hasta ahora he comido.

Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz
con mis seres queridos y con mi conciencia.

Espero que la tuya sea la misma,
porque de cualquier manera llegarás..."


miércoles, 3 de octubre de 2012

¿TODO TIEMPO PASADO FUE MEJOR?





Probablemente, todos hemos recibido esta respuesta especialmente de nuestros abuelos, padres o de gente de cierta edad; cuando al referirse a la situación espiritual, moral, social o de costumbres, se compara el momento actual con “sus tiempos”.
Y así nos encontramos con que, “antes”, la gente era creyente, bien educada, responsable, y bueno, ¡hasta puntual!; y ahora es todo lo contrario. Inmediatamente se pasa a la posible causa: “es que se han perdido los valores”, se afirma. Entonces cabría preguntarse, ¿a dónde se han ido? ¿qué ha sido de ellos?


¿Acaso un concepto tan intangible como son los valores, puede perderse? ¿Acaso no es el mundo de los valores como el mundo del conocimiento científico y tecnológico, un proceso continuo de acumulación y superación?

La respuesta aunque nos parezca rara, es que no ocurre así en el mundo de los valores. “Ante todo hemos de constatar que un progreso acumulativo sólo es posible en lo material. Aquí en el conocimiento progresivo de las estructuras de la materia, y en relación con los inventos cada día más avanzados, hay claramente una continuidad del progreso hacia un dominio cada vez mayor de la naturaleza. En cambio en el ámbito de la conciencia ética y de la decisión moral, no existe una posibilidad similar de incremento, por el simple hecho de que la libertad del ser humano es siempre nueva y tiene que tomar siempre de nuevo sus decisiones. No están nunca ya tomadas para nosotros por otros, en este caso, en efecto, ya no seríamos libres”.[1]

¿Cabría entonces suponer que si otras generaciones hicieron su tarea en la cuestión de infundir valores, ello, no habrá solucionado la responsabilidad de la nuestra, que también tendrá que hacer lo suyo, y la de nuestro hijos a su vez también, y por consiguiente la de nuestro nietos, y así, sucesivamente? 


Estamos frente a una cuestión vital de autodeterminación, ya que “La libertad presupone que en las decisiones fundamentales cada hombre, cada generación, tenga un nuevo inicio. Es verdad que las nuevas generaciones pueden construir a partir de los conocimientos y experiencias de quienes les han precedido, así como aprovecharse del tesoro moral de toda la humanidad. Pero también pueden rechazarlo, ya que éste no puede tener la misma evidencia que los inventos materiales. El tesoro moral de la humanidad no está disponible como están en cambio los instrumentos que se usan; existe como invitación a la libertad y como posibilidad para ella. Pero esto significa que:

  • a) El recto estado de las cosas humanas, el bienestar moral del mundo, nunca puede garantizarse solamente a través de estructuras, por muy válidas que éstas sean. Dichas estructuras no sólo son importantes, sino necesarias; sin embargo, no pueden ni deben dejar al margen la libertad del hombre. Incluso las mejores estructuras funcionan únicamente cuando en una comunidad existen unas convicciones vivas capaces de motivar a los hombres para una adhesión libre al ordenamiento comunitario. La libertad necesita una convicción; una convicción no existe por sí misma, sino que ha de ser conquistada comunitariamente siempre de nuevo.
  • b) Puesto que el hombre sigue siendo siempre libre y su libertad es también siempre frágil, nunca existirá en este mundo el reino del bien definitivamente consolidado. Quien promete el mundo mejor que duraría irrevocablemente para siempre, hace una falsa promesa, pues ignora la libertad humana. La libertad debe ser conquistada para el bien una y otra vez. La libre adhesión al bien nunca existe simplemente por sí misma. Si hubiera estructuras que establecieran de manera definitiva una determinada –buena- condición del mundo, se negaría la libertad del hombre, y por eso, a fin de cuentas, en modo alguno serían estructuras buenas”. [2]

“Una consecuencia de lo dicho es que la búsqueda, siempre nueva y fatigosa, de rectos ordenamientos para las realidades humanas es una tarea de cada generación; nunca es una tarea que se pueda dar simplemente por concluida. No obstante, cada generación tiene que ofrecer también su propia aportación para establecer ordenamientos convincentes de libertad y de bien, que ayuden a la generación sucesiva, como orientación al recto uso de la libertad humana y den también así, siempre dentro de los límites humanos, una cierta garantía también para el futuro. Con otras palabras: las buenas estructuras ayudan, pero por sí solas no bastan”. [3]




Hacia un renacimiento moral




Habiendo analizado que el problema de la existencia de valores es generacional ¿acaso no podríamos pensar en un resurgimiento moral que iniciara en nuestra generación y continuará en la de nuestros hijos?

Renacimiento que sacará a nuestra Patria de la postración en que se encuentra, sumida en la depresión y el pesimismo, en el “estado fallido“, que vaticinan periodistas y líderes de opinión sensacionalistas.
Basta con estar plenamente convencidos de que es posible, tener la fe, la convicción y el entusiasmo, para transmitirlo a otros.
Aunque bien se que muchos de ustedes luchan desde hace años por este ideal, es necesario, darle nuevos bríos y agregar a más compatriotas. Y empezar no mañana, o pasado mañana, sino hoy mismo...




[1] Carta encíclica Spe Salvi, Benedicto XVI, 2007, párrafo 24

[2] Ibíd., párrafo 24

[3] Ibíd., párrafo 25